La presentación del Programa Nacional de Pueblos Indígenas que el presidente de la República Andrés Manuel López Obrador llevó a cabo en el Centro Cultural y de Convenciones fue apoteósica. La gente se le entregó, como solo se recuerda que lo hacía con Lázaro Cárdenas de Río, allá por la década de los treinta.
Los gritos de “¡Es un honor estar con Obrador, es un honor estar con Obrador!” coreados por más de 4 mil personas, hizo temblar las columnas de acero del techo vidriado del moderno edificio ubicado en el municipio de Santa Lucía del Camino.
A las 13:35 horas, cuando la comitiva presidencial llegó al inmueble, los espacios estaban colmados de autoridades municipales, representantes comunales, habitantes de los pueblos originarios de la entidad y hasta políticos de todos los colores. Entonces una palabra resonó con exultación: “¡Presidente, Presidente, Presidente!”.
En el templete, acompañado del gobernador Alejandro Murat Hinojosa, de los senadores, Susana Harp y Salomón Jara Cruz; el obispo emérito de Tehuantepec, Arturo Lona Reyes; la secretaria de Bienestar, María Luisa Albores González; el director del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, Adelfo Regino Montes; el secretario de comunicaciones y transportes, Javier Jiménez Espriú; el investigador, Salomón Nahmad; la delegada del programa Bienestar, Nancy Ortíz Cabrera, entre otros, el presidente constitucional volvió a ser el centro de atención de los presentes. “¡Sí se pudo, sí se pudo, sí se pudo!”.
Aunque ahí también se dieron las primeras muestras de desaprobación a los acompañantes. Silbidos y gritos al senador Raúl Bolaños Cacho Cué, -que no asistió pero la silbatina escapó en cuanto se pronunció su nombre-; así como del también integrante de la Cámara Alta, Salomón Jara Cruz; lo que no ocurrió con su compañera de bancada Susana Harp Iturribarría.
La animadversión persiguió a Jara Cruz, en cada mención a su presencia. Mientras, López Obrador era celebrado por cualquier motivo.
Durante los más de 40 minutos que el presidente explicó a los asistentes el Programa Nacional de Pueblos Indígenas, las variantes de los programas sociales en las comunidades originarias, los apoyos presupuestales a las autoridades municipales, los recursos etiquetados en el Presupuesto de Egresos Federal 2019 para la terminación de las súper carreteras al Istmo y la Costa, la rehabilitación de la refinería Antonio Dovalí Jaime, la recuperación del tren del Istmo de Tehuantepec, la ampliación del puerto de Salina Cruz, el apoyo a los damnificados por los sismos y demás, constantemente los aplausos y arengas detenían su discurso.
Incluso, cuando manifestó que el gobernador Murat Hinojosa apoya a su gobierno en el rescate de los servicios de salud de la entidad, como otras entidades del país. “Quiero decirlo aquí aunque no les guste, además respeto mucho la disidencia, el derecho a disentir; quiero decirles que para este programa y para otros, estoy contando con el apoyo del gobernador de Oaxaca”.
“¿Qué pensaban, que no lo iba yo a decir; yo siempre digo lo que pienso, mi pecho no es bodega; ¿y saben qué? respeto la discrepancia, ¿saben dónde hay un pensamiento único y puro aplaudidor: ¡en las dictaduras! ¡En las democracias debe de haber plu-ra-li-dad!, ¡Somos libres!”.
Pero fue al término del acto formal cuando la efusividad se desbordó. Las autoridades municipales ofrendaron sus bastones de mando al visitante, mientras hombres y mujeres se disputaban al presidente para tomarse una fotografìa, entregarle un obsequio, plantearle un problema.
Tal es el apreció por el presidente López Obrador, que una vez concluido el acto, decenas de personas esperaron en el estacionamiento del Centro de Convenciones para tomarse una foto, abrazarlo, tomarle la mano, hacerle una petición, sin importarles poner en peligro su persona por el deseo de verlo, de tocarlo.
-“¡Yo voté por usted, ahora quiero que me escuche, somos del SAT, somo SAT!” Grita una mujer emperifollada que se plantó frente a la camioneta blanca que avanza trabajosamente por la Avenida Lázaro Cárdenas.
Una mujer y un hombre, ayudantes de la logística, intentan hacerla a un lado para que pasara la unidad, pero era imposible. “¡No me toques, no me toques!”, “¡No me grites, no me grites!” manifiesta al tiempo que de todas formas intenta acercarse a la puerta del copiloto del vehículo.
Solo cuando observó la cantidad de hombres y mujeres que se disputan el pequeño espacio en movimiento, que colgaban materialmente de la ventanilla del vehículo, la sensatez le hizo subirse a la banqueta.
En tanto otros, seguían en el intento de acercarse al presidente.
