-¡No papá! ¡Ayúdame, mamita! Dile que no me dé esa medicina.
Así gritaba, mientras mi padre colocaba un pedazo de olote en mi boca para que no la cerrara. Despué, poco a poco se fue deslizando dentro de mí aquel líquido viscoso, simple y sin aroma.
-Es para que te cures-, dijo mi madre, acariciándome la cabeza, al mismo tiempo que me quitaba de la boca el pedazo central de la mazorca de maíz.
Me separé de su abrazo y mis pies corrieron por las calles de mi pueblo, escupiendo, siempre escupiendo. Escupía de día y escupía de noche para borrar el sabor que siempre me acompañaba. Como si fuera un hechizo a manera de pócimas, bebí salsas picantes, comí grandes puños de azúcar y a escondidas, a mis siete años, probé con mezcal para ahuyentar el mal sabor, pero éste nunca más se volvió a ir. Las etapas de mi vida se dividen en dos, antes y después del aceite de Ricino.
Eso me pasó hace 81 años. El aceite se usaba para curar el mal de ojo, empachos, fiebres, diarreas y todos los males presentes o futuros que se pudiera uno imaginar. Me causa horror el recuerdo de mi primer acercamiento con ese asqueroso remedio. Ahora, a mis 88 años, me encuentro enfermo. Encerrado en mi recámara, las medicinas despiden ese aroma a rancio que tanto desprecio. Mi cuerpo lo siente y en forma involuntaria se contraen los músculos que provocan que el vello de mis brazos se erice. Mi lengua percibe el sabor sin sabor del ricino, haciendo que salive para expulsar los recuerdos dolorosos.
¿Que si me arrepiento de algo? ¡Sí!, No debí ser tan duro con mi padre aquel día que llegué borracho a su casa. Abrí la puerta en forma violenta y lanzándole un dardo ardiente de palabras, le dije:
-Me doy asco, pues llenaste mi cuerpo de ese maldito aceite.
El jarro de mi boca se rompió y salió todo lo que tenía guardado, le grité y derramando lágrimas le conté sobre las pesadillas que no me dejaban en paz, le conté que el aceite y el olote en mi boca eran mis compañeros de viaje. Creo que no debí decirle todo lo que le dije, pero no puedo hacer nada porque ya está muerto.
A mis 88 años, lo único que deseo es olvidar la textura pegajosa del ricino. Sí, lo de las pesadillas es cierto. La que más se repite es cuando estoy inmovilizado y veo venir directo a mi boca el pedazo amenazante del olote, para sentir después un líquido denso resbalando por mi garganta. Quiero escupir, pero el asco es tan grande que termino por broncoaspirarme. Entonces, veo que mi cuerpo poco a poco es bañado en ese licor empalagoso hasta que es tragado por una laguna viscosa, simple e incolora, con el olor a miedo del aceite de Ricino. Entonces lanzo un alarido que quiere matar al terror que aprisiona a mi entendimiento.
-¡No papá! ¡Ayúdame, mamita! Dile que no me dé esa medicina.
