Emma Woodhouse tiene todo lo que una mujer del siglo 21 (y a decir verdad, cualquier persona, sin importar su época) podría desear. Es inteligente, guapa y rica. Vive en una propiedad enorme con su padre, un hombre hipocondríaco pero sensible, con quien tiene un vínculo sumamente estrecho. Cuando su institutriz y confidente se casa con el señor Weston, Emma se encuentra sola ante sí misma y comienza a pensar que la mejor forma de llenar el vacío es convertirse en una suerte de casamentera, decidida a emparejar a sus amistades y conocidos con quienes a ella mejor le parezca.
Si bien la novela homónima de Jane Austen ha contado con un sinfín de adaptaciones tanto al cine como a la pantalla chica, es su versión más reciente, estrenada en enero de este año y dirigida por la cinefotógrafa Autumn de Wilde, la que más destaca tanto visualmente como en términos de guion. Aunque la célebre Clueless (1995) también se basa en el material original de Austen, esta se ha convertido en un referente claro del estilo de vida de los años 90, mientras EMMA (2020) pinta para convertirse en un clásico atemporal. La cinta se sitúa en su contexto original (Inglaterra de los años 1800), y al no utilizar elementos que hoy resultan vanguardistas, pero dentro de diez o veinte años parecerán, en el mejor de los casos “vintage”, es posible predecir que superará sin mayores dificultades la temible prueba del tiempo.
De Wilde deja ver su oficio de fotografía en cada cuadro de su ópera prima, en la que destacan los colores vívidos como reflejo de la personalidad de la protagonista, quien en su afán de hacer el bien termina metiendo en líos a las personas que le importan y descuidando sus propios sentimientos. Jane Austen dijo una vez, que al escribir la novela su intención era crear un personaje que solo a ella pudiera gustarle. Sin embargo, es precisamente la imperfección lo que permite empatizar tan fácilmente con Emma, que guiada por intenciones genuinamente buenas, comete errores que ella misma debe enmendar; una experiencia tan humana que toca las fibras de cualquier lector del siglo 19 o de cualquier espectador del 2045.
