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Josefa

Foto(s): Cortesía
Redacción

En esos instantes de su existencia, Josefa recordó el momento preciso cuando la gitana le avisó con una anticipación de 70 años, que moriría vieja, sola y congelada.


Como todas las mañanas desde hacía muchos años, ese fue un día más en la rutina de su vida; salió por el portón de madera que rechinaba alertando a los gatos de su llegada o partida; el destino era el mismo de siempre, la tienda de la esquina donde compraba tres piezas de pan a diario y un litro de leche cada tercer día.


No hubo motivo para pensar en un error, era absolutamente impredecible imaginar que, en la ciudad de Oaxaca, en plena primavera, la calle estuviera con 60 centímetros de agua al punto de la congelación, enfriada por el granizo que había caído la noche anterior.


Josefa no pudo escuchar el aguacero ni la granizada, las múltiples infecciones que le afectaron cuando era niña, acabaron acarreándole a temprana edad una sordera profunda. Miope también, desde hacía mucho tiempo, no percibió qué era aquello blanquecino y resbaloso que cubría la calle.


Apenas había dado el primer paso, cuando su empequeñecida y encorvada humanidad cayó en el agua, no tuvo tiempo ni oportunidad de levantarse, si acaso de darse la vuelta antes de continuar acostándose entre agua sucia de ramas y hojas arrancadas a los árboles, pájaros muertos y basura de la calle que taparon en conjunto las coladeras y desagües de toda la colonia.


El agua ya le estaba llegando a la boca, aunque su mente, aún bastante lúcida, ordenaba a las piernas y brazos que se levantaran. El cuerpo, cansado por los años, la desilusión y agravado por la hipotermia, ya no le obedeció.


Prefirió cerrar los ojos y esperar pacientemente la llegada de lo inevitable. Los recuerdos también llegaron de manera igualmente inevitables.


Se acordó de su padre a quien nunca volvió a ver y quien durante muchos años le pidió se fuera a vivir con él a los Estados Unidos, pero nunca pudo encontrar un pretexto que explicara, aunque fuera a ella misma, su eterna determinación negativa ni alguno que pudiera convencerla de iniciar el viaje.


Intentó pensar en su madre, quien murió cuando ella tenía 3 años y cuyo único recuerdo que aún atesoraba era una especie de sombra que recorría los pasillos del rancho en el que nació, allá por Zimatlán, cuando todavía el caballo era la mejor manera de trasladarse a otros sitios.


Pensó en Pedro, con quien nunca llegó a casarse.


Recordó a Domitila, la mujer que la crió de la manera más tierna y amorosa que pudiera concebirse y que de repente y sin avisarle, justamente dos semanas después de la fiesta de San Juan, cuando Josefa ya tenía 16 años, inició un viaje del que no regresaría nunca, salvo por las cartas y después, por el teléfono y quien pasó el resto de su vida, llamándole desde algún punto ignoto, supuestamente en los Estados Unidos, jurando en cada llamada sin que se lo preguntara, que no se había ido siguiendo a su padre.


Qué manera tan pendeja de morirse, fue lo último que pensó, antes de que el brazo fuerte de Joaquín, su vecino, la sacara del agua. (Primavera del 2005).


*Ingeniero en Sistemas Electrónicos, Maestro en Innovación.


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