"La pandemia es real", afirma el presidente municipal de Santa María El Tule, Gregorio Peralta Vásquez, quien ha vivido el carne propia el contagio y la pérdida de sus seres más queridos.
"Existe esta enfermedad, soy prueba de lo que se sufre con ella; a mí nadie me lo cuenta. Mis padres fallecieron a causa de este virus. Uno puede ser muy incrédulo hasta que lo vive", destacó el Edil de uno de los municipios más turísticos de Valles Centrales.
Por ello, el Presidente Municipal indicó que no se ha bajado la guardia contra la pandemia, aunque eso signifique perder visitantes, reducir las actividades no esenciales y suspender las festividades más representativas.
"Afortunadamente el número de casos no ha aumentado, por ello se ha permitido abrir a algunos negocios, como los restaurantes; sin embargo, en caso que se llegue a presentar un repunte de contagios, sería necesario que volvieran a cerrar", indicó.
Peralta Vásquez señaló que otras medidas que han tomado son el el cierre de los accesos al milenario Árbol de El Tule, así como la Casa de la Cultura, la Unidad Deportiva, el parque y la plaza principal. También se han suspendido las fiestas y los bailes.
Además, el uso del cubrebocas, más que una obligación, es una prioridad para los pobladores, puesto que no ha sido necesario aplicar sanciones para que esto se haya convertido en prácticamente un hábito.
"Hemos estado muy al pendiente que esto se cumpla y puedo asegura que entre un 98 o 99 por ciento se los habitantes de El Tule portan la mascarilla", refirió.
Así es -dijo- como se ha podido controlar un poco la pandemia en el municipio que se ubica aproximadamente a 30 minutos de la capital oaxaqueña.
Aún así, el llamado de las autoridades sigue siendo el mismo: "Los invito a que se cuiden".
Sepulturas con máquinas
Respecto a las víctimas, el Edil señaló que se han establecido protocolos muy seguros para quienes no lograron vencer al SARS-CoV-2.
"No se permite velarlos o que asistan a la Iglesia. Quienes fallecen en el hospital van directamente al panteón, todos van directamente al panteón".
Una vez en el camposanto, la autoridad municipal sólo permite el acceso a cinco personas de la familia y monta guardia en la puerta principal para evitar que alguien más ingrese y se incumplan las restricciones sanitarias.
"Si es posible, les damos acceso con sus vehículos para que desde ahí puedan despedir a sus familiares sin riesgo de contagiarse".
Una vez al interior, con maquinaria se realiza la excavación de la fosa y se rellena.
"Los cuerpos COVID se depositan en la parte de atrás del panteón porque allá es donde puede entrar la maquinaria", explica el Edil.
Al hacer un recorrido por el cementerio, se puede constatar que cuentan con espacio suficiente para dar, en la medida posible, cristiana sepultura a las víctimas de la pandemia.
"Un adiós muy triste"
"Ya los familiares no pueden darle el último puño de tierra, ya no suena el Dios Nunca Muere en el entierro y no se abren los ataúdes", cuenta el maestro de educación primaria Juan Miguel Castillo Pablo, quien además ha participado activamente como policía de usos y costumbres.
Con la experiencia de haber nacido en El Tule, dentro de una familia muy apegada a las costumbres y tradiciones, pero además de dar clases a niños y niñas de su municipio, Castillo Pablo recuerda cómo antes de la pandemia se realizaban los funerales.
Refiere que cuando un habitante fallecía, el cuerpo recorría el municipio.
"Todos los ataúdes se detenían en la última calle del pueblo, la Álvaro Obregón, porque la creencia es que ahí el cuerpo se despide de la comunidad, pero con la pandemia ya no se puede hacer".
Otro de los cambios, es el ingreso al panteón, puesto que al ingresar por la puerta principal, los cuerpos se presentaban ante la cruz para ser recibidos. Ahora, esta tradición se ha suspendido para todos.
"El entierro es inmediato, ya no pueden acompañar al difunto todo el día, hay quienes aún hacen rezos, pero la mayoría prefiere suspenderlos y regresarse a casa".
Antes, afirma, se congregaban hasta más de 700 personas, pero ahora sólo se permiten 15.
Tampoco hay velorios; en cuanto alguien pierde la vida, solo es acompañado por sus familiares. Las personas de pueblo sólo acuden a dar el pésame y a dejar sus ofrendas florales, sin entrar al domicilio.
Ya no llevan "equipaje"
El pesar de mucha familias es no poder cumplir con la tradición de asegurarles a los cuerpos COVID un buen viaje al otro mundo.
"La tradición marca buscar un padrino para juntarle las manos al cadáver como símbolo de despedida y para colocarle las ofrendas que lo acompañen en su camino al más allá", explica Castillo Pablo.
El maestro cuenta que cada difunto lleva en su ataúd bolsas de manta con tortillas para que no se quede sin alimento durante el viaje, así como dinero "para que no se vaya con las manos vacías y como símbolo del producto de su trabajo en vida"; además lleva tres canutos: uno con mezcal como símbolo de alegría, otro de agua por si en su andar se agota y uno más con agua bendita para purificar su alma.
Estos rituales forman parte de la creencia de los pobladores respecto a la muerte, la cual, durante la pandemia ha llegado de sorpresa, haciendo de lado todo tipo se rituales.
"Una mayoría de los que vivimos aquí profesamos la religión católica, por eso una de los preocupaciones es morir sin que se nos despida de esta manera, por ello es que cuidamos, en la medida de nuestras posibilidades, cuidarnos para no contagiarnos".


