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DENARIOS: Una tarde de lluvia   

Foto(s): Cortesía
Redacción

El manto de niebla envuelve los cerros que rodean el pueblo, formando islas de tamaños y formas diferentes. El color verde obscuro de los tupidos árboles resalta, a sus orillas parece que toneladas de algodón gravitan y juegan. Pronto, la niebla baja lánguida hacia el pueblo, una voluntad ajena la extiende sin que ella ponga resistencia, en minutos llega hasta donde estoy. Dejo que su brisa fría me abrace; en segundos, el panorama se esconde tras su densidad, no se ve más allá de cuatro o cinco metros.


El delicioso olor a pescado frito con ajo me saca de la contemplación.  Entro a la cocina, Juan está dando los últimos toques a los platos, en donde coloca los crujientes pescados de un color dorado que anuncian un banquete. De prisa nos sentamos para comerlos.



La niebla se queda estática. La puerta lateral de la  izquierda está abierta, desde ella se ven los troncos de un viejo encino que tiraron los aires tempranos de octubre y que están dispuestos de manera armónica en el pequeño patio con salida al camino viejo a San Sebastián. El corto sendero de salida, está cubierto por restos de gruesa viruta, se ve muy bonito con su color de paja mojada.


-Quedó muy sabroso el pescado, esos señores que lo traen desde Puerto Ángel no fallan, siempre lo traen fresco- dice mi madre, en tanto retira con cuidado las espinas del cocinero (nombre coloquial de este pescado).


-Sí, está para chuparse las espinas- confirmo yo, mientras unto una tostada con aderezo.


Juan sonríe satisfecho por su buena sazón. Comemos despacio, disfrutando cada bocado, comentando algunas noticias que vimos en las redes sociales; por decisión unánime, en la casa no hay televisión.


Después de los pescados tomamos café, que mi mamá nos sirve en unos bonitos pocillos que hemos vuelto a usar.


A lo lejos se escucha un coro de voces melancólicas cantando una canción. Inicia una suave lluvia. El clima frío, el calor del brasero, la niebla que deja ver los contornos de los agapantos morados por la amplia ventana de madera y lámina, el café caliente y algunos trinos que revolotean entre los pinos y encinos,  nos hacen sentir cierta nostalgia, se nota en nuestras caras, lo sabemos.


-Son las Hermanas Huerta- dice nuevamente mi madre con seguridad, refiriéndose a la canción que se escucha entre la niebla. 


Cuando era niña y hacía frío, como en este tiempo, casi para entrar a noviembre, mi mamá servía café con panela, así en unos pocillos como estos. Nos sentábamos en el suelo, porque entonces no había sillas, nomás papá y mamá tenían sus banquitos y comíamos en una tarima (mesas chicas, bajas y rectangulares).


- ¿Te acuerdas? Todavía viste esas tarimas. Mi hermano Chu tocaba la guitarra y cantaba. Eso fue antes de que agarrara el vicio –dijo mi madre con voz baja y su vista se perdió entre la neblina y el crepitar de la leña que arde en el brasero.


La lluvia arrecia, el sonido sobre el techo de lámina se hace más intenso, hasta velar por completo cualquier otro. Solo lo acompañan los recuerdos, en la mirada un tanto triste de mi mamá.


 


“La puerta lateral de la  izquierda está abierta, desde ella se ven los troncos de un viejo encino que tiraron los aires tempranos de octubre”.


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