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José Adiak Montoya y la identidad fragmentada

Foto(s): Cortesía
Carina Pérez García

El escritor nicaragüense José Adiak Montoya (Managua, 1987) -radicado desde hace tres años en la Ciudad de México-, narra en su nueva novela episodios clave en la historia de Nicaragua, hasta llegar a la revolución de abril de 2018. Lo hace a través de su personaje Alice Miller, una mujer sumergida en momentos de profundo dolor, que regresa a su ciudad natal y se enfrenta a un mundo que no conoce, para tratar de reconstruir su identidad. 


En entrevista, el recién nombrado uno de los mejores narradores jóvenes menores de 35 años de España y América Latina por la revista Granta, presenta en "El país de las calles sin nombre" (Seix Barral), la historia de una mujer que regresa a su país a encontrarse, sin saber que se va a descubrir heridas que ni siquiera sabía que existían.



 


“Alicia surge como una excusa para narrar un poco la guerra de los años 80 en Nicaragua, de cómo la guerra cercena a las familias, de cómo las separa, de lo terrible que es que vayan niños a la montaña a matarse entre ellos. Lo único que hay de ficción en el libro es la historia principal, la historia de Alicia”, comparte vía telefónica el también autor de "Aunque nada perdure". 


Masacre de la rebelión y la cacería del gobierno nicaragüense 


Abunda en que él quiso contar lo que vivió en su país, antes de salir de ahí y lo que ocurrió en abril de 2018: “la rebelión cívica aplastada por el gobierno de Nicaragua y los paramilitares de Daniel Ortega. 


“Me tocó ver toda esa rebelión y cómo fue sofocada y cómo hubo una masacre, una cacería, torturas en cárceles y todo, era darle forma a esa nación herida a través de la historia de Alice que se encuentra con un país que sigue el mismo conflicto, que no cambia, que parece condenado. Si bien ella es un personaje ficticio, podría ser una de miles de nicaragüenses que se fueron exiliados a raíz de la guerra; luego vino lo que ocurrió en abril de 2018, lo que vimos muchos nicaragüenses dentro de los que me encuentro yo”. 


-Alice Miller, tu protagonista, en el tiempo en el que la ubicas, tiene el doble de edad de su padre, quien murió siendo muy joven, casi un niño.


-Sí, al final fue una guerra entre niños. Ese es un punto de la novela. Si bien algunos dicen que no sabían por qué peleaban, para muchos en los años 80 el servicio militar fue obligatorio a los 16 años, en Nicaragua; otros  de estos niños fueron voluntariamente porque realmente se sentían patrióticos. Sentían que tenían obligación de defender el discurso revolucionario que se promulgaba del gobierno, así que todo este arrojo patriótico y estos ideales fueron traicionados por los dirigentes.


"La lucha se pervirtió, el movimiento se convirtió en una dictadura peor de la que se derrocó. Todo fue un absoluto desencanto, el de jugar con la fe de personas, de jugar con el romanticismo de las personas, manosearlo a través del poder para enclavarse en él, seguir promulgando y removiendo la revolución de la boca para fuera y de la boca para adentro no. Eso quise narrar, el hecho de ese ideal perdido que jugó con tantos niños y que dejó a tantas familias fragmentadas, a tanta gente herida, mutilada, traumada y en el desarraigo fuera de su país”. 


Identidad fragmentada


-Tu protagonista se asoma al pasado para reconstruir su identidad, hablas de esa memoria, cómo fue escribirla desde afuera.


-Hablo de la identidad fragmentada en el exilio, porque hay una identidad en la cual no se sabe bien cuál es su pertenencia; es el caso de Alicia, que se fue de niña, de no saber bien cuál es su pertenencia. Cuando uno lleva tanto tiempo fuera de su país no te consideras de ningún lugar, así que te conviertes en esa búsqueda de identidad a través de construir su memoria de infancia de irse dando cuenta de que ella va a ser de cierta forma, va a reconstruir su historia individual y familiar, se va a reconstruir como un colectivo de la nación de la que ella viene. 


"En el caso de mis hermanos mayores, ellos tuvieron que escapar porque iban a cumplir la edad de hacer el servicio militar en Nicaragua, se fueron a Estados Unidos y mi mamá no los volvió a ver en 35 años... Entonces es un tema muy duro”. 


-Encontraste una forma sutil de narrar la náusea de tanta violencia, lograste escapar del morbo y escribir desde lo humano.


