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Colectivo Cuenteros: Cielito

Foto(s): Cortesía
Redacción

A: mi abuela Praxedis, Yeda y a mi tía Sabina, nana, a quiénes no conocí.


La campana sonó puntual, las cinco de la tarde. Isabel escuchó atenta al maestro que les pedía avisarle a sus padres sobre la junta. Salió del salón a toda prisa. En la calle vio a los niños entierrados jugando canicas junto al viejo lambimbo, pasó junto a otros niños que jugaban trompo y sonrió al observar a uno de ellos hincado, levantando su torna con delicadeza. Al acelerar el paso escuchó a sus espaldas.


—¡Cielito!, ¡Cielito!


Eran dos niñas de su salón quienes corrían para alcanzarla.


—¡Cielito! ¿Nos ayudas a hacer la tarea de aritmética? ¡Anda!, un ratito, vamos a tu casa y después te acompañamos a vender tu pan. Cielito les sonrió, acomodó entre sus brazos sus útiles escolares y les dijo.


—Está bien, las espero el sábado después de la comida. Cielito se alegró al pensar en sus compañías y apuró el paso.


Las amigas comentaron:


—¿Con qué crees que Cielito se pinte los labios? Los tiene muy rojos y bonitos.


—¡No se los pinta! Ya te lo he dicho.


No era la única persona que al mirar a Cielito quedaba fascinada. El lunar que tenía cerca del labio inferior era como el detalle de un pintor embelesado por su obra. Cielito llegó a su casa, dejó sus útiles en la banca que tenían en el fondo de la habitación que hacía las veces de dormitorio, y caminó por donde pasaban sus clientes a comprar pan.


—Hija, ya está lista la canasta grande. Acomoda en la pequeña los demás panes; y vete para que no te agarre la noche.


Tía Praxedis, su madre, la ayudó con las canastas: la grande se la subió a la cabeza encima del yagual y la chica se la acomodó en el brazo izquierdo. La quedó viendo mientras se alejaba. “Mi niña de mi vida –pensó– si no fuera por este trabajo ya hubiera terminado su primaria el año pasado”, se sentó a un lado del horno de pan, pero poco le duró el sentimiento, pues no tardaron en llegar sus clientas por el pan y entre ventas y


pláticas, se le fueron olvidando sus tristezas.


Al cabo de hora y media y después de haber recorrido la mayor parte del pueblo, en las canastas de Cielito no quedaban caprichos, ni cemitas y menos pan de yema batida, pan tostado y regañada. En cuanto llegó a su casa, Cielito le dijo a su mamá sobre la junta y


agregó.


—Si tuviera papá, él iría a la junta, ¿verdad, mamá? Ha de ser bonito tener una familia completa.


Tía Praxedis notó que Cielito no dejaba de mirarla.


—¿Qué pasa, hija?


—Cuando el maestro dijo que nuestros padres fueran a la junta, pensé en mi papá


—Sus ojos rebosaron de lágrimas que secó enseguida.


Tía Praxedis la abrazó y le dijo.


—Tienes y tendrás una familia.


—¿Él quería casarse contigo, mamá?


—Sí, ya sabes la historia, me pidió en matrimonio pero ya tenía un hijo, aún así fue con tus abuelos a pedir mi mano. Ellos lo rechazaron. Luego él me dijo que nos julléramos, pero yo no quise.


—¿Y si vamos a buscarlo?


—¡Ni se te ocurra!, nunca vuelvas siquiera a pensar en eso.


Cielito suspiró profundamente y le dijo.


—Está bien, cuéntame entonces otra vez de cuando se conocieron.


Y tía Praxedis volvió a su historia de siempre:


—En 1947 llegaron al pueblo muchos hombres y máquinas. En las tardes todo el pueblo iba a ver y a escuchar todo aquello, era nuevo para nosotros ver a hombres que montados en esos monstruos movían y tiraban todo. Algunas iban a venderles horchata, enchiladas, queso, tortillas y yo les vendía pan.


Cuando iba a continuar, llegó una clienta y luego otra y Cielito terminó la historia metiéndose en sus recuerdos.


Cielito terminó la primaria y dos años después seguía vendiendo panes y cautivando a propios y extraños. A sus quince años tenía tantos pretendientes como abejas flojas el dulce de los panes, pero ella los ignoraba. Hasta el rico del pueblo salió cholenco después de presentarse a tía Praxedis.


Unos meses después de cumplir quince, Cielito aún no asistía a los bailes, pero el cuatro de agosto de 1963, día del patrón del pueblo, tía Praxedis pensó que su hija ya tenía edad para ir de noche a la feria y al baile. En esos días llegó un joven invitado por el hijo de don Juan, uno de los adinerados del pueblo, quién llegó al mismo tiempo que el papá de Cielito durante la construcción de la carretera. La gente decía que el muchacho


era estudiante y así le pusieron, el Estudiante.


Cuando madre e hija llegaron al baile, las amigas de Cielito la rodearon y la llevaron a sentarse lejos de su madre. Hasta ahí llegó el Estudiante a cautivar a todas; las saludó, detuvo su mirada en los ojos claros de Cielito, hizo una reverencia, sonrió, extendió su


mano y le dijo:


—¿Bailamos?


Cielito sorprendida, extendió su mano derecha, él la tomó suavemente. Caminaron seguidos de todas las miradas incluyendo la de tía Praxedis.


—Mi nombre es Luis Ángel, y me dicen...


—El Estudiante —se apuró a decir Cielito.


—Y tú, ¿cómo te llamas?


—Isabel, y me dicen...


—Cielito —dijo el Estudiante y ambos rieron.


Cielito sentía que flotaba. Era la primera vez que bailaba en público, a dónde viera tenía las miradas de sus amigas, de los muchachos, de las mamás que acompañaban a sus hijas. Poco a poco fue tomando confianza y se sintió segura con el elegante ritmo y divertida plática del Estudiante. Bailaron y rieron como si fueran viejos conocidos. Cuando Iban a iniciar otra tanda, tía Praxedis fue por ella con la intención de arrebatarle al Estudiante a su hija.


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Twitter: @Ccuenteros

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