De entre los escritores hispanoamericanos la figura de Felisberto Hernández destaca por la aparente carencia de continuidad. Como autor no parece responder a una tradición y su estilo carece de seguidores. No existe en Uruguay ni en toda Latinoamérica, un escritor que pueda asumirse como su precedente y tampoco ha dejado una descendencia literaria a la que se le pueda ligar directamente. Rosario Ferré ha llamado al estilo literario de Felisberto “La vanguardia de un solo hombre”.
Al respecto de su originalidad Ítalo Calvino escribió de él en el prólogo de Nessuno accendeva le lampade, un compilatorio de cuentos póstumo de 1974, lo siguiente: “...no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “francotirador” que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas”.
Felisberto Hernández nació en Montevideo en 1902, en el seno de una familia modesta, pero en un contexto de estabilidad política y económica que el país gozó durante las tres primeras décadas del siglo. El autor aprendió a tocar el piano con una amiga de la familia y siendo aun niño, trabajó como pianista de cine, acompañando las proyecciones de películas silentes.
A la muerte del padre en Felisberto mueren las esperanzas de asistir a la universidad pues debe hacerse cargo de su familia. En adelante su formación será autodidacta. Como pianista ofreció conciertos en varias ciudades y laboró en casinos, cafés y teatros, sin embargo, la verdadera pasión del uruguayo era la literatura, fue así que llegado el momento, abandonó definitivamente el piano para dedicarse a escribir. Cabe mencionar que ni el piano ni las letras le procuraron prosperidad económica.
La casa inundada es un cuento escrito en 1960. Forma parte de la madurez literaria de su autor y narra la estancia del escritor en La casa inundada del título. Esta pertenece a una mujer grande y robusta, la Señora Margarita, que gusta dar largos paseos por los pasillos anegados a bordo de una frágil embarcación propulsada a remo por el autor del cuento, que dice: “Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas”.
Durante esos paseos nocturnos alrededor de una isla formada en lo que originalmente era la fuente del patio central, la señora Margarita evoca el recuerdo de su difunto esposo. El autor, por razones meramente subjetivas, como su deseo por ella, sospecha que el esposo yace enterrado en aquella isla, aunque ningún elemento de la realidad parece confirmar esta sospecha.
En esta casa, habitaciones y pasillos se encuentran inundados deliberadamente y un complejo sistema hidráulico le permite incluso tener corrientes. Los muebles por lo tanto han sido modificados para tal efecto. Las camas, extremadamente altas, sirven como atracaderos para la frágil embarcación de la dueña.
Hernández crea universos fantásticos con personajes orgánicos. Su originalidad ha cautivado, a un puñado de sus contemporáneos, y a muchos lectores que lo conocerán solo después de su muerte.
