Óscar Maciel Reséndiz
Segunda de tres partes
Transcurridos unos minutos, el grito desesperado de Elena quedó atrás como un recuerdo. Homero perdió la noción del tiempo, dejó de escuchar su voz y su respiración jadeante, solo recordaba un estruendo detrás de él, cuando ella intentaba alcanzarlos recibió un impacto en la cabeza, lo que causó su muerte inmediata. Él intentó regresar para tomarla en sus brazos y llevarla, pero desistió. Con extremo dolor se vio obligado a avanzar con sus hijos, entre el sonido de la metralla y los zumbidos de las balas. Cuerpos inertes obstaculizaban el camino que parecía interminable, tortuoso e intransitable. Ahora sabía cuánta razón tenían al haber advertido a la población la salida inmediata ante la inminente batalla.
Después de cavilar, bajó la velocidad de su marcha pues sintió que apretujaba a los niños; Constanza trataba de liberarse de la presión, con sus débiles brazos: − ¡Papá!, ¡me duele el brazo! − gritó la niña.
El bebé lloraba con las pocas fuerzas que quedaban.
− ¡Dios mío, mis hijos! Se detuvo y se sentó sobre una roca, en un claro entre los árboles, tomó suavemente a los pequeños en el calor protector de sus brazos. Al observarlos detenidamente, notó varias heridas sangrantes en brazos, piernas y cara de Constanza, causadas por las ramas y espinas de la vegetación.
Por su mente transcurrían imágenes de su hija, hacía poco tiempo era una niña con sonrisa encantadora; corría en el pasto, miraba con ensoñación el amplio campo que le rodeaba, se detenía al viento que mecía su cabellera y su vestido, recibía los rayos del sol de la mañana; aspiraba el aire puro y decía a su papá, sin palabras, solo con un abrazo envolvente al cuello “Te amo”.
Homero lloró con amargo dolor y se lamentó, con el sonido del impacto de otra bomba muy cerca de ellos. Salió de su trance.
Continuará el próximo lunes
