A poco más de una década de haber irrumpido con fuerza en el mercado editorial a nivel planetario, el sueco Jonas Jonasson continúa en su empeño de confirmarse como un maestro del disparate y de la carcajada crítica de la sociedad.
¿De qué otra forma, si no, podrían convivir en una misma novela un curandero masái en busca de un heredero, un emprendedor sueco que lucra haciendo realidad las fantasías de venganza de los otros, y una pintora expresionista de Sudáfrica?
En "Una dulce venganza" (Salamandra), su nuevo libro, Jonasson (Växjö, 1961) traza esta constelación de estrafalarios personajes para hablar, sí, de la humanísima búsqueda de la venganza ante un agravio, pero también para escribir una carta de amor a la libertad artística.
"Diría que todas mis novelas tienen esta cualidad de abrazar a la vida dando esperanza, con humor y, también, un lado más serio, oscuro, en términos políticos y sociales", declara en entrevista el autor del bestseller "El abuelo que saltó por la ventana y se largó".
"Diría que en esta novela, más que en cualquiera de mis libros anteriores, estaba muy claro para mí que tenía, básicamente, dos ideas separadas que tenía que unir y creo que lo logré; ésa fue la parte ruda del trabajo".
El vínculo de estos dos temas es Victor Svensson, un oscuro arribista social que quiere una Suecia sin inmigrantes, pero que es demasiado haragán como para comenzar desde abajo en el partido populista de derecha.
Para poder codearse con la alta sociedad y hacer realidad su proyecto, Svensson se apodera de una reputada galería de arte de Estocolmo, urdiendo un plan para desheredar a su legítima dueña, Jenny Alderheim.
Será ella, junto con el hijo no reconocido de Svensson, Kevin -abandonado por su padre en Kenia para ser devorado por fieras salvajes-, quienes llevarán a cabo un plan meticuloso para obtener la dulce venganza del título.
Desde el inicio del libro, el autor traza un paralelismo entre la concepción del arte de Svensson, quien encuentra a la pintura expresionista como depravada, con la de cierto pintor fracasado del Imperio Austrohúngaro que sumió a Europa en una guerra y al que únicamente se refiere como "Adolf".
"En el libro únicamente lo llamo Adolf y eso es por un razón en específica: no quiero que sea un protagonista o nada de ello, pero este tipo, Adolf, impulsó la idea que ahora escuchamos de partidos conservadores populistas en países democráticos de que 'lo natural' es lo correcto, que el expresionismo es, de alguna forma, peligroso para la sociedad", explica.
En parte, el libro fue inspirado por los pronunciamientos de censura artística, que Jonasson considera preocupantes, que se han hecho desde algunos países en tiempos recientes.
A la visión del arte de Svensson y Adolf se le enfrenta la de Jenny y Kevin, dos jóvenes tímidos y sensibles que admiran al impresionismo y al expresionismo por la forma en la que revelan los corazones de sus autores.
También, Jonasson invoca la figura de la pintora sudafricana Irma Stern, una artista educada en Alemania que desafió las nociones del arte del nazismo y que, en el libro, pinta dos cuadros que son esenciales para la trama.
Esta variopinta escuadra de personajes se completa con el incisivo Hugo Hamlin, un emprendedor de pocos escrúpulos que funda la compañía Dulce Venganza S.A., y el curandero Ole Mbatian el Joven, quien instruye a Kevin en el camino del guerrero masái.
Como ocurre con el ya célebre hombre centenario de su primera novela, quien escapa intempestivamente de su casa de descanso, los personajes de Jonasson, construidos desde el humor, suelen encontrarse en un momento decisivo para cambiar sus vidas.
