Ignacia Aguilar parecía flotar cuando en sus oficios pasaba de una habitación a otra en la antigua casona. El rechinar de la madera al cerrar las puertas o ventanas anunciaba su presencia por los salones y corredores. Incluso el aire le abría paso al caminar por las galerías en la rutina de encender los candelabros. Atrajo siempre a los más atrevidos mozos. Sin embargo, siguió el mandato de su padre de casarse con el dueño de la mina de plata más fructífera en el estado de Guanajuato, don Rafael, quien la desposó en una ceremonia llena de lujos que sonaron entre los habitantes mucho después de terminadas las nupcias.
Ignacia se dedicó por completo a los menesteres en la casa; llenaba sus días con paseos por los jardines de la hacienda. Confiaba a las criadas la preparación de los platillos, supervisando los toques finales en cada uno.
Los primeros años en la hacienda fueron placenteros. Por su condición enfermiza se convirtió en un delicado cristal que podía quebrarse en cualquier momento. Algunas veces su estado empeoraba. No se levantaba de la cama por varios días. Ignacia era joven. En opinión del doctor, no podía arriesgarse a ser madre. Don Rafael nunca perdió la esperanza de revertir el diagnóstico; esperaba que con el tiempo ella mejorara. No obstante los cuidados, Ignacia empeoró. Cada vez era más frecuente verla desvanecerse por días para volver de la inconsciencia, abatida, desorientada.
Una mañana, la encontraron inmóvil, fría. Parecía dormida, aunque su respiración era nula y su cuerpo lánguido. Muchas veces al verla en ese estado, la dieron por muerta; pero siempre volvía. Esta vez, su estado se alargó demasiado. La cubrió de una blancura espectral.
-Pronto, busquen al médico, Ignacia no respira-. Esta vez, no parecía ser un ataque pasajero. Su esposo esperó por tres días que volviera de donde había partido.
-No respira- el médico acercó el espejo a su boca para percibir cualquier evidencia de vida-. Esta vez la muerte ha ganado la contienda- anunció.
Su padre soltó las manos que aún conservaban un ligero calor; su madre lloraba, no dejaba de acariciarla como cuando era niña. Don Rafael, sentado al pie de la cama, silencioso y abatido, buscaba una respuesta en un punto lejano, distante.
Cerraron las ventanas, desempolvaron moños y vestiduras negras. La ataviaron con el vestido de encaje y cuello alto. Un escapulario rodeaba su cuello.La llevaron al cementerio de Santa Paula. Llovía. Nadie pudo percibir el leve movimiento en la mano de Ignacia.
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Desde que sus padres murieron en un accidente automovilístico cuando ella era aún una adolescente que vivía en la Ciudad de México, Lucía supo lo que es estar sola. No había terminado la preparatoria cuando conoció a Miguel, un hombre mayor que ella, atractivo. Quedó cautivada por él desde el principio. Desde el principio le atrajo su actuar de padre sustituto. La puso bajo un ala protectora. Al poco tiempo de conocerse le propuso matrimonio y decidió que vivirían en la ciudad de Guanajuato, donde radica su madre que había quedado viuda.
Pasaron los meses y con ellos, la ilusión de ser feliz se fue desvaneciendo poco a poco, tornándose cada vez más en un espejismo. Se enfrentó desde el principio a un hombre inflexible y severo, así como a la madre con sus reclamos constantes.
-Eres una mujer casada, tú te quedas en la casa que es donde perteneces-. Era la anciana madre que estaba acostumbrada a formas arcaicas y que crió a su único hijo como centro del mundo. Si Lucía se atrevía a salir, tenía que hacerlo a escondidas de ella. Él la censuraba siempre que se atrevía a desafiarlo.
Por mandato de su esposo y continuos acosos de la madre, se vio asistiendo a clínicas para la infertilidad y a tratamientos innombrables. Además de acusaciones por su incapacidad de tener hijos. Lucía no los quería. No imaginaba grilletes más pesados. Ella quería terminar sus estudios, ser independiente.