-Sí, me han señalado que no es una novela que trate estos temas desde el morbo o la demagogia, tampoco desde el manifiesto o panfleto político. Los trata desde la humanidad. Es una novela que aborda la ternura de las cicatrices, lo cual es algo hermoso porque cuando hablas de una cicatriz es que hubo antes una herida ahí y que ya sanó, pero a la vez persiste esa ira e impotencia, esa forma de darse cuenta que uno es demasiado pequeño como para darse contra una pared gigantesca que lo derrota... 


"Entonces hay que asumir esa derrota, asumir las piezas que te constituyen y darte cuenta que venís de un lugar herido y por consecuencia hay que tener ciertas heridas y asumir que hay que sanarlas. Es algo que al escribir este libro lo pensaba alrededor de mi país, venimos de una nación herida, fragmentada y somos resultado de esas heridas y esos fragmentos, esos traumas, que tenemos como nación, que nos constituyen”.


-Has vivido esto en carne propia. Como ejercicio de escritura, ¿qué tan duro fue para ti escribir sobre ello?


-Fue duro, pero a la vez catarsis. Fue ir descubriendo muchas cosas a lo largo de la escritura: como abrir la mente y el yo… Escribir sobre hombres llenos de dolor que no expresan, de arrepentimiento, de ira, de cosas que tienen adentro y se les pudren dentro, eso es conmovedor. Hubo momentos de profundo dolor a la hora de escribirlo, fue un libro que me costó cuando narré algunos de los eventos que sucedieron en el 2018, cuando me tocó verlos por pantalla, viendo transmisiones en vivo de los enfrentamientos; hubo llanto en algunos momentos durante mi proceso creativo, porque implicó ir escarbando en esas heridas.


"Quién soy y qué es Nicaragua"


-Dices que fue una catarsis y también tu libro es una forma de llamar la atención sobre lo que ocurrió en tu país. Conmueves a los lectores, ¿fue consciente hacerlo así?


-Es la intención de trabajar un drama que es nacional. Más allá de los grandes parteaguas que nosotros conocemos: sobre qué extensa fue la revolución o qué dijo el presidente, para mí fue trabajar el efecto que los grandes discursos tienen en las pequeñas personas. Cómo todos esos señores que se llevan los titulares con las cosas que deciden, afectan las vidas de millones de personas; cómo nos acercamos a una de esas historias y nos identificamos con ellas. El libro es el efecto de cómo leemos el drama que vive una de esas personas y al identificarnos, comprendemos un poco más el tema a nivel general. Es el ejercicio de despertar en nosotros una emoción y al despertarla se despierta una suerte de conciencia, de conocimiento de algo que se desconocía.


"Me toca mucho en México siempre explicar dónde queda Nicaragua, por qué me vine, qué hay y qué ocurre en el país. Todo el tiempo me tengo que estar contando y  justificando quién soy y qué es Nicaragua; sin embargo, a través de esta historia, puedo hacer que personas que no se acercan normalmente a ver lo que pasa en mi país, lo hagan después de leer este drama. Hay una trampa en este libro que va a acercar al lector a darse cuenta de las cosas humanamente, más allá de las cifras y lo que dicen los periódicos”. 


-¿Qué te representan los premios y reconocimientos?


-Dejando la hipocresía de lado, son un masaje al ego, se siente muy bien a nivel de ego, pero también de cierta forma me siento un poco temeroso porque al poner la mirada sobre uno, me siento comprometido a hacer las cosas bien, a entregar lo que se espera de mí. Hasta cierta forma me gusta que me fuerce a retarme a ir viviendo con mayor ahínco y cuido, con mejor técnica y un montón de cosas así. También representa más lectores, que los que no se interesan normalmente, ahora nos lean. 


José Adiak Montoya escribió "El país de las calles sin nombre" durante la pandemia. Desde la Ciudad de México refirió que se muere por conocer Oaxaca y asistir a la Feria Internacional del Libro de la que tanto le han contado, muchas de esas historias, dijo, incluyen mezcal. 


Conócelo


José Adiak Montoya nació en Managua, Nicaragua, en 1987. Es autor del libro "Eclipse: prosa & poesía" (2007), de las novelas "El sótano del ángel" (2010), que ha sido material de estudio en las principales universidades de su país; "Un rojo aullido en el bosque" (2016) y "Lennon bajo el sol" (Tusquets, 2017). 


En 2012 se le otorgó una residencia iberoamericana de creación por parte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México. En 2015 se le otorgó una residencia literaria en la MEET en Francia. En 2016, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara lo incluyó en su programa Ochenteros, una selección de veinte autores nacidos en la década de los ochenta, que se cuentan entre las nuevas voces de la literatura latinoamericana.



 

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