Rodrigo Bonilla nació en la capital del estado de Guanajuato y su trabajo como soldado, dado de alta desde los 18 años, lo llevó a conocer gran parte del país, posando sobre los lugares que conoció, una mirada curiosa y penetrante. En Oaxaca forma una familia con la joven poblana Rebeca Lezama y se avecina en San Jerónimo Yahuiche.
Rodrigo Bonilla, después de jubilado del servicio castrense, en medio del trajín cotidiano de una tienda de abarrotes y semillas, entre cajas de aceite y sopa, se da el tiempo de tomar el lápiz y el cuaderno para anotar en forma de versos sus andanzas por la vida. ¿Para quién se escribe? ¿Para ese hipotético lector del futuro que nos leerá en la posteridad? ¿Para nuestros coetáneos?
Don Rodrigo registró para nosotros un mundo que ya no conocimos, con su sistema de valores y creencias, con sus dificultades y quebrantos, con sus expectativas de grandeza, triunfo y buena vida. También consignó lo que le corresponde como hombre sabio, por los años y las distancias recorridos (ya sabemos lo que se dice del diablo). Rodrigo Bonilla es un hombre que ha mirado de frente los peligros del cuerpo y del espíritu que acechan a los hombres, pero también ha conocido los placeres y el amor. Esto y más es el contenido del libro “Arrebatos” (El Cuajilote, 2019).
Los versos contenidos en “Arrebatos”, escritos sin más guía que el oído de su autor, nos llevan de la mano a conocer paisajes y personajes peculiares en la geografía del México rural del siglo 20. Rodrigo Bonilla narra y describe para nosotros pueblos y fiestas, lances amorosos y duelos mortales, así como chuscas aventuras protagonizadas por coloridas aves: “Una paloma torcaza/ cantaba en una ramita/ y en su canto bien decía/ que se encontraba solita”. No faltan tampoco reflexiones sobre la vida misma que se expresan en formas como la siguiente: “Hombre qué parco eres/ no tienes en ti confianza/ si Dios te ha dado poderes/ haciéndote a su semejanza”.
Otra parte importante del libro es el reflejo de la devoción católica. Vírgenes, santos y cristos se hacen presentes en varios de los versos, como consuelo, auxilio divino o como pretexto para reír un poco al contrastar lo espiritual con los vicios y apetitos humanos, como en los versos del Perico Campanero.
El libro retrata la complejidad de la vida con una voz cándida. Sin mayor pretensión que el gusto por escribir, ajeno a consideraciones teórico-literarias o adscripciones a una escuela o corriente determinada, antes sí con la certeza de que el hombre debe dejar testimonio de su paso por la vida. ¿Para quién se escribe? Rodrigo Bonilla lo tiene claro desde el principio; escribe estos versos, como lo dice su personaje El Ché Nicolás “para dejarlos como un legado a sus hijos, a sus nietos y a los demás”.
Este libro, como bien dice Jesús Reyes Bustos en el prólogo, tiene el gusto de una charla entre amigos, porque huelga decir que don Rodrigo Bonilla es un gran conversador y que tiene mucho que contarnos para que nosotros, apoyados en su testimonio de vida, terminemos de comprender el tiempo que habitamos.
