Podríamos atrasar una somera historia de la literatura a través de sus géneros. Me voy a aventurar a hacerlo: iniciaremos de la mano de la divinidad, señalando que la primera literatura tiene un carácter religioso. Los textos más antiguos que se conocen son obra de Enjeduana, sacerdotisa consagrada a Inanna, diosa sumeria del cielo, la fertilidad y el amor. Después encontraremos al género épico presente en todos los pueblos, pero asociado para siempre a la obra inmortal de Homero (la Ilíada y la Odisea). Después vendrán en Grecia las expresiones primeras del género dramático (tragedia y comedia) a las que seguirá el establecimiento del género lírico. Durante varios siglos, estos géneros se fueron desarrollando y dando pie a distintas categorías, pero fue necesario, en algún punto de la historia, consagrar un género por completo al pensamiento racional humano.
El 28 de febrero de 1533 llegó al mundo Michel de Montaigne, un hombre tan rico que nació y murió en un castillo propiedad de su familia cerca de Burdeos, Francia. El pequeño Montaigne, tuvo una infancia “sui generis”, por decir lo menos; baste decir que su padre se las ingenió para que el niño aprendiera griego y latín antes que su lengua materna, la cual conoció hasta cumplir los 8 años de edad.
Estudiante aventajado, hombre liberal y humanista por herencia, Michel de Montaigne pasó a la historia, no como cortesano ni como político -aunque fue alcalde de Burdeos igual que su padre- sino por haber compuesto, en una de las torres de su castillo, una serie de textos que prácticamente inauguraron una época y que él mismo llamó simplemente Ensayos.
Los Ensayos de Montaigne ocuparon ese nicho que hacía falta entre los géneros literarios para ocuparse del pensamiento y la sana especulación intelectual. Aunque antes de Montaigne, muchos grandes autores habían desarrollado una vasta obra en historia, ciencia, filosofía y otras muchas artes, estos se tomaban muy en serio y presentaban su trabajo en forma de tratados, mientras que la obra del autor francés debe considerarse como literatura. Es en este sentido que a Michel de Montaigne se le considera sin más, como el padre del ensayo moderno.
¿Y qué es el ensayo? Como lo cultivó nuestro autor, es un texto más o menos libre que explora un pensamiento o una idea sin darla por concluida. Esta idea se va desarrollando a lo largo del texto con argumentos propios y ajenos, mismos que a veces olvidaba citar, no como cualquier pilluelo que plagia un trabajo para el bachillerato, sino porque suponía que sus lectores conocían de sobra sus fuentes y no era necesario machacar en ello.
Montaigne tuvo como lema “¿Qué se yo?”; al responderse esa pregunta tocando los más diversos temas -la verdad, la tristeza, el canibalismo o la amistad-, dibujó un excelente retrato de sí mismo y de su tiempo, abriendo la puerta para que el hombre común pudiera expresar su pensamiento sin necesidad de enmarcarlo en una obra narrativa o poética y sin la pesada loza que suponía demostrar que tiene la verdad absoluta de su parte.
