Por décadas, Oaxaca ha presumido al mundo su fiesta máxima. Pero la pregunta incómoda sigue pendiente: ¿la Guelaguetza sigue siendo de los pueblos o se convirtió en un espectáculo diseñado para vender una imagen de Oaxaca?
Cada julio ocurre una paradoja en Oaxaca. Mientras miles de visitantes llegan buscando “la esencia indígena”, muchos pueblos que sostienen esa esencia durante todo el año siguen enfrentando pobreza, falta de infraestructura, abandono institucional y la lucha permanente por defender sus territorios, lenguas y formas de organización comunitaria.
La Guelaguetza llena hoteles, restaurantes, calles y auditorios. Genera orgullo, identidad y una importante derrama económica. Pero también obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué tanto de esa fiesta pertenece todavía a las comunidades y qué tanto fue absorbido por la industria turística y política?
Porque la Guelaguetza no nació como un espectáculo. Nació como una obligación moral entre pueblos.
La palabra que se convirtió en marcaLa palabra “Guelaguetza” viene de una tradición comunitaria de origen zapoteco relacionada con la ayuda mutua, el intercambio y la reciprocidad. No era un festival con boletos, escenarios y reflectores; era una práctica social donde una persona ayudaba a otra con trabajo, comida, productos o acompañamiento, bajo la idea de que algún día esa ayuda regresaría.
El antropólogo oaxaqueño Moisés Sáenz, uno de los principales impulsores del indigenismo mexicano, hablaba de la importancia de comprender a las comunidades indígenas no como piezas del pasado, sino como sociedades vivas con estructuras propias. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas expresiones culturales indígenas fueron transformadas desde el Estado en símbolos nacionales.
La Guelaguetza moderna es precisamente resultado de ese proceso.
En 1932, durante la celebración del cuarto centenario de la ciudad de Oaxaca, nació el llamado “Homenaje Racial”, un evento que buscaba mostrar la diversidad cultural del estado bajo una mirada propia de la época posrevolucionaria. Con los años ese concepto evolucionó hasta convertirse en la fiesta conocida actualmente como Guelaguetza.
Pero ahí aparece la primera contradicción histórica: una tradición comunitaria terminó convertida en una representación organizada desde las instituciones.
De la comunalidad al escenarioEl problema no es que la Guelaguetza se haya convertido en un espectáculo. Las culturas cambian, se adaptan y encuentran nuevas formas de expresarse.
El problema aparece cuando una cultura viva corre el riesgo de convertirse únicamente en una postal.
El antropólogo Rodolfo Stavenhagen, especialista en pueblos indígenas y derechos humanos, advertía que uno de los grandes peligros para las comunidades originarias era la “folklorización”: reducir culturas complejas a expresiones coloridas destinadas al consumo externo.
Y Oaxaca conoce bien ese fenómeno.
Un pueblo indígena no es solamente un traje bordado, una danza o una banda de música. También es una asamblea comunitaria, un sistema de cargos, una relación espiritual con la tierra, una lengua, una memoria histórica y una manera distinta de entender la propiedad y la convivencia.
La Guelaguetza muestra la parte más hermosa de Oaxaca, pero pocas veces muestra las batallas que existen detrás de esa belleza.
La fiesta que deja millones… pero también preguntasLa dimensión económica de la Guelaguetza es innegable.
En 2025, las autoridades estatales reportaron la llegada de más de 143 mil turistas durante las festividades y una derrama económica superior a 635 millones de pesos. Además, las presentaciones del Lunes del Cerro reunieron a decenas de miles de asistentes.
Es decir, la fiesta funciona.
Genera empleos, mueve servicios, beneficia comerciantes y posiciona a Oaxaca como uno de los principales destinos culturales de México.
Pero la pregunta sigue siendo válida:
¿Cuánto de esa riqueza regresa realmente a las comunidades que prestan su rostro, su música, sus danzas y su identidad para construir el espectáculo?Porque mientras una delegación indígena puede convertirse en la imagen oficial de Oaxaca durante una semana, muchas comunidades continúan enfrentando problemas históricos: caminos deteriorados, migración, pérdida de lenguas originarias, falta de oportunidades para jóvenes y abandono del campo.
La contradicción es evidente: Oaxaca vende una cultura que muchas veces no logra proteger completamente.
La Guelaguetza no debe ser un museo humanoExiste otro debate más profundo: la forma en que se representa a los pueblos.
Durante años, algunos sectores han cuestionado que las comunidades sean invitadas principalmente para “mostrar tradición”, pero no siempre para participar en las decisiones sobre cómo se administra, promociona o comercializa la fiesta.
El escritor y antropólogo Guillermo Bonfil Batalla, autor de México profundo, planteó que México históricamente ha mantenido una separación entre el país oficial y el país indígena. Para él, muchas veces el Estado reconoce la cultura indígena cuando sirve como símbolo nacional, pero no necesariamente cuando exige derechos, autonomía o participación real.
La Guelaguetza enfrenta precisamente esa tensión.
Es celebrada cuando muestra colores, música y alegría; pero los pueblos también deben ser escuchados cuando hablan de territorio, agua, recursos naturales o justicia.
La verdadera Guelaguetza ocurre lejos del FortínLa gran ironía es que la esencia más profunda de la Guelaguetza quizá no está en el Auditorio del Cerro del Fortín.
Está en los pueblos.
Está en la familia que organiza una fiesta patronal y recibe comida de sus vecinos.
Está en la comunidad que ayuda a construir una casa.
Está en quienes mantienen una lengua indígena aunque el mundo les diga que no sirve.
Está en los campesinos que conservan semillas.
Está en las mujeres que siguen bordando aunque el mercado quiera convertir sus textiles en simples souvenirs.
La Guelaguetza real no dura dos lunes de julio. Dura todo el año.
El reto: devolverle el corazón a la fiestaDefender la Guelaguetza no significa rechazar el turismo ni negar su importancia económica. Oaxaca necesita visitantes, inversión y desarrollo.
Pero una cultura no puede sobrevivir solamente como espectáculo.
Si la Guelaguetza quiere mantenerse viva, debe recordar su origen: la reciprocidad.
No basta con invitar a los pueblos a bailar. Hay que garantizar que tengan voz.
No basta con presumir sus trajes. Hay que proteger sus artesanos.
No basta con vender su imagen. Hay que defender sus derechos.
Porque una fiesta puede llenar un auditorio, generar millones y aparecer en las portadas internacionales.
Pero una verdadera tradición solamente permanece cuando quienes la crearon siguen sintiendo que les pertenece.
La pregunta que Oaxaca debe hacerse no es si la Guelaguetza debe cambiar.
Todas las culturas cambian.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿La Guelaguetza está evolucionando con sus pueblos o está avanzando sin ellos?
