Ignacia intentó respirar. Abrió los ojos y la boca desmesuradamente, para atrapar algo de aire. La envolvió una oscuridad total. Se llevó las manos a la cara. ¿Era una pesadilla? ¿Dónde estaba? Muy lentamente recobró la conciencia, como cuando despertaba del letargo en el que quedaba después de los desmayos. Tocó alrededor. Sintió la suave cubierta de raso. Se estremeció. Retiró sus manos, se tocó el vientre, la cara, la ropa. Notó que le faltaba el aire. Se ahogaba. Con las uñas rasgó la tela para topar con la madera del cajón. Tardó unos segundos en darse cuenta dónde se encontraba. Se ahogó con sus gritos pidiendo ayuda. Tosía. Intentó empujar la cubierta, pero las piernas, las manos, los pies eran débiles ante el peso de la tierra. Un olor de humedad penetró hasta lo más profundo; supo que era el de la tierra en su sepultura. Afinó sus sentidos, el tacto, pero sobre todo el oído con el anhelo de escuchar voces, pasos, algún indicio de que alguien pensara en la posibilidad de que estuviera viva. Aunque la oscuridad invadía cada espacio, no quería cerrar los ojos.
Un frío intenso la envolvió. Se desvaneció. Cuando volvió en sí, ya no temblaba, pero el frío le calaba los huesos. La idea de los gusanos en su cuerpo la hizo gritar más. ¿Y su esposo, cómo había permitido que la pusieran en la tumba estando viva? ¿Por qué no esperaron a que despertara de ese ataque? Siempre despertaba. ¿Qué, no lo sabían? Alguien debió equivocarse al marcar ésta como su última hora.
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Lucía se propuso terminar la preparatoria y entrar a la universidad. Llevaría a cabo sus planes de estudiar en secreto hasta donde le fuera posible, ocultar sus actividades y ser una esposa modelo. No lo consiguió. Miguel la golpeaba. La encerraba a pesar de saber que sufría claustrofobia.
Lucía no se podía mover. Golpeó, gritó, lloró. Tenía que buscar la forma de escapar. En su desesperación, pensó en el suicidio como la única salida. Pasaron las horas, interminables. Sabía que la escuchaba su suegra; seguramente estaría sonriendo, sentada en su sillón. Había sido su idea. “¡Dale un buen escarmiento!”, le había aconsejado a su hijo cuando sospecharon que salía a escondidas.
Lucía se deslizó lento hasta quedar de rodillas en el espacio diminuto en el que estaba. Pensó en su madre, su fortaleza, su empeño por verla exitosa. Se desmayó.
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¡Tampoco el padre se percató de que estoy viva antes de traerme aquí! Él había dicho “hasta que la muerte los separe”; yo no estoy muerta.
Tenía espasmos que le llegaban hasta la garganta. No podía incorporarse, sólo alcanzaba a tocar su vientre mientras lloraba. Nadie la escuchaba. Estaba más sola que nunca. Imploraba a ese Dios, al que siempre se acercó devota, que alguien la escuchara. ¿Cómo podía permitir este absurdo error?
La oscuridad de su tumba le hizo recapacitar en lo solos que se quedarían sus padres. Siempre había sido la niña de sus ojos, su única hija. Quiso poder abrazarlos una última vez; que supieran que los amaba. Lloró por ellos, esta vez en silencio. Cerró los ojos imaginando cómo habría sido su propio funeral. Dejó de respirar.
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Es septiembre, los turistas son testigos del espectáculo en la sala principal del museo que exhibe momias que vivieron siglos atrás; deformadas con facciones de cartón, las cuencas vacías, las bocas abiertas, cabellos y uñas largas que siguieron creciendo mucho después de que murieran. Todas ellas en posturas predecibles cuando los cuerpos perecen: todas, excepto una.
Lucía entró en la sala del museo con la intención de matar el tiempo. Anduvo los pasillos viendo sin ver la exhibición. No ocultaba su dolor, aunque sí los golpes de la cara, con maquillaje, con lentes oscuros. Se acercó de frente a la vitrina donde la figura de la momia mostraba los detalles de cómo vivió, pero sobre todo el horror de cómo murió. Tocó el cristal apenas sintiendo en sus dedos la fría superficie. Entre las luces vio su propio reflejo en la cara de Ignacia. Muerta en vida.
