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Colectivo Cuenteros| Olor a membrillo (primera de dos partes)

Foto(s): Cortesía
Redacción

Han pasado tres años desde que mamá se fue. Dice el tío Maclovio que ya no tiene esperanza que Sabina vuelva, que lo mismo hizo Lola, su gata: un día abandonó a sus crías y nunca regresó. La que siempre habla de mamá es la tía Simona. Dice que ojalá no regrese, porque si la vuelve a ver, la mata. La tía Simona es flaca y encorvada; su nariz es un triángulo en medio de su cara y tiene un tic en el ojo izquierdo. Los gatos huyen aterrorizados cuando la ven. Yo no le tengo miedo; debe ser porque cuando se me quedaba mirando con los ojos saltones y llenos de odio, metía la cabeza bajo la falda de mamá y abrazaba sus piernas largas y flacas que olían a membrillo. Ahí me quedaba, observando los moñitos rojos de sus zapatos, hasta que sentía un manotazo; era señal de que le había pasado el telele. Eso dice el tío Maclovio, que a la tía le da el telele. Yo tengo las piernas como las de mamá: largas y flacas. Dice el tío Maclovio que Sabina y yo seríamos igualitas si nos cortáramos las trenzas.


—Y… ¿cómo lo sabe usted, tío?


—¡Ay, ay, ay, ay! ¿Tú qué entiendes de la vida, Candidita? Con apenas diez años uno no entiende nada— responde. Le digo que él no se parece a nadie porque en vez de ojos tiene nubes, que seguro es hijo del cielo. Se enoja y azota el bastón. Luego jugamos, sonreímos y hacemos las paces. Me gusta que sonría y enseñe el diente que le queda; me recuerda la sonrisa de mi madre.


***


Hoy es una mañana de invierno. Acostada en la cama y con los ojos cerrados, acecho hasta el más leve ruido que proviene de la calle: escucho las campanas tocar el alba, el canto de los gallos, el rechinido del molino de nixtamal, el cuchicheo de las señoras, el ladrido de los perros, los golpes del bastón del tío Maclovio quien habla con la Lola que acaba de parir. Así llama a sus gatas: como a la abuela. Se llamaba Dolores y le decían “Lola la tuerta”; tenía los ojos igual a los del tío. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que mamá se fue; lo que sé es que siento un gran vacío. Mi cuerpo empieza a resentir la humedad de esta recámara de techos altos y paredes anchas tapizadas de moho donde he pasado este tiempo al lado de la tía Simona, del tío Maclovio, de los gatos y de esa araña que cada vez se desplaza con más libertad entre las vigas. Siento frío. Retiro la cobija de mi cara, abro los ojos y ahí está, como siempre, sobre la repisa: la llama parpadeante de la vela que acompaña a los santos y que ahora me alumbra para poder escribir este relato. Se apodera de mí un extraño presentimiento. Salto de la cama, me pongo el vestido y los zapatos de moñito rojo que eran de mamá y, mientras me trenzo el cabello, escucho los gritos de la tía Simona:


—¡Apúrate, Candidita! ¡Rapidito! ¡No estés tonteando que se hace tarde! ¡Muévete, mi amorcito!


Camino hacia la cocina. Un tirón de las trenzas me hace retroceder y ya tengo el mal aliento de la tía en las narices:


—¿A dónde, mi amorcito?


Doy media vuelta, tropiezo con Lola. Ésta salta aterrorizada y se empina en el pretil de la ventana. Una ráfaga de aire fresco con olor a membrillo entra por la ventana. Me vienen al recuerdo las piernas de mi madre. De pronto, un golpe seco. La tía sale del cuarto, camina a paso veloz y tropieza con el bastón del tío Maclovio, cae, suelta la bolsa; los gatos maúllan y corren despavoridos a esconderse debajo de los muebles. La tía increpa al tío: 


—¡Aparte de zonzo, bruto, Maclovio! ¡Vete de aquí, no estorbes! ¡Cándidaaa, ayúdame! ¿Qué esperas? ¡Ah, claro!, seguro piensas igual que Maclovio, que ya me dio el telele, ¿verdad? ¡Ja, ja, ja!


El olor a membrillo vuelve a apoderarse de mí. Busco las piernas de mi madre y sólo encuentro la sombra del tío Maclovio reflejada en la pared. Volteo hacia la puerta y ahí está, arrastrándose en el piso en busca de su bastón, con la boca abierta y enseñando el diente.


—¡Tíooo!, ¡Mamáaa!— grito y busco refugio. Intento escapar pero… otra vez, un tirón de las trenzas me lo impide.


—¡Ja, ja, ja! Qué dijiste. ¡Pobrecita de ti, Candidita, de aquí no te mueves, mi amorcito! ¡Ahora sabrás lo que es bueno y eres la culpable! ¡Que ni se atreva a regresar Sabina, porque la mato!


Atrapa un gato de las patas y lo estrella contra la pared: el gato retacha y cae sobre mi cama. La tía me mira con los ojos saltones y llenos de odio. Pienso otra vez en las piernas de mamá, en su olor a membrillo; me encomiendo a todos los santos rogando que aparezcan.

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