Por Ciro Velásquez Ruiz
Todos tenemos en la vida un inventario de nuestras cosas materiales e inmateriales, aunque no siempre pensemos en él. Entre las cosas entrañables del mío, puedo decir que tengo un pequeño pueblo de montaña con sus casitas desperdigadas aquí y allá en el que estarán siempre mi amor primero, mi ombligo y mis recuerdos de niño.
Tengo un barrio, ahora muy moderno, de calles anchas y arboladas en una de las ciudades más bellas del mundo, por el cual me gusta caminar y recordar. Aquí he vivido cincuenta años de mi vida y él guarda para siempre muchas cosas queridas.
Tengo una casa blanca que diseñé con amplios ventanales y tres patiecitos, un modesto jardín al que engalanan una higuera y una planta trepadora entrañable y muy vieja, más un estudio con cientos de libros tapizando una pared y que además de desbordar sus estantes, rebozan mi corazón y mis ideas.
Tengo desperdigados aquí y allá muchos discos de vinil, casettes y memorias que contienen música diversa: boleros, música ranchera, tradicional, tangos, bossa nova, sones, valses peruanos, salsa, música flamenca, hasta uno que otro Vivaldi, Mozart o Brahms. Esas músicas todavía me llenan de recuerdos y endulzan mis oídos; pero lo más bonito y caro de esa casa son dos inteligentes e inquietos niños que siguen siendo la razón y la pasión de mi vida. A ellos les di, además de regaños y malos ratos, paseos, regalos, tardes de lecturas, canciones y juegos.
Tengo una cabañita en el bosque como mi más apacible rincón. Tengo una guitarra que llora conmigo algunas noches. Tengo incluso un papel que certifica que pasé por una universidad en la que como dice el Quijote: " fui desbastado de mi natural rudeza", y guardo, entre otras cosas, infinidad de fotos que dan fe de mi vocación andariega, heredada, sin duda, de un padre y un abuelo arrieros. Así me solazo recordando ciudades tan bellas como París, Venecia, Barcelona o Lisboa.
"Tengo un pequeño puñado de amigos pero que "valen un potosí" como dice Arturo, uno de ellos. Guardo en el recuerdo a algunas mujeres que me develaron ese inefable misterio del amor que es a la vez goce y sufrimiento.
Hay en mi vida una familia numerosa y solidaria.
Tengo en el paladar la impronta de muchas suculencias y sabrosidades que he podido comer en la más humilde cocina, en la calle o en restaurantes gourmet. No supe, en cambio, tener una mascota a quién querer, jugar con ella o acariciarla. Desconozco la emoción de galopar en un caballo.
Carecí de una novia con quién ir a bailar o a la playa. No tuve en la infancia juguetes a excepción de mi viejo triciclo. No viví jamás la emoción de un gol anotado por mí en un partido oficial, y entre otros desechos, he padecido soledades, desengaños, aversiones, fracasos, miedos, frustraciones y complejos, así como faltas y daños hechos a gente querida, aunque las más de las veces fue sin intención, pero sé que no hay humano que no los tenga y que esos pasivos equilibran y son imprescindibles para valorar y distinguir el lado bueno de nosotros y de la vida.
Finalmente, tengo en mi inventario muchos sueños por cumplir: lugares remotos por conocer, escribir al menos un libro y muchos más por leer, esquiar en la nieve, tener algunos nietos con quienes suavizar mi vejez, y el más importante, tener todos los días posibles de vida para ir en pos de mis restantes sueños.
Semblanza:
Ciro Velásquez Ruíz nació en San Mateo Río Hondo. Es abogado por la UABJO, profesor de literatura y promotor de lectura. Algunos de sus textos han sido publicados por los periódicos digitales Estado 29 y El Oriente. Vive en la Ciudad de Oaxaca desde los 10 años.
Para saber:
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"Tengo una cabañita en el bosque como mi más apacible rincón".
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"Tengo un pequeño puñado de amigos pero que "valen un potosí".
