OCOTLÁN DE MORELOS, Oaxaca.- El silbido de los cohetes anuncia el festejo. "¡Hay guajolote!", se oye decir. Las calles se visten de fiesta entre las faldas de alto vuelo y el sombrero de ala ancha con “tres pedradas”.
Al frente el sahumerio, al hombro la leña para que no falte el calor en el hogar. Pan y chocolate en la canasta. Garrafita de mezcal para brindar. Flores, poleo, veladoras, pinole, tortillas. Es la “llevada del guajolote”, fiesta y tradición centenaria de los pueblos de los Valles Centrales de Oaxaca, con el toque tradicional de Ocotlán de Morelos.
Ubicada a 44 kilómetros de la capital, la localidad, cuna de reconocidos artistas y artesanos, pisará el Auditorio Guelaguetza por séptimo año consecutivo en las festividades de los Lunes del Cerro.
“En julio de 2012 fuimos por primera vez al auditorio. Mucha gente dirá que no es cierto, pero el día que nos presentamos, no hubo uno solo de quienes integramos la delegación, que no llorara. Nos había costado mucho: lágrimas, sinsabores y esfuerzo”, relata Nancy, coordinadora de la delegación ocoteca.
Más de una década de rescate cultural
La recopilación de La Llevada del Guajolote, fue hecha hilvanada a hilvanada con los recuerdos de los pobladores más antiguos de Ocotlán. Los testimonios armaron un rompecabezas en el que se plasma el traje tradicional, la música y los elementos principales de la usanza en el día de boda.
Irene Aguilar, quien con su trabajo como artesana ha dado renombre a Ocotlán en otros países, comenzó la labor a finales de los 90, animada por el ya fallecido Enrique Audifred, actor de teatro, investigador y promotor del arte popular.
“Yo no sabía cómo empezar ni qué hacer para empezar a hacerlo; lo que sí tenía claro es que era necesario preservar las historia”, recuerda la mujer en cuya figura se plasma íntegramente todo el trabajo de investigación desarrollado con esfuerzo y recursos propios, teniendo como única motivación “el dejar un legado”.
El de Zenaida, fue uno de los testimonios clave en el rescate del vestuario. Durante su juventud, la mujer, fallecida a los 106 años, se dedicó a lavar ropa en las haciendas. Relató que los refajos tenían que quedar de un blanco azulado y tan almidonado que se paraban solos.
“Cuando ella llegaba a entregar sus refajos, le tendían un petate para poner los refajos paraditos. Refajo que no se paraba, le era regresado para lavar”, explica Nancy.
Así descubrieron que las mujeres vestían de falda floreada hasta los tobillos, blusa blanca bordada, mascada al frente, rebozo cruzado. Los hombres con calzón y camisa de manta, bolso de tlacuache y sombrero de ala ancha.
Aquella versión coincidía también con una fotografía tomada por el año 1915, en donde se observa una pareja, los suegros de Oralia, una mujer de más de 80 años, quien se casó bajo la tradición de Ocotlán.
Tanto los testimonios como las fotografías fueron presentados para la conformación de un acta constitutiva que garantiza que cada elemento llevado a la Guelaguetza es reflejo fiel de la tradición popular.
La llevada del guajolote, ofrenda y respeto
No se tiene certeza desde qué año comenzó y cómo, la tradicional llevada del guajolote el día de boda; sin embargo, por los relatos de las mujeres que fueron pedidas y dadas con guajolote, se tiene la certeza que data de hace al menos un siglo.
La tradición establece que el día de la boda, la familia del novio sale desde su casa hacia la casa de la novia llevando un par de guajolotes muertos, ataviados con vestimenta de gala. A la guajolota se le cuelgan los aretes y collares que portará la mujer en el enlace. El guajolote lleva amarrado al pico un cigarro.
La manera en que la ofrenda es presentada, es fundamental, pues de ello depende que el enlace se lleve a cabo o no. Cuentan que en una ocasión, la familia del muchacho llevó una guajolota a la cual le habían introducido un molinillo para que se quedara erguida.
“Cuando los familiares de la novia vieron eso, se molestaron mucho. ¿Le consta que ya la usó el novio por eso le metió el molenillo?, le preguntaron y cancelaron la boda”, relató uno de los bailarines de la delegación de Ocotlán.
En el caso de los panes o tortillas, también tenían que ser en la cantidad establecida, porque de lo contrario era tomado como ofensa. “Si hacía falta alguno, lo consideraban como que el novio no estaba dando el valor a la novia. Muchas son las anécdotas”, agrega.
De grupo folclórico a delegación de Ocotlán
Fue en 1990 cuando Irene fundó el grupo folclórico con el objetivo de presentarse en calendas y algunas fiestas patronales.
“Nunca nos imaginamos llegar al Fortín, porque nosotros nacimos para una calenda. Al paso del tiempo, alguien nos dijo que necesitábamos presentar nuestra tradición”.
El camino fue un largo trecho de más de una década. “Ahora no queremo bajar la guardia, queremos estar presentes cada año, no nos confiamos. Tratamos siempre de hacerlo mejor”, señala Nancy.
