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El Callejón del Muerto: la última confesión

Foto(s): Cortesía
Luis Ignacio Velásquez

En tiempos de la Colonia, el barrio de Santo Tomás Xochimilco, donde se asentaron los artesanos textiles con la creación de la ciudad de Antequera allá por 1521, se unía a la capital del estado por amplias calles e innumerables callejones de piedra aprisionada con tierra.


Sin alumbrado público ni domiciliario, las calles por las tardes-noches eran vigiladas por los llamados serenos, vecinos de los barrios que recorrían solitarias callejuelas portando faroles y anunciando a gritos la hora que corría. “¡Las doce y serenooooooooo¡”


Cuando la tarde se vestía de gris oscuro, las familias de la ciudad y los barrios se refugiaban en la seguridad de sus casas, por miedo a los maleantes que solían aprovechar la completa oscuridad para cometer sus tropelías o los borrachos que sorprendidos en la farra regresaban a sus hogares trastabillando y buscando bulla a quien le pasara enfrente.


A medio camino del centro de la ciudad y el barrio de los tejedores, se localizaba la imponente iglesia y convento dedicado a la Virgen de la Soledad, construidos en 1682. Un templo achaparrado de estilo barroco, donde la feligresía acudía por las tardes para rezar el rosario.


 




El callejón del muerto conserva aún el misterio y enigma que le dan fama al lugar.

 


Tétrico callejón


El callejón que une actualmente las calles de José María Morelos y Mariano Matamoros, denominado hoy de El Calvario, fue escenario de un hecho espeluznante que quedó grabado para siempre en el recuerdo de los habitantes de la Verde Antequera.


Los hechos -recuperados por la memoria colectiva- precisan que en ese largo, angosto y desolado trecho, la muerte le confirió permiso a un sereno para rendir cuentas a Dios y descansar en paz para toda la eternidad.


Ese día infausto, la tarde cubría con su lóbrego manto el barrio de Xochimilco, el extenso río Atoyac y la capital del estado, cuando los serenos se apresuraron a cumplir con su labor. Como de costumbre prepararon sus faroles, se santiguaron y cada uno tomó el camino que le había sido asignado por la autoridad.


El tiempo era frío, un aire helado bajaba de las alturas del cerro de El Fortín para descender, a veces de manera violenta, hasta la ciudad. Arrebujados en sus gabanes y calados bien los sombreros, los vigilantes iniciaron la jornada, sin imaginar que ésa sería la más larga de su vida.


El hombre, a quien correspondió la guarda del camino que descendía desde el barrio a la capital, avanzó entre la noche cada vez más oscura en el laberinto de callejones, como otros tantos días. Sin embargo, le extrañó en esta ocasión el silencio sepulcral que flotaba y hacía más frío el ambiente.


Por primera vez desde que desempeñaba el cargo, no escuchó los ladridos de los perros, ni se topó en su recorrido con trasnochador alguno. El callejón era un largo túnel, que serpenteaba como una culebra, que apenas recibía alguna luz, cuando la luna se escapaba de los nubarrones negros que jugaban a atraparla.


 




En el callejón, el tiempo parece detenerse y regresar al pasado

 


Encuentro con la muerte


Algunos vecinos de ese tiempo recordaron después de los hechos, haber escuchado su grito: “¡La una y serenooooooooo!”


Después, el profundo silencio de la noche se rompió con un grito más profundo, angustioso y desgarrador. “¡Ayyyyyyy, ayyyyy, ayyyyyy!”, que despertó hasta a los que se encontraban profundamente dormidos y desató el sollozo de los niños.


El lamento movilizó de inmediato a sus compañeros y autoridades, quienes emprendieron el camino hacia el lugar de donde había surgido tan desgarrador grito. Acompañados de aullidos largos y temerosos de los perros, que anunciaban la presencia de la muerte.


Mientras tanto, no lejos de ahí, un hombre tocaba a las puertas del curato del templo de la Soledad para solicitar la presencia del sacerdote.


