—¡Pásame el otro! ¡Rapidito!— grita. Un copioso sudor le escurre de las sienes y le empapa el cuello. Trae la boca espumeante y el tic del ojo izquierdo se le acentúa. Me pongo de cuclillas e intento atrapar al gato; se me escabulle; la tía enfurece más.
—¡Qué haces ahí, Cándida! ¡Eres una bruta! ¡Ja, ja, ja! ¡Qué esperas, pásame al otro animal! ¡Atrápalo, no seas cabezona! ¡Eres el vivo retrato de tu madre, que ni se atreva a regresar!— amenaza de nuevo y observa con ojos de triunfo al animal moribundo.
Logro atrapar al felino; tiembla, maúlla, me araña. La tía me lo arrebata y se acomoda para lanzarlo contra la pared. De un salto, me incorporo e intento huir de nuevo. Me detiene del brazo, caigo sobre otro felino, maúlla, lo pesco de las patas, me lo jala de un tirón y lo estrella contra la repisa de los santos. La vela parpadea; el viento lucha con la llama. La tía recoge la imagen rota, se persigna. Veo en su rostro un gesto extraño, de distracción, de ausencia. Un silencio inunda la habitación.
Los animales quedan esparcidos por el cuarto. El olor del ambiente es denso, irrespirable. Un gato junto a mis pies aún se estremece. Tengo la boca seca, la lengua pegada al paladar, mis manos tiemblan y mi corazón hace brincos erráticos en busca de una salida. El tío Maclovio, parado junto a la puerta, rompe el silencio: azota el bastón contra el piso, un pedazo sale volando y se incrusta en el ojo izquierdo de Lola, quien está encaramada en el pretil de la ventana. La gata huye maullando de dolor. El tío hace el esfuerzo por abrir los ojos, se rasca la cabeza y repite:
—¡Ay, ay, ay, ay! ¿Tú que entiendes de la vida, Candidita?
De nuevo, intento huir. Un grito me hace retroceder:
—¡Hey, hey, hey,! ¡Ja, ja, ja! A dónde, ¿asustadita, mi amor?— replica la tía Simona mientras va de un lado a otro con un gesto de victoria en el semblante, juntando a los felinos y echándolos en la bolsa.
—¡Pásame el petróleo! ¿Qué esperas?— grita y agita con fuerza la caja de cerillos.
Siento frío y sin embargo, desde la ventana, se ve que el sol cae a plomo. La tía sale del cuarto y se mete al baño, echa la bolsa al bóiler y lanza el cerillo. Los restos de los felinos crujen.
—¡Aquí no pasó nada, mi amorcito! ¡Quedas advertida! Tú, como tu tío Maclovio: no viste nada, no sabes nada, no dices nada y no me preguntas nada. ¿Entendido? Ahora, ¡rapidito!, ¡déjame sola! ¡Métete al baño!
La atmósfera del baño es irrespirable. Los olores mezclados a mierda, a petróleo y a perfume del jabón se condensan en el ambiente. Traigo atorado el vómito en mi garganta. El humo del bóiler me inunda los pulmones. Enciendo la regadera y dejo que el agua fría caiga sobre mi cabeza. Los moñitos rojos de mis zapatos se han caído. Siento como si me estuvieran apachurrando el alma. Como si mamá fuera la que hubiera muerto. Permanezco inmóvil, con el cuerpo encorvado, mojado, frío, tembloroso.
***
Aquí, dentro de este cuarto, escucho cada vez más fuerte el maullido de dolor de los felinos. Abro los ojos y veo colgado sobre la pared el pedazo de bastón del tío Maclovio. Me lo imagino sonriendo y enseñando el diente. Viene a mi recuerdo el olor a baño; mi lengua comienza a pegarse al paladar y siento el vómito otra vez subir por la garganta. Intento tragar saliva. Imposible. Tengo la boca seca. Como entre sueños, escucho el maullido de los gatos, la risa del tío. Tenía razón al decirme que soy igualita a mi madre: mis piernas flacas y largas empiezan a desprender un olor a membrillo, mi bajo vientre comienza a percibir un sutil aleteo de mariposas que me estremece y provoca un extraño escalofrío, y mis senos se han abultado.Volteo la mirada hacia la ventana y veo a la tía Simona encaramada, como lo hacía Lola, en el pretil, acechando a su presa. Permanece quieta, así como estaba aquella mañana cuando terminó de matar a los felinos, con ese rostro de victoria al ver a los animales moribundos en el suelo. Me incorporo, me visto, y con los pies descalzos camino con sigilo hacia ella. Escucho en su respirar un ronroneo; las uñas de los dedos de las manos le han crecido como garras y el tic del ojo izquierdo ha cesado. A ti, que lees este relato, te confieso que tengo miedo, mucho miedo. Mis lágrimas resbalan por mis pómulos y mejillas. Los maullidos de los gatos y la voz del tío Maclovio se intensifican: “¡Ay, ay, ay, ay! ¿Tú que entiendes de la vida, Candidita?”
Una ráfaga de viento fresco con olor a membrillo entra por la ventana y apaga la vela.
