Segunda de cinco partes
Una piedra salida de no sé donde cayó en el agua de la pileta, lo cual provocó que el reflejo de mi rostro y del que había aparecido al lado se descompusieran en las circulares formas.
-Apúrate mi niña, ya llegó Don Lupe – dijo mi abuelita. Subimos al burro; el señor que nunca se bajó de otro jumento indicó a ambos animales que debían seguir, o más bien subir. El viento helado nos acompañó todo ese tramo de camino, pero el abrazo de mi abuela era poderoso en esos casos.
- Hasta aquí llegamos - dijo Don Lupe.
Nos bajamos justo frente a una casa de adobe y techo de lámina, parecía muy pequeña, se perdía en la inmensidad de aquella montaña, había más casas similares alrededor, pero todas estaban cerradas, daba la impresión de que era un pueblo sin habitantes.
Mi abuela tocó la puerta con una piedra, gritó como pocas veces lo hacía “Comadre Crispina” alargaba la última vocal graciosa y aguda. La comadre salió de inmediato, ya nos estaba esperando. Luego de un abrazo apretado nos hizo pasar.
La mesa estaba puesta, el olor a café de fogón me provocó bienestar, la casa emanaba un calor poco común. Mientras almorzábamos le pregunté a la comadre por qué estaban las viviendas cerradas, solo me miró, ya mejor no volví a preguntar nada, de una u otra forma sabía que le contaría a mi abuelita. Me mandaron a darle de comer a los pollos que estaban en un corral por la parte trasera, desde ahí vi que por la venta de una de las casa se asomaban unos niños y me saludaban, les devolví el saludo, caminé hacia ellos. A través de la ventana toqué sus manitas les dije que salieran a jugar.
Una señora se asomó, amablemente me dijo que los niños no podían salir ese día porque los habían bañado y untado con hierbas, así que no podía tocarles el aire. Lo que me contó hizo que la piel se me pusiera de gallina. El Alas de petate se había dejado ver por algunos pobladores, con su llegada cosas extrañas ocurrían. Lo mejor era encerrarse, quemar incienso, hacerse baños de plantas, machacar suficiente ajo y untarlo en la entrada y en las esquinas de la casa, en fin; todo lo que mantuviera a la criatura lejos. Al escuchar esto, me fui rápido donde estaba la comadre y mi abuelita.
- Acomoda tus cosas, nos quedaremos una semana. Dijo mi abuelita mientras machacaba unos dientes de ajo.
