Por Alejandro José Ortiz Sampablo
Cuando la humanidad dio paso a crear civilización renunció a la inmediatez de muchas satisfacciones; creó leyes y religión para intentar detener y atemperar ese impulso que viene del interior de cada individuo, principalmente aquel que pareciera difícil de domeñar, el que apunta a la destrucción y a la muerte.
La subsistencia de lo primitivo
De ese traslado de lo primitivo a lo civilizado —tomando como primitivo esa etapa previa a la coartación de esos impulsos provenientes del interior— ha pasado tanto tiempo que hoy son pocos los seres humanos que lo tienen presente; sin embargo, ese ímpetu interno subsiste en cada uno.
La observación de las manifestaciones en los malestares que aquejan a nuestra sociedad nos da el pleno derecho a suponer que el empuje a la muerte ha cobrado mayor fuerza, en esta ocasión no me refiero a las formas explícitas de ella.
Un fenómeno de esta índole, gracias al cual en unos años recogeremos los más altos niveles de depresión en la historia de la humanidad, es el que dio origen al término acuñado por la filósofa española Monserrat Nebrera refiriéndose a las generaciones de millennials y centennials describiéndolas con base a su estabilidad emocional como la Generación Cristal.
En cierta ocasión al hablar con una chica sobre la incorporación al campo laboral de los jóvenes de esta época en relación con las anteriores, argumentaba que siempre ha representado para las personas la misma dificultad. Le respondí que pareciera que es así, sin embargo, ellos —las nuevas generaciones— enfrentan un mundo radicalmente distinto. No sólo me refiero al mundo exterior, pues hoy los chicos se encuentran fragilizados en su mundo interno; su espíritu es débil cuando se trata de realizar aquello que está en contra de su voluntad.
Los padres que cristalizan
Se habla de las generaciones millennials y centennials, pero poco de sus padres, quienes forjaron a sus hijos con los valores de la época, algunos de ellos sostenidos por los sentimientos de injusticia y enojo que las prohibiciones despertaron en ellos cuando fueron hijos.
No se puede negar que en épocas anteriores predominó el autoritarismo; empero el rechazo categórico a éste ha dado lugar a reforzar el temor de muchos padres de hoy a poner límites —aunque la palabra correcta es prohibiciones— pues les preocupa causar un daño al hijo y despertar esos sentimientos que las prohibiciones acarrean. Este temor se engarza a su vez, con otros fantasmas que, desde la más tierna infancia, se crearon en ellos a partir de su propia relación con el mundo.
Hoy existe la urgencia de crear dispositivos clínicos-sociales (nuevos paradigmas) para afrontar lo que nuestros niños y jóvenes nos presentan, en este caso, para que ellos sepan hacer algo nuevo con su fragilidad, más allá de justificaciones y mortificaciones que a la postre los llevará a estados depresivos profundos.
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