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Guerrero: asesino de prostitutas

Foto(s): Cortesía
Redacción

Desde 1880, cuando Porfirio Díaz terminaba su primer período presidencial, se sabía de una serie de asesinatos de mujeres en los alrededores de Peralvillo, en la Ciudad de México. Pero fue hasta finales de 1886, cuando los cadáveres comenzaron a aparecer a orillas del río Consulado.


Todas eran prostitutas. El criminal las abordaba para contratar sus servicios sexuales y, si no quedaba satisfecho con el desempeño de la mujer, la golpeaba, violaba y degollaba, para después tirar los cadáveres en el río Consulado o sus alrededores.


El asesino actuó impunemente durante siete años sin que la Policía mexicana lo pudiera detener; pese a que frecuentemente aparecían mujeres degolladas por el rumbo del río Consulado, las autoridades no tenían pista del autor. La serie de muertes logró establecer un clima de terror entre la sociedad de la época. Las víctimas ascendían a veinte.


Los reportes de intento de violación y los testigos que aseguraban haber visto al sujeto antes de que alguna de las prostitutas desapareciera, fueron multiplicándose, hasta tener una descripción del agresor.


Guapo, elegante, galán y pendenciero


El asesino era descrito como “guapo, elegante, galán y pendenciero”. Se creyó que se trataba de uno de los lenones de la época, pero ninguno de ellos reunía las características físicas completas.


En realidad, se llamaba Francisco Guerrero y le apodaban el Chalequero.


Era zapatero y vivía en la calle del Padre Lecuona. Su apodo se debía a que usaba ajustados pantalones de casimir, camisa blanca, una faja de colores que le servía para ocultar el cuchillo, sombrero negro galoneado de plata, zapatos relucientes y un elegante chaleco.


Se decía que su vestimenta no le costaba un sólo centavo, pues todo era pagado por sus numerosas amantes.


En la Pulquería de los Coyotes, había formado un harem con varias prostitutas del rumbo las cuales, según testimonios de la época,“se rifaban sus favores” y además lo mantenían, pues corría la versión de que “El Chalequero” era un extraordinario amante.


Secuestra, viola y tortura a mujer


Lorenza Urrutia, una joven prostituta, lo despreció. Cuando la volvió a encontrar, el Chalequero se la llevó a una cueva cercana a La Villa donde la ató, violó y torturó por dos días. La joven se salvó sólo porque al asesino se le acabó el pulque y fue a comprar más, lo que aprovechó para escapar.


Gracias a la denuncia del vecino de una de sus víctimas, el Chalequero fue atrapado. El 13 de julio de 1888, un grupo de gendarmes llegaron a una taberna de Peralvillo y detuvieron a Francisco Guerrero, acusado de al menos veinte crímenes.


También acudieron a declarar otras mujeres que habían logrado escapar de las garras del asesino y lo identificaron. Además, no hizo ningún esfuerzo para ocultar su identidad. De hecho, su propio testimonio provocó que fuese condenado a la pena de muerte; los jueces decidieron que lo ejecutarían un año después.


Es indultado y sale de la cárcel por error


Pero el entonces Presidente de México, Porfirio Díaz, cambió la sentencia de muerte por veinte años en prisión.


El homicida fue llevado a la cárcel de San Juan de Ulúa, en Veracruz.


No cumplió con toda la condena. Cuando el Gobierno otorgó una amnistía a presos políticos, el nombre de Francisco Guerrero apareció por error entre los indultados y fue puesto en libertad en 1904.


A su regreso a la Ciudad de México, se empleó como velador en el Templo Protestante de San José de la Gracia, y como colocador de papel tapiz. Vivía con sus hijas, que eran prostitutas.


Su último víctima fue una anciana


El 28 de abril de 1908, según declaró a la Policía, le dieron ganas de matar.


Fue a buscar una prostituta y encontró una de casi ochenta años. Según su testimonio, fueron a “hacerse bolas” pero a él se le quitaron las ganas, ella lo insultó y arañó en la cara, por lo cual la violó, golpeó y degolló.


Poco rato después fue encontrado el cadáver de la anciana degollada, a orillas del río Consulado. Su nieta señaló al asesino; era Francisco Guerrero. Lo encontraron cerca de allí, sentado y absorto: todavía llevaba las manos ensangrentadas.


Volvió a los juzgados y a su proceso acudieron cientos de personas, pero esta vez no encontró clemencia. Nadie apeló su condena y las celdas de la prisión del Palacio Negro de Lecumberri, en la Ciudad de México, recibieron esta vez al asesino en serie. De nuevo la sentencia fue de muerte.


Quiso el destino que el Chalequero nuevamente escapara al castigo. Primer enfermó de tuberculosis. Luego, cuando cumplió sesenta años, sus hijas le llevaron mariscos para celebrar.


Al día siguiente tuvo una embolia y murió en noviembre de 1910, cuatro meses antes de ser llevado a la horca, en el Hospital Juárez. Unos días después estallaba la Revolución Mexicana.


Francisco Guerrero el Chalequero, superó al londinense Jack el Destripador, asesinando a veinte prostitutas.

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