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En picada

Foto(s): Cortesía
Redacción

Larus occidentalis


Es la única ave de esta familia que nidifica a lo largo de la mayor parte de la costa del Pacífico.


—No encuentro los calcetines delgaditos que me llevo de viaje.


—Con este calorón, no entiendo tu necedad de usar zapatos… de veras Mariano, en la costa andamos todos en huaraches.


—Ema, un Gerente de Ventas debe presentarse bien vestido.


—Ya se te subió. Aquí en Mazatlán, te lo creo. Pero tu gira de trabajo es por puros puebluchos. ¿Será que quieres verte galán? —le contestó Ema sin mirarlo.


—A ver, Reina, sólo quiero estar a la altura de mi puesto. Y a propósito —dijo Mariano con una ligera tos—, esta vez tardaré un par de días más en regresar.


—¿Y así quieres que me vuelva a embarazar? Tú de viaje y yo terminando la maestría. Muy lógico, ¿no te parece? Más que nunca necesito que me apoyes con Emita. ¿Y esa tos?


Ema sacó de la cuna a la bebé de año y medio y la puso en los brazos de su papá. Buscó un lapicero en su mesa de trabajo para sostener su larga cabellera negra en un chongo improvisado.


—Ya tenemos a Emita. Ándale Reina, nos falta Marianito. Marianito Sánchez —dijo él.


—¿What? “Reina” cuando te conviene, ¿verdad? Y ahora resulta que quieres un varoncito. Mira chato, te voy a pedir que esta noche duermas en el sofá.


En ese momento entró por el balcón de su pequeño departamento una fuerte brisa. Escucharon la sacudida de un árbol que retumbó en el cubo del edificio multifamiliar. Todo este alboroto seguido por un piar insistente que les perforaba los oídos.


Los polluelos son precoces, nacen con una pelusa moteada.


—Asómate Mariano, ¿qué fue eso?


—Ven, mira. El aire tumbó el nido de gaviotas que vimos ayer en la cornisa del edificio. Cayó sobre esa rama del tabachín. ¿Lo ves? Está vivo el polluelo. ¡El nido se va a caer!


—Ay, pobrecitos, cómo pían fuerte. Son dos ¿verdad?


—Sí, son dos. ¿Sabes qué? Voy a rescatarlos.


Mariano involucró a los vecinos curiosos del edificio en la operación de rescate. La vecina del 101 le prestó una escalera y el del 402 le permitió salir por su ventana para llegar al cubo del edificio.


Con habilidad, mas no sin temor y frente a los ojos divertidos de los vecinos, Mariano se trepó a la enorme rama. Sudoroso y rasguñado, se preguntó si valía la pena rescatar a los pajarracos que, vistos de cerca, no eran tan bonitos. En el fondo, lo que le entusiasmaba de la heroica maniobra era recuperar la estima de su mujer.


En su afán de defender a las crías, estas aves producen llamadas ásperas similares a gruñidos.


Hizo todo para concentrarse en la misión. De repente, en plena maniobra, se escucharon graznidos de gaviotas que volaban en círculos. Debía concentrarse en no caer de la rama. Nunca había estado tan cerca de gaviotas. Pudo ver que el pico de estas aves era de color amarillo con una mancha carmín intenso en la mandíbula inferior.


No cesaban de atacar. Como artilleros expertos, levantaban sus rosadas patas palmeadas sobre su pecho para dejarse caer con más fuerza. Sus ojos cafés saltaban enfurecidos para afinar la puntería. Acertaron enterrando su duro pico en el cráneo de Mariano. La furia de la batalla fue tan despiadada que estuvo a punto de desplomarse ante los ojos de los vecinos.


—Pinche puntería —dijo en voz alta, mientras se sobaba su adolorida pelona.


Con trabajos, aguantando el ataque aéreo de las aves blanquinegras y contra todo pronóstico, logró mantener el equilibrio. Estratégicamente se deslizó entre las ramas hasta que pudo regresar el nido a la cornisa. Por un momento se miró frente a frente con los polluelos. Ese par de ojos marrón claro algo le recordaban. Emocionado les sonrió. Eran tan frágiles, y él... los había salvado.


Las gaviotas dejaron de atacar. Al final de la maniobra, con la ayuda del del 402, regresó a zona franca. Suspiró. Había cumplido una peligrosa operación de rescate. Los vecinos sonrieron entre aliviados y defraudados. El espectáculo había terminado sin sangre.


Cuando abrió la puerta, Ema lo estaba esperando para que se hiciera cargo del baño de la niña. Ni media palabra aludiendo el éxito en la maniobra.


Mientras Mariano bañaba a la niña, ella aprovechó para darle otra leída al proyecto académico que debía enviar esa misma noche. Mariano buscó una almohada para acomodarse en el sofá. Sin desearse buenas noches los esposos se fueron a dormir.


Todo aquel que por mala suerte viva cerca de un nido de gaviota, sabe que la lucha que mantienen estas aves por garantizar la supervivencia de los polluelos es incompatible con el descanso.


Mariano no imaginaba que se había declarado una guerra contra él. Entre sueños escuchó el graznido de las gaviotas. Pensó que era su imaginación. Tampoco sabía que el enemigo lo tenía bien localizado.


La mañana arrancó la rutina. En medio de un parco diálogo prepararon el desayuno. De reojo, mientras se servía la segunda taza de café, Mariano vio sombras volando sobre el plato donde había terminado de desayunar su huevo a la mexicana.


—Reina, definitivamente, mañana pan tostado con mermelada.


Se prepararon para salir. Ambos dejarían a la niña en la guardería y luego ella iría a la universidad y Mariano a su oficina. De repente, escucharon aleteos y chillidos. Miraron que una desafiante pareja de gaviotas los rondaba. Volaban bajo, amenazando, con los ojos fijos en Mariano.


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