Amigo Andrés, Andrés Manuel, al fin llegó el momento que temía, el de la despedida, pero antes de que finalice este capítulo de la historia de México compartiré contigo lo que pienso.
Debes saber que antes de ti y desde que recuerdo, cada que iniciaba un sexenio siempre me decía: no espero que el país mejore, espero que no empeore. Y nunca se cumplía ese deseo porque con los gobiernos priistas y panistas las mexicanas y mexicanos sólo sabíamos caer hacia el endeudamiento, la devaluación del peso, la violencia, el crimen organizado, la inseguridad, la pobreza, la inflación y la marginación. Eso cambió. Problemas siempre habrá, pero ahora vemos un camino para salir de ellos.
Andrés Manuel, ¿recuerdas cuando llegaste a Palacio Nacional en 2018? Los conservadores auguraban que el país se caería a pedazos afirmando que eras comunista y que tenías tratos con Rusia. Y nada de eso ocurrió.
Pasaron seis años
Han pasado seis años; el tiempo se fue volando, pero las obras no, sólo los aviones del AIFA: esos sí que vuelan para amargura de tus adversarios, además de la aeronave presidencial que nunca usaste por ser un monumento al despilfarro.
En este tiempo sucedieron muchas cosas. No haré una lista de los proyectos de tu administración porque eso da para varias cuartillas y no quiero repetir lo que todos saben. Sólo diré que cumpliste con creces.
En dicho lapso, conocidos pseudoperiodistas, medios de manipulación de la derecha e intelectuales maiceados organizaron campañas de odio en tu contra y publicaron cientos de mentiras intentando mancharte: tampoco les funcionó.
Supuesto dictador y tirano
¿Te acordarás que, a falta de otros términos ignominiosos, te han llamado tirano y dictador, a ti que te elegimos presidente por ser sencillo? Un tirano y un dictador son personajes ambiciosos, ejemplos de represión y violencia que concentran el poder pasando encima de otros para llenar sus arcas, pero a ti no te hallaron un solo peso mal habido. Y eso que buscaron motivos hasta debajo de las piedras.
El tirano y el dictador pactan con las cúpulas empresariales y los gobiernos extranjeros para, a cambio de entregarles los recursos del país en turno, hacerse de dádivas. Les gusta el camino fácil y en el fondo odian a su nación.
Te llaman tirano y que usurpas el poder, pero ganaste la presidencia en las urnas y por un margen amplio.
Te llaman dictador y que sometiste a las instituciones, pero eso lo dicen quienes se burlaban de la ley, quienes no pagaban impuestos, quienes sobornaban a las autoridades y los mismos jueces que tenían salarios desmedidos y emitían sentencias oprobiosas.
Te llaman dictador, pero dejas el poder al terminar el sexenio. Un dictador no deja ni cede el poder; se lo arrebatan. En cambio, tú desocupas Palacio Nacional sin agregar un sólo día a tu mandato.
Los conservadores se metieron con tus hijos y hasta con tu casa de Palenque que es una herencia, una propiedad pequeña, nada ostentosa. Las ocasiones que utilizaste un avión, viajabas en clase turista, o por carretera, la mayoría de las veces. Vestías guayaberas y comías tamales de chipilín y caldo de gallina; hablabas con la gente, con el campesino y el obrero. Y te reías de los poderosos, y reímos juntos de todos ellos que nunca pudieron doblegarte. Hablo en plural porque eso hicimos. Es por eso que la victoria pertenece al pueblo.
Usaron cuantos apodos había para humillarte: no lo lograron. Vicente Fox te llamó despectivamente “López”, creyendo que eso te restaría méritos; otros te decían Peje y hacían mofa de tu acento tabasqueño. Pero la gente se encargó de defenderte y de darle vuelta al apelativo hasta hacerlo una marca personal: un símbolo. Tu imagen se popularizó y pronto vimos amlitos, además de tazas, souvenirs y camisetas de “me canso ganso”, que hablaban de la simpatía de la gente hacia ti. Con ningún otro presidente pasó tal cosa.
Nunca te hallaron cuentas bancarias en Suiza o en otro paraíso fiscal: tampoco empresas. En cambio, te bajaste el sueldo para ser coherente con una presidencia austera. No te hiciste rico ni eres socio de ninguna trasnacional. Nada te incrimina.
Hace poco, durante la ceremonia del Grito de Independencia y luego en el Desfile Militar del 16 de septiembre, la gente se volcó en las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México y orgullosos gritaron: ¡Viva México! Porque nos devolviste el orgullo. Es cierto, el país está polarizado entre el pueblo y los fifís (y los que se creen fifís), pero eso no es culpa tuya porque sólo exhibiste la grosera realidad de la brecha de clases y el elitismo en esta nación, para resolverlos con acciones. Eso no lo soportan.
Tu cabello blanco contradecía a tu vigor. Durante seis años saliste a dar la cara en las conferencias mañaneras permaneciendo de pie por más de tres horas diarias, explicando tu proyecto de nación, porque de eso se trataba; a veces, enfermo, pero con muchos sueños, los tuyos y los de otros. Trabajabas incluso los fines de semana. ¿Qué presidente hizo una cosa parecida?
Descalificaciones sin sentido
Descalificaban tu sentido del humor, tus anécdotas, tus zapatos y hasta tus programas sociales, inéditos en la historia mexicana. Condenaban tu origen humilde. Hubo gente que se te fue encima, a traición, y resististe como un árbol, como los pochotes de tu finca en Chiapas. Lo cierto es que desde un principio fuiste incansable, así eres, así has sido.
La ciudadanía te conoce bien porque has caminado con ellos y porque les cambiaste la vida. México era otro cuando llegaste y sé que muchos lo agradecemos y quisiéramos retenerte, pero hiciste lo prometido y te has ganado el derecho a descansar. Ve, Andrés Manuel. Gracias por reencauzar este país tan sufrido. Ve en paz confiado en tu trabajo honrado. Siempre te recordaremos como el amigo que sirvió a la nación. Hasta pronto y buena suerte, que hay otros y otras que se quedan a continuar lo que has plantado.
