Un sol de vapor se desploma sobre las eleonoras, claveles, argentinas y rosas posadas sobre el mármol de las lápidas. Arañando el barullo de la verbena, una guitarra y un acordeón dialogan frente al luto y el recuerdo de una tumba enarcada con fecha y nombre. Las veladoras apenas escupen una diminuta flama que ondea con el ligero aliento de la segunda semana de noviembre en la fiesta del Ex Marquesado, durante el primer lunes de panteón.
La tradición envuelve noviembre y la festividad en honor a los fieles difuntos. Durante los siguientes lunes posteriores al 1 y 2 del mes de muertos, los panteones reviven en fiesta. El primer día corresponde al Ex Marquesado, el siguiente a San Martín Mexicápam, luego a San Juan Chapultepec y por último al Barrio de Xochimilco.
Desgranan las primeras horas del día. Las flores en la verbena dibujan un invernadero sobre plena avenida. La ciudad se despereza enfundada en su traje de fiesta.
Desenterrando recuerdos
Bajo los parasoles, las vendedoras ofrecen sus ramitos de 15 pesos el cempasúchil y de 30 las rosas, de 50 pesos las eleonoras y de 40 las argentinas. Los devotos a sus difuntos no reparan en las compras “pues el amor hacia nuestros seres queridos no se mide en pesos”, afirma Adela, cuya edad lleva grabada en los surcos de su adelgazada piel y en el andar pausado con el que sube las escaleras hasta cruzar las puertas de hierro forjado del panteón construido en 1949, el tercero de la ciudad.
El cementerio se abre entre el multicolor y el perfume del luto y la fiesta de las flores, entre las luces de las veladoras que destellan débiles en los nichos, apenadas frente a la luz del sol.
El paso de las escobas en la limpieza de las tumbas levanta como bruma pequeñas polvaderas que envuelven a los visitantes en una imagen espectral colocando flores, pintando nichos y desenterrando recuerdos.
La claridad de la mañana se filtra por las ramas de los árboles y cae a plomo en los ángeles y cruces blancas que coronan los sepulcros. Frente a éstos, los deudos se afanan en dar vida a ese pequeño espacio en donde quizá lo único que descanse sea un jirón del pasado, una imagen congelada en el tiempo o una anécdota.
Música para el alma
Sobre las lápidas de mármol y las tumbas encementadas se derrama tibio el siseo de una guitarra y un acordeón. Dos hombres caminan bajo la sombra del sombrero de ala ancha que cubre sus cabellos engomados y con su torso ceñido a un chaleco norteño.
-¿Unas mañanitas?¿Ángel Mío?¿Un puño de tierra?- ofrecen con esa voz queda de la solemnidad y el respeto que sólo inspira el duelo.
-No gracias, ahorita estamos cortos de dinero- explica la mujer frente al sepulcro de su esposo.
Los pasos de Oscar y Adán están acostumbrados a los días regateados de trabajo. Pero la mañana es joven, el sol de vapor aún cae como cobre líquido entre las tumbas que los hombres esquivan aquí y allá a falta de espacios.
-¿No se contagian de tristeza cuando cantan para la gente en el panteón?
-¡Cómo no! Claro, somos seres humanos. Aquí hay muchos sentimientos, lo mismo se ponen tristes como se ríen. Hace un rato cantamos “Moneda sin valor” en donde estaba el difunto y una señora se puso a llorar. A veces se contagia, como ser humano también lo sentimos- expresa Oscar, mientras empuña una vieja guitarra de madera que sólo dialoga al oír las notas del acordeón de Adán.
-¡Antes de irnos le cantamos un poquito! ¿lo puede grabar?- expresa Adán y las notas avanzan como en un río desbordado buscando cada recoveco del camposanto. Ronca y arrastrada, la voz entona “Te vas ángel mío... ya vas a partir… dejando mi alma herida y un corazón a sufrir...” La canción concluye. Los instrumentos bajan la guardia y los hombres siguen su paso con la necesidad pisoteando sus talones.
Historias de añoranza
-Antes de morir, mi madre siempre decía: ¡Ay mi'ja, esta es la casa del olvido, porque sólo se acuerdan de uno cuando es día de muertos. Tú, aunque sea ven a echarme agua. Y eso es lo que hago siempre- recuerda Patricia mientras realiza labores de limpieza en la tumba donde se encuentran los restos de su madre y el recuerdo de sus abuelos, quienes fallecieron muchos años atrás.
-¿Aún se les extraña?
-Sí, aún. El tiempo pasa, pero su recuerdo no se va, aquí se queda.
Junto a la tumba de su madre y abuelos están también la de su tío y dos de sus primas, quienes murieron cuando aún era posible contar su edad con los dedos de sus manos. Concepción Benítez, madre de las fallecidas en la infancia, coloca las imágenes de sus seres queridos en la tumba.
-Ella tenía dos añitos cuando me la mataron en el Seguro Social, le pusieron una vacuna que era para un viejito y mi nena murió como a los cinco minutos de eso. Mi otra hija tenía nueve años, así como está en esa foto- señala con la mirada hacia la cruz de herrería que sostiene un cuadro grande con el rostro en blanco y negro de una niña de sonrisa amplia y mirada alegre-; a ella me la atropellaron.
Hace tres años falleció el esposo; cuando escarbaron en la tumba de sus hijas para enterrar ahora al padre, ya no encontraron rastro alguno que diera cuenta de aquellas niñas. Aún así, el corazón de Concepción está enraizado sobre el montículo de tierra enmarcada en azulejo que apenas ocupa el metro de ancho.
Más allá, escondida entre las mil 200 tumbas del camposanto del Ex Marquesado, una familia descansa resguardada bajo un manto rojo sobre la tumba de su hijo. La llama de la veladora lengüetea frente a la imagen de Julio César, a quien la muerte dejó congelado su rostro en la eterna juventud de sus 34 años.
-Hace ocho años que mi hijo falleció y aquí vamos a pasar todo el día hasta que el panteón cierre. Al rato ya llega la familia, platicamos, nos echamos dos tres copitas para convivir con nuestro difunto.
-¿Al difunto se le olvida?
-No, nunca; siempre rezamos por él, le venimos a festejar su cumpleaños, le cantamos sus mañanitas. No sé más adelante que ya no estemos, porque los jóvenes ya no sienten el mismo respeto por sus difuntos como nosotros- expresa el padre de Julio César.
Una enjuta figura hace recorrido por todo el panteón. “Un rezo o agua bendita”, ofrece con su voz ahogada como en un apretón de nariz. Característico por su andar en la ciudad pidiendo “una ayudadita”, el rezador es ignorado por la mayoría en el panteón, quienes continúan con su vela a plena luz del día y sus añoranzas frente a montoncitos de tierra.
