El señor Godoy despertó muy temprano aquella mañana de domingo. Se bañó, se afeitó y se vistió como para asistir a una cita. Al terminar, bajó al estudio y se encerró dentro. Cargó la cafetera y la puso a funcionar al tiempo que encendió el primer cigarrillo. Antes de beber el café, abrió un paquete de galletas glaseadas que acomodó en un platito de talavera poblana.
En un tiesto acomodó bolígrafos, pluma fuente, lápices de colores y de grafito, goma de borrar, plumones de fieltro, pequeñas cuchillas, sacapuntas, una pequeña regla metálica, tintero y portaminas.
Cada mañana del domingo, de ocho a nueve, el señor Godoy trata de olvidar todo lo concerniente a los lucrativos negocios que le ocupan durante la semana e intenta darle salida a sus inquietudes literarias. Su esposa sabe que durante esa hora tiene terminantemente prohibido molestarlo. Es un tiempo religiosamente reservado a su obra, ha sido así durante los últimos tres años. El empresario sabe que no saldrá del estudio sin escribir un cuento peregrino.
La espera lo impacienta. Ha pasado media hora y no ha escrito una línea. Come una galleta. Acomoda libros. Saca punta a cada uno de los lápices del tiesto. Fuma mientras limpia el busto de Bukowsky que adorna su escritorio de cedro. Se asoma al jardín y mira a don Isidro sembrando el rosal que su esposa compró el viernes.
Ensaya un par de líneas que no le convencen y terminan en su papelera de aluminio. Abre la puerta y la ventana, pero de la pequeña musa, ni sus luces. En esta ocasión no ha podido escribir nada que valga la pena y se pregunta, como siempre, si alguna vez ha logrado hacerlo.
De repente, la musa irrumpe en el estudio como un vendaval. Él se alegra de reconocerla porque sabe que su paso es fugaz y que hay que estar listo para ella como un cazador que atrapa aves al vuelo. Sin preámbulos se sientan frente a frente en el escritorio. Toma la Mont Blanc, la de las buenas ideas, y comienza a escribir sobre su Moleskin ejecutiva: El señor Godoy despertó muy temprano aquella mañana de domingo”…
