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Historias negras de Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Redacción

Las historias que llenan las calles de la ciudad son de todo tipo. En algunas ocasiones se trata de situaciones que por su trascendencia se quedan grabadas en la memoria de la ciudad. Uno de estos sucesos, narrado por don José María Bradomín en su libro “Leyendas y Tradiciones Oaxaqueñas, ocurrió en la intersección que forman las calles de  Cosijoeza y de Los Libres; fue ahí que se llevó a cabo, el catorce de abril del año de 1643, el único (y extraño) auto de fe ejercido en Oaxaca.


Todo comenzó, comenta el profesor Bradomín, varios años antes, cuando llegó a la ciudad don Pedro de Oliveira y Badillo, caballero portugués que fue bien recibido por los habitantes de Oaxaca de aquella época, gracias a la buena voluntad y buen trato que ofrecía el lusitano. Fueron varias las personalidades portuguesas que habitaron Oaxaca en los tiempos de la colonia y la gran mayoría, se caracterizaron por su gran labor social.


Don Pedro de Oliveira y Badillo, nombre pomposo característico de la época, había hecho fortuna a través de la minería, profesión muy lucrativa durante la colonia. Gracias a la aplicación de nuevos métodos para la obtención de los minerales preciosos, pues mientras sus competidores seguían usando el antiguo sistema introducido en 1554, el empresario portugués empleaba un método más reciente y  efectivo, al reducir las pérdidas del material precioso. Se trataba de un método de nueva implementación en Europa y aún poco conocido en la Nueva España.


La prosperidad que le llegó, aunado a sus prolongados encierros voluntarios en sus habitaciones, comenzaron a provocar el murmullo de la gente, al grado de que, a pesar de su buena voluntad y comprobada fe, se comenzaba a comentar que aquel extraño en realidad se dedicaba a ciertas prácticas de alquimia condenadas por la Iglesia, siendo ese el origen real de su buena fortuna; aunado a eso, en esos años, Portugal había declarado su independencia y se encontraba en guerra con Felipe II. Esto causó conmoción en el lusitano, quien ya había sido advertido de lo que sobre él se decía en la ciudad y los peligros que ahora, ante la situación política, podrían caer sobre su persona. El miedo que sentía, estaba bien fundado.


Una noche, mientras la ciudad dormía, el Alguacil Mayor y su séquito del Santo Oficio se aparecieron en la casa de Don Pedro. Después de golpear la puerta exigiendo atención y de solo recibir como respuesta los ladridos del perro, irrumpieron en la propiedad utilizando un ariete, y comenzaron a revisar los aposentos, encontrando diversos instrumentos propios de su labor metalúrgica, los cuales pasaron a convertirse en evidencia suficiente para acusar al portugués de dedicarse a las artes del maleficio y la práctica de ciencias demoníacas.


Afortunadamente, don Pedro tuvo tiempo de empacar sus pertenencias personales y embarcarse rumbo a lugares menos peligrosos; sin embargo, el Santo Oficio ya había allanado su morada y estaba en la búsqueda de algún culpable, así que, en un acto de irreverencia propia de la fe ciega, les fue suficiente con poner como ejemplo al perro del lusitano, de manera que una vez llevado a cabo juicio (con todo y lo ridículo que suena), el catorce de abril de 1643 se encendió una pira con un perro en ella. Se cuenta que a partir de esa fecha, y hasta que el cura de Jalatlaco exorcizó el lugar, se escuchaba, al filo de la media noche, un terrible, espantoso y prologado aullido que llenaba de zozobra a los vecinos de la zona.

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