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El Lector Furtivo: La noche de Tlatelolco

Foto(s): Cortesía
Redacción

“Con el Gobierno no se juega”, era una de las expresiones que muchos jóvenes de mi generación escuchamos de las personas adultas. El 68 mexicano era la herida abierta que constataba la verdad de esta afirmación. Quizá por esta razón, a mis escasos 13 años tuve la inquietud de leer "La noche de Tlatelolco" de Elena Poniatowska; no recuerdo cómo llegué a saber de la existencia de este libro, pero en uno de sus viajes al entonces Distrito Federal, le encargué encarecidamente a mi padre que me lo comprara.


La primera sensación que  recuerdo al tener el libro en mis manos es la admiración; puedo decir que es uno de los primeros libros de los que me enamoré. Su diseño era soberbio: una portada negra, una sección de fotografías impresa sobre hojas oscuras y una disposición de textos breves distribuidos con un orden magistral, que hacían que su lectura fuera a un tiempo vívida, eficaz para transmitir sensaciones y muy comprensible para un chico de secundaria.


Eran los años 80 y estábamos todavía muy lejos de vivir las transformaciones que configuran al México que hoy conocemos. Muchos jóvenes encontrarán increíble que, en los hechos, existiera un solo partido político y una sola empresa televisora cuyos contenidos eran sospechosamente oficialistas, a un grado incluso mayor que los de los medios estatales.


Elena Poniatowska recoge testimonios orales y periodísticos para construir con ellos una crónica de lo que fue la revuelta estudiantil que culminó trágicamente con la matanza del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.


La primera parte del libro titulado "Ganar la calle", retrata el tono festivo de una sociedad esperanzada porque en cada gesto del movimiento estudiantil ve próxima la  reivindicación de la ciudadanía, arrebatada por un autoritario sistema político que ejerce la patria potestad sobre una sociedad que no alcanza aún su mayoría de edad. La segunda parte, que da título al libro, hace la crónica de la tragedia.


"La noche de Tlatelolco" tiene también la virtud de complementar el relato con la voz de  aquellas personas que a ras de calle manifestaban sus posturas conservadoras y que no estaban de acuerdo con “el movimiento”, como padres que cuestionaban las melenas de sus hijos o aquellas madres católicas persignadas, preocupadas por la integridad de las chicas en minifalda. Pero el resultado general es el de un testimonio que dignifica a los jóvenes y condena la barbarie del estado.


El libro echa mano de recursos, que potencian su impacto, como la estructura coral, la yuxtaposición, el contrapunto y aunque usted no lo crea, el humor, rasgo mexicanísimo que no podía estar ausente en un movimiento popular.


Difícilmente otro periodista hubiera podido publicar este trabajo. La nacionalidad francesa  y la ascendencia aristocrática de la escritora y periodista, de alguna forma la blindaban  de la acción represora del gobierno mexicano, aunque no la libró por completo de actos intimidatorios (como agentes de la policía secreta apostados 24 horas al día afuera de su domicilio).

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