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IGLESIA. Domingo, día del Señor

Ilustración del bautismo de Jesús en el río Jordán, momento en que Dios lo proclama 'mi Hijo muy amado' en el evangelio dominical.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por P. Gregorio Gil Cruz Glz.

“Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias” Evangelio: Mt. 3, 13-17 

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía, desde el cielo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. Palabra del Señor.

Celebramos en este domingo el Bautismo del Señor; gran acontecimiento que nos recuerda nuestro propio bautismo. El sacramento del bautismo es un inmenso regalo, un don de Dios de un valor incalculable, es la mejor herencia que se le puede dar a un hijo. Porque es el sacramento por el que nacemos a la vida eterna, la vida espiritual y nos abre las puertas del cielo. Le dice Jesús a Nicodemo: "En verdad te digo que quien no nace del agua y del Espíritu, no podrá entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la carne, es carne; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu" (Jn 3, 5-6).

Jesús es el Hijo eterno del Padre, pero también nosotros, por el bautismo, quedamos constituidos "hijos en el Hijo" y llegamos a ser hijos de Dios por adopción. Si esto nos consigue el sacramento del bautismo, no deberían tardar algunos papás en concederle tan gran regalo a sus hijos. Hacerlos hijos de Dios y no de las fuerzas del mal, es la mejor herencia.

Una vez bautizado, se oyó una voz que decía, desde el cielo: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”. Estas palabras expresan uno de los momentos más altos de la revelación cuando el Padre da testimonio del Hijo y se hace presente el Espíritu Santo. El bautismo de Jesús constituye el punto de partida de su vida pública. El Padre lo presenta como el Hijo predilecto. Después de la Epifanía se presenta como la segunda grande manifestación y su investidura como Mesías y Salvador. 

En el bautismo, Dios se manifiesta a sí mismo en su misterio trinitario. El Padre expresa su complacencia en el Hijo. El Hijo que ofrece libremente su oblación por cumplir la voluntad del Padre y salvar a la humanidad. El Espíritu Santo que se hace presente y reposa sobre el Señor. El Padre, pues, se nos revela en su misterio íntimo, se nos da a conocer; y así confirma la misión de su Hijo Jesús, pues Él será quien lo revele plenamente.

La celebración del Bautismo del Señor nos debe recordar, también, nuestro bautismo. Hemos sido incorporados a Cristo, injertados en El; hechos partícipes de la naturaleza divina y constituidos hijos adoptivos de Dios. Se nos ha confiado la misión de ser testigos de su Evangelio, de anunciar la Buena nueva de la salvación a toda la humanidad, de testimoniar con nuestra vida la presencia de Dios en el mundo. ¡Qué tarea tan grande nos ha dejado el Señor!; nuestro bautismo nos incorpora a la Iglesia de Cristo, somos cristianos, es decir, discípulos y misioneros de Cristo; por tanto, tenemos la misma misión del Señor y como El debemos luchar por construir un mundo más humano y más fraterno. La misión de Jesús era instaurar el Reino de Dios, un reino de justicia, de paz, de vida. Todo su ministerio va orientado a dignificar a la persona humana.

Ahora bien, si hemos sido bautizados debemos tomar conciencia de la misión que tenemos, hacer presente a Dios en nuestra vida diaria en la vivencia de los valores del Evangelio.

Que el inicio de este nuevo año esté colmado de abundantes bendiciones y nos esforcemos por vivir conforme a las exigencias de nuestro bautismo. Dios los bendiga. Feliz domingo.

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