-Padre, tiene que venir, un hombre agoniza y solicita confesión.


-¿Dónde?


-Aquí cerca, en el callejón.


-¿Qué le pasó?


-Lo apuñalaron por la espalda, es urgente, venga.


Aun adormilado, el sacerdote ingresó al inmueble, sólo para volver unos minutos después con su estola y rosario para encaminar sus pasos sobre la callejuela oscura, en compañía del hombre que ahora guardaba un profundo silencio.


Con prisa, los dos se adentraron en el lóbrego callejón hasta medio divisar un bulto tirado en la oscuridad. El sacerdote se inclinó y trató de levantar la cabeza del herido, pero apenas tocó el cuerpo, sus manos se llenaron de la viscosa sensación de la sangre.


 


 




El sereno necesitado de confesión, acudió en agonía a solicitar la ayuda del cura de la iglesia de la Soledad.

 


La última confesión


Con la preocupación de auxiliar al hombre en agonía, el sacerdote se olvidó por completo de su acompañante y dedicó su atención al hombre caído, al que preguntó si era su deseo, en ese angustioso trance, rendir su confesión.


-Sí, padre-- respondió balbuceante el herido.


-Ave María Purísima…


Fue necesario que el sacerdote se inclinara hasta pegar casi su oreja a la boca del moribundo para escuchar la confesión de sus pecados, mientras su ropa se empapaba de un líquido glutinoso del cual no podía observar el color.


Entrecortada por los ayes de dolor y la respiración entrecortada, que cada vez se hacía más difícil, la confesión fue larga y angustiante. Pero apenas concluyó, el sereno exhaló el último aliento y murió.


Sólo entonces el sacerdote se dio cuenta que se encontraba solo con el muerto en el callejón y que su acompañante se había marchado. Intentó en vano encontrarlo en las sombras, pero ni un alma se veía en el sinuoso callejón.


De pronto, en el fondo de la oscura callejuela le pareció ver un destello que fue creciendo poco a poco. Eran los otros serenos que corrían presurosos al auxilio de su compañero.


Cuando por fin llegaron donde el sacerdote y el muerto se encontraban, al iluminar la cara de su compañero con las farolas, el cura no podía creer lo que vio. “¡No puede ser, no puede ser! ¡Es él, es él!”


-¿Quién padre?- preguntaron todos, extrañados.


-¡Es él! El que me fue a ver a la iglesia para pedirme que socorriera al herido con la confesión. ¡Es él! ¡El muerto, el muerto!


 




Una característica del barrio son las cruces de lámina que los habitantes colocan en sus domicilios.

 


Cura confiesa a un muerto


La leyenda cuenta que desde ese día, el sacerdote solía hablar largamente a solas, por haber escuchado la confesión de un muerto, y que poco a poco fue perdiendo el oído derecho, que fue el que acercó a la boca del moribundo para darle a conocer sus pecados.


Taciturno, silente, vagaba por el convento, arrastrando su pasos como un alma en pena.


Dicen que a pesar de haber absuelto de sus pecados al sereno y aplicarle la extrema unción, no podía olvidar la confesión del muerto, ni la gracia otorgada por la muerte para que un sacerdote lo auxiliara espiritualmente en su partida.


Desde entonces, a esa angosta calleja, que con el paso del tiempo fue empedrada, se le conoce como el Callejón del Muerto, y hay quienes juran que en las noches oscuras a veces suelen escuchar el largo anuncio del sereno: “¡La una y serenoooooooooooo!”


Así como su angustioso gemido: “¡Ayyyyyyy, ayyyyy, ayyyyyy!”


Los serenos


Eran vecinos de los barrios, encargados nocturnos de vigilar las calles.


Ubicación


El Callejón del Muerto es un camino sinuoso empedrado que comunica las calles de José María Morelos y Mariano Matamoros.


La leyenda


El escritor oaxaqueño José María Bradomín, en su libro: Tradiciones y Leyendas de Oaxaca, recoge esta leyenda sobre el callejón.

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