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Burocracia condena a Socorro al sufrimiento

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

El día se recrudeció para Socorro. Desconectó de la parrilla el tanque de gas y como pudo lo llevó a una casa de empeño cercana al mercado de abasto. Recibió 250 pesos con los que planetaba sobrevivir al menos una semana con la esperanza anclada en ser reinscrita al programa de asistencia social, Prospera. Llevaba ya ocho meses en trámites.


“El 6 de noviembre se vence mi plazo para sacar mi tanque. Me confié, pensé que ahora sí ya estaría en Prospera y con eso pensaba desempeñarlo para tener mi tanque otra vez, pero no va a ser así”, lamenta.


Socorro Arellanes vive en pobreza patrimonial y alimentaria. Habita en un cuarto de lámina y madera empotrado en los cinturones de pobreza de la capital en la segunda sección del Ejido Guadalupe Victoria.



En diciembre de 2017, después de que su condición de pobreza urbana fue expuesto por NOTICIAS Voz e Imagen de Oaxaca, recibió la llamada del personal de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), ofreciendo la inscripción al programa de asistencia social de manera “inmediata”.


Sin embargo, hasta el 5 de marzo de 2018 fue iniciado formalmente el trámite. En mayo, al acudir a las oficinas de Prospera para dar seguimiento, le indicaron que su caso sería congelado por la veda electoral y que se retomaría pasando las elecciones.


Llegada la fecha indicada, de nueva cuenta acudió a preguntar. El 3 de agosto personal de Sedesol acudió a la casa de Socorro para realizar una encuesta y verificar las condiciones de su vivienda.



La información, según explicó el promotor, sería enviada a la coordinación nacional de Sedesol, y el resultado, emitido en un lapso de cuatro a seis meses.


Socorro es madre soltera. Tiene una hija de siete años y otro de tres. La mujer cumplirá 43 años el 9 de octubre pero en ella la pobreza le arrancó otros diez. Sus cabellos comienzan a teñirse de blanco y su piel a retorcerse en pequeños pliegues.


A su analfabetismo se suma la discapacidad para caminar y mover su brazo derecho, adquirida de niña, tras una embolia.



Para sostener su hogar se dedica a la venta de tostadas, actividad por la cual gana 50 pesos. Invierte 40 y se queda con sólo 10 para cubrir sus necesidades.


En casa, Socorro sólo tiene una cama, un sillón roído, cajas viejas de refresco como asientos de la mesa que es un tablón. Hace poco que le regalaron una televisión análoga que apenas sintoniza algunos canales.


En la parte exterior de su vivienda adaptó un espacio para la cocina. Luego de empeñar el tanque de gas colocó una parrilla sobre un tambo metálico. Adentro se observan restos de cenizas de leña, cartón, acerrín, cualquier cosa que sirva para mantener encendido el fuego.



Cada cambio de estación en el año es un reto que hay que enfrentar desde la precariedad, pues con las lluvias asemeja una regadera con las goteras en el techo y paredes. En invierno el lugar es un congelador y en primavera un horno insoportable.


Otro derecho negado a Socorro y sus hijos es el acceso a la salud. Las enfermedades las transcurren con remedios caseros hasta donde resista el cuerpo. Así lo pasó a mediados de septiembre con dolor intenso de huesos y cabeza. “Sentía que me iba a quebrar”, explica.


Alguien le sugirió que podría ser dengue, pero entre la pobreza y marginación, asistir al médico le resultaba difícil. Al menos tres días de esa semana Socorro no trabajó.

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