Azucena Delgado Ochoa
Segunda de tres partes
Estaba observando a las aves en el cielo cuando repentinamente casi es devorado por una de ellas, de no ser porque encontró un orificio en la tierra, donde se refugió.
En aquel lugar había plantas y flores, chicas, grandes y de todos colores, con ellas los ambientes eran más bellos y además proporcionaban oxígeno para todos. También se dio cuenta que algunas tenían espinas y otras podían ser tóxicas o tener poderes curativos.
Sin apenas notarlo empezó a envidiar el tamaño y la agilidad de esos enormes animales, deseó la inteligencia de los humanos, la belleza de las plantas, pero sobre todo anhelaba la libertad de las aves.
Pese a que Guchi podía apreciar la gran variedad de los seres vivos; en la tierra, en el cielo, unos fijos, otros moviéndose, unos lentos, otros rápidos, pudo encontrar una gran similitud en todos ellos, que estaban cumpliendo un propósito: ser únicos.
Recordó las ofensas de los gusanos más grandes, el peligro al sentir que iba a ser devorado por un ave, cuando solía sentirse especial. Conforme avanzaba, notó que su caminar era cada vez más lento, recordó también cuando él mismo señalaba al gusano que solía quedarse atrás; justo en ese momento sintió empatía hacia los demás.
Guchi se percibió diferente, a pesar de que ya no sentía el mismo entusiasmo por seguir caminando, aumentaba su entusiasmo por seguir aprendiendo, pero al mismo tiempo su cuerpo se lo impedía, ya que empezó a cambiar, no podía moverse igual y su piel ya no era tan suave.
A cada desplazamiento de su cuerpo, menos especial se sentía. Hizo un esfuerzo por refugiarse entre las ramas de un árbol; escaló y escaló. Entendió que toda la variedad de seres vivos representa el tesoro que hay en la naturaleza. Que el mundo se enriquece con sus habitantes y al mismo tiempo los habitantes enriquecen al mundo.
Continuará el próximo lunes
