SAN ANDRÉS ZAUTLA, Etla, Oaxaca.- Ismael levanta una copita. “Con permiso Chanequito, que vamos a empezar la siembra”. El mezcal dibuja una cruz sobre el terreno. El segundo trago es para él. Se lo echa de un golpe. Después, una oración a San Isidro Labrador para una cosecha abundante. Ahora sí, a iniciar.
Aquella es una práctica común en Oaxaca que conjuga la mitología náhuatl con elementos católicos. Ésta se multiplica a partir del 15 de mayo, con el inicio de la temporada de lluvias.
A lo lejos retumban los cohetes y las campanadas de la iglesia en honor a San Isidro, patrón de los campesinos, a quien se le celebra en el ombligo de mayo.
El camino hacia la casa del señor Élfego, mayordomo de la festividad, es decir, la persona en quien recae el gasto de la celebración, fue marcado por plantas de amaranto y milpas.
A esa hora, la gente comienza a reunirse para hilar rosarios de bugambilias, montar el altar con matas de frijol, mazorcas y milpas bajo una carpa adornada con papel picado y figuras plásticas de caballos y toros que se mueven a fuerza del viento.
En la cocina, los peroles liberan vapor con olor a ajo, cebolla y especies, olor a humo, a leña, a pasta de mole y a pollo hervido. Soledad Bautista dirige la preparación de alimentos para las 200 personas que llegarán a la mesa. “Es un trabajo difícil, cansado, pero lo hacemos con toda devoción”. La mujer ofrece su conocimiento como tequio.
San Andrés Zautla está ubicado en el distrito de Etla, a unos 45 kilómetros de la capital del estado. Actualmente, menos del 50 por ciento de la población aún tiene en el campo su principal fuente de alimento. El resto se dedica al comercio o trabajos de dependencias públicas. Aún así, la celebración a San Isidro Labrador se mantiene viva.
En San Andrés Zautla, cada 15 de mayo celebran a San Isidro Labrador para pedir cosechas abundantes. FOTO: Emilio Morales
“El campo ya no es redituable. Nada más por la bendición de Dios llega a darse; si no se da, pierde el campesino y es mucho trabajo”, señala Élfego. Hace poco tiempo que retornó a Zautla y actualmente utiliza la hidroponía como método de siembra. “Yo lo hago por gusto. Sembré alfalfa, pero no es que sea mi fuerte”.
La mañana avanza. Los visitantes a la casa del mayordomo son recibidos con una taza generosa de champurrado y dos piezas de pan. Al terminar, se suman a la labor de hilar rosarios de bugambilias, los cuales son repartidos al término de la misa vespertina en donde se bendicen a los animales de granja.
El santo de los campesinos
San Isidro Labrador está plasmado de rodillas en el campo, mirando al cielo como implorando con gran fe, pues acorde con la historia del santo español, fue un hombre de gran fervor, que antes de comenzar el trabajo pedía a Dios por la prosperidad de su labranza.
Desde los 10 años comenzó a trabajar para los dueños de una finca; años después se casó con la entonces campesina María Toribio, conocida ahora como Santa María de la Cabeza. De acuerdo con a los relatos sobre San Isidro, éste era acusado de vago porque iniciaba la labranza más tarde que los demás, debido a que pasaba gran parte de la mañana en el templo.
Distribución de trabajadores agrícolas en México
58.7 % del total se concentran en 6 entidades
12.1 % Veracruz
11.9 % Chiapas
11.1 % Puebla
9.1 % Oaxaca
7.4 % Guerrero
7.1 % Michoacán
18.5 pesos promedio ganan por hora laborada
Campesinos de Zautla, en extinción
Ismael tiene 83 años de edad y unos ojos diminutos escondidos entre arrugas. El sombrero de palma le cubre del sol de mayo. Siempre ha sido un hombre chaparrito y, ahora, adelgazado por un rosario de enfermedades detonadas por la edad. “Yo era un barrilito”, dice divertido, moviendo su mano izquierda sobre su abdomen.
El hombre se dice aprendiz de campesino, pues al igual que muchos de los que vivían en la localidad, la pobreza lo hizo abandonar los cultivos por la ciudad.
Antes de iniciar la siembra, don Ismael pide permiso al chaneque (un ser mitológico dueño de las tierras) y hace una oración a San Isidro Labrador para tener una buena cosecha. FOTO: Emilio Morales
Sacude la tierra que dejó en la hoz las raíces de la hierba recién cortada. Luego lanza, debajo del bigote encanecido: “Le voy a contar mis antecedentes”.
Él, era un niño de 10 años cuando salió de Zautla. Por ese entonces, 1945, un grupo de personas llegó de Veracruz a contratar jornaleros agrícolas. “Nos fuímos unas 40 gentes en una camioneta, amontonados como chivos. A mí, en vez de darme un lápiz y un libro, me metieron un machete y una hoz en la mano. Yo fui esclavo de la tienda de raya en Tlacotalpan”.
Su trabajo se prolongó hasta los 22 años. A su regreso a Zautla, amarillento por el paludismo, buscó la manera de aprovechar sus tierras; pero las dificultades del temporal lo llevaron a emigrar hacia la Ciudad de México. Ahí estuvo enrolado en el ejército “porque en ese entonces también aceptaban a los chaparritos”, dice y se carcajea.
Pasaron 30 años y regresó a Zautla a recuperar su vida en los terrenos de cultivo. Actualmente lleva otros 30 de trabajo agrícola, tiempo en el cual le ha tocado vivir las penurias que poco a poco han ido extinguiendo a los campesinos de la localidad.
En Oaxaca, sólo el 30.2 por ciento de la población se dedica a las actividades agrícolas, de acuerdo con datos del INEGI al 2015.
Don Élfego fue el mayordomo de la festividad. FOTO: Emilio Morales
