En el municipio de Santa Cruz Xoxocotlán, los habitantes más viejos aún recuerdan la historia de Bartolano y la riqueza que acumuló de manera tan misteriosa, como fue en toda su vida.
Hoy, Xoxocotlán es un municipio conurbado a la capital del estado, pero cuando sucedieron los hechos que relatan los ancianos, era un pueblo de campesinos, sin energía eléctrica, carretera o cualquier otro servicio urbano, en el que los habitantes viajaban en caballo o mulas a la ciudad de Oaxaca.
En este lugar de cerros achaparrados, grandes extensiones de sembradíos y numerosos mogotes -pequeñas colinas que según la creencia popular pertenecen a un ser maligno-, huajes, huizaches y guamúchiles, vivió y murió Bartolano, quién según la leyenda, "hizo pacto con el diablo".
Propuesta maldita
La tradición oral señala que Bartolano nació pobre y llevaba una vida difícil para poder alimentar a su prole. Sin embargo, una tarde-noche, cuando regresaba de la labor por el rumbo del paraje El Ranchito, se encontró con un catrín que portaba un hermoso traje de charro de terciopelo oscuro, ribeteado de oro, espuelas de plata, montado sobre un brioso caballo negro.
En el desolado lugar, el charro descendió del animal y enfrentó a Barlolano, que temeroso por alguna agresión, se mantenía petrificado.
-Llevas una vida triste, Bartolano, pero porque quieres; yo te puedo ayudar.
-¿Cómo?, ¿Por qué? Soy muy pobre y no tengo con qué pagarle. Ni trabajando toda mi vida como burro podría pagar uno solo de los botones de oro de su traje.
-Pero si dinero yo tengo. No, no quiero ni tu trabajo, ni dinero.
-¿Entonces?
-Es muy simple; yo puedo darte todo el dinero que ni siquiera has imaginado, para que ya no sufran tus hijos y toda tu familia. Todo lo que quieras, sin mayor esfuerzo. Sólo te pido una cosa, no mucho, pero algo debo recibir a cambio.
Entonces tomó del brazo a Bartolano y lo condujo hasta un mogote donde le mostró tierras, dinero, joyas, enseres de labranza, ganado y muchas otros bienes que le ofreció a cambio de una sola cosa: su alma.
La primera intención de Bartolano fue huir del lugar, pero la miseria y sufrimiento de su familia le hicieron aceptar el contrato.
“Todo lo que quieras será tuyo, pero cuando se cumpla el plazo vendré por ti, que no te quede la menor duda”, señaló el catrín, antes de perderse en la inmensidad de la noche.
Riqueza repentina
Desde ese día, Bartolano ya no sufrió más penurias. Por el contrario, adquirió una enorme hacienda, contrató muchos peones, adquirió ganado vacuno, porcino y caprino; compró grandes extensiones de tierras y su riqueza crecía día a día.
Sin embargo, a medida que adquiría más y más dinero, el hombre sencillo se fue transformando. Se tornó arrogante, avaro, cruel, inhumano, hasta con su propia familia.
Un día, su esposa le servía el desayuno y accidentalmente derramó la taza de leche; colérico, Bartolano reprendió a su mujer y el conflicto terminó con la separación del matrimonio. Su mujer y sus hijos se marcharon de la hacienda, dejando a Bartolano solo, con un único compañero: un enorme gato negro.
La riqueza parecía enloquecer al antiguo campesino. Explotaba a sus trabajadores hasta la extenuación, nunca olvidaba una deuda, no perdonaba algún descuido. Y a pesar de ello, la milpa no abundaba, el ganado estaba flaco, si lo vendía se moría. Tenía mucha riqueza, pero sólo para su exhibición.
En el pueblo, como en la hacienda, la gente le temía. Lo evitaban de todas formas. Le tenían pavor, pues en sus arranques de ira era capaz de cualquier cosa: castigar a un peón con el fuete hasta dejarlo moribundo por cualquier nimiedad o echar su caballo a las mujeres y niños.
Por las tardes, cuando el sol se ocultaba en el horizonte, muchas veces lo vieron montar su caballo para acudir al mogote en busca de su patrón. El caballo se encabritaba en el mogote, pero él mantenía las riendas con fuerza y gritaba a su patrón. Pero el pacto ya estaba hecho y no había forma de deshacerlo.
Extraña desaparición
Sin poder disfrutar de la enorme riqueza entregada, Bartolano enfermó y murió.
El día de su muerte, su familia y trabajadores colocaron el hermoso ataúd de cedro rojo con el cuerpo de Bartolano en el salón central de la hacienda y prepararon su vela.
Pero de manera extraña, cuando se aprestaban a rezar el primer rosario para el descanso del alma de Bartolano, un sopor invadió a los presentes y se desvanecieron.
Todos quedaron como dormidos, mientras el cuerpo del difunto desaparecía del féretro sin ninguna explicación. Cuando los dolientes volvieron en sí, el cajón estaba vacío, el catrín había venido por él.
El hijo mayor de Bartolano exigió entonces que ninguno de los presentes comentara lo que había sucedido en la hacienda y ordenó a los peones cortar un árbol de zompancle, del tamaño del cuerpo de su padre, para colocarlo en su lugar en el ataúd.
Los peones fueron obligados a cargar el ataúd con el tronco dentro y llevarlo al camposanto para su entierro, como si del cuerpo de un hombre cristiano se tratara.
Así celebraron sus exequias.
Hacienda en ruinas
Una vez que concluyó el sepelio, los familiares del hacendado abandonaron el lugar para no volver jamás.
Con el paso del tiempo, la hermosa hacienda quedó convertida en ruinas, los campos se llenaron de huizaches y los numerosos animales fueron muriendo de hambre y de sed. Lo que había sido el lugar más próspero de Xoxocotlán, terminó convertido en un páramo al que los habitantes evitaban a como diera lugar.
Hasta hace poco, todavía era posible observar los restos de la hacienda de Bartolano, así como el mogote desde donde el catrín ofreció a los campesinos riqueza y gloria a cambio de su alma. Porque el catrín continuaba en el pequeño cerro mostrando el oro y riquezas que ofrecía a los hombres que se aventuran a cruzar de noche por la zona, a cambio de una sola cosa: su alma.
Crecimiento urbano
A lo largo del siglo XX, Santa Cruz Xoxocotlán poco a poco se fue incorporando a la zona metropolitana de la ciudad de Oaxaca. Con ello, experimentó una notable urbanización, con obras como el aeropuerto internacional, y un crecimiento sustancial en su población.
Los mogotes
Aunque en el municipio existen muchos mogotes que esconden vestigios arqueológicos, la imaginación popular señala que son habitados por el diablo.
El catrín
Es una figura recurrente en las leyendas mexicanas, tal vez por ser la representación de la riqueza y el poder.
