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Instinto materno

Foto(s): Cortesía
Redacción

Después de que mi abuela torció el pescuezo de la cría que cayó del tercer piso, decidimos llevar a esterilizar a la gata. Aunque no disminuyó su entusiasmo por salir a la calle. Sobre todo, por visitar la fonda de junto, donde hurtaba apetitosos trozos de carne. Hasta el día que tomó la porción inconveniente, la que contenía el veneno. La gata agonizó con su vientre hinchado y espuma brotando de su hocico y su cola. Yo no la vi. Mi tía me platicó que la enterraron en el camellón de la carretera.


Dicen que los gatos negros auguran mala suerte. Mi abuela dijo que la gata mató a sus crías porque fuimos a molestarla. Yo no lo creo. Pienso que las tragedias son una coincidencia. Como la que hubo con las tres mujeres que importunamos el ritual de maternidad de la gata. La hermana de mi tía quedó embarazada. Mucho se murmuró que era producto de su relación con un hombre casado. Tal vez haya sido cierto.


Por eso cuando sucedió el accidente, en su octavo mes de embarazo, estaba sola. Su madre la encontró desmayada, con una creciente mancha de sangre en su entrepierna. En el hospital pudieron salvar su vida, pero no la del bebé. Nadie comprendió lo que sucedió. Entre sollozos, la mujer dijo que era culpa del gato. "¡El maldito gato!" 


Supuestamente, ella estaba descansando cuando escuchó el ruido de un cristal romperse. Llegó a la cocina y encontró roto el cristal de la ventana, pero no vio qué lo había ocasionado. Decidió regresar a su cama sin dar demasiada importancia a la ventana. Avanzó unos pasos, cuando debajo del refrigerador salió corriendo un animal que se enredó en sus pies. Ella se tropezó y su vientre recibió el impacto del golpe.


Dijo que el gato gordo que ocasionó la caída se recostó enfrente de ella para, con tranquilidad, limpiar su pelaje, mientras sus brillantes pupilas observaban los intentos fallidos de la mujer por levantarse. Supimos esto de voz de mi tía cuando regresó de visitar a su hermana en el hospital. Meses después, también mi tía quedó embarazada, y decidieron mudarse. Me alegré. Nunca me gustó la exageración de su plática. Tuvieron una niña, con la cual se instalaron en su nuevo hogar.



El único inconveniente era que en esa misma calle vivía un anciano que pepenaba basura. A mi tío no le importaba esa circunstancia. Era su esposa quien se quejaba del hombre y del gato que lo acompañaba. Dijo que el animal entraba a su casa con intenciones de lastimar a su bebé. Mi tío desdeñó esa suposición. Estaba acostumbrado a sus absurdos dramas. 


Aconteció un domingo. Ella tendía la ropa cuando vio que el gato saltó la barda y no pudo evitar que el animal corriera en dirección a su casa. Mi tío escuchó que ella gritó que el gato llevaba una serpiente en el hocico, pero estaba distraído viendo un partido de futbol, no tomó importancia a sus palabras, ni se percató cuando la mujer salió corriendo con su hija en brazos.


No fue sino hasta que escuchó el rechinido del auto, y el consecuente golpe, cuando se levantó del sillón. Abrió la puerta y vio que a mitad de la calle se concentraba un grupo de gente, se acercó y descubrió los cuerpos de su esposa y de su pequeña hija. La gente dijo que la mujer salió apresurada e histérica, que no se fijó al cruzar la calle.


¿Y yo? Yo no tengo instinto materno. Lo descubrí esa tarde que viajaba en el metro. Escuché el llanto de un bebé y sentí repulsión en el estómago. Por fortuna, la madre descendió en la estación siguiente. Ahí subió una mujer con una caja de donde se escuchaba el llanto de un gatito. Al oírlo me enterneció, me acerqué y vi que era de color negro, la adopté y la nombré Tomasa.


Cuando la llevé a consulta para revisión, el veterinario me dijo que siempre que las gatas entran en celo tienen todas las posibilidades de quedar preñadas. Pero, contrario a lo que algunas personas argumentan al negarse a esterilizar a sus mascotas, es parte de su instinto animal, no por el anhelo de ser madres.



Lo que sucedió a mi tía y a su hermana no fue por mala suerte, sólo accidentes derivados de un descuido. Como aquella vez que, por prescindir de protección, quedé embarazada. No todo fue mi culpa. Su incipiente erección no se sostenía. Me dio pena ver sus intentos por mantener duro su pequeño miembro. Él argumentó que era a causa del condón. —No se siente lo mismo— dijo. Y accedí a que se lo quitara.


Nunca le dije que esa única noche acertó en mi útero. Sólo al médico que me recetó las pastillas que expulsaron esas células que apenas llevaban cuatro semanas de vida.


La verdad, pocas veces siento remordimiento. No por abortar, sino por no estar arrepentida de haberlo hecho.


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