Por Isabel Guzmán Ruiz
Por los años noventas, la Villa de Etla tenía otro ritmo y otra textura, recuerdo caminar por sus calles, muchas de ellas aún de terracería, por donde transitaban en bicicletas y burros las personas que bajaban de otros pueblos, muchas veces cargando pesados tercios de leña o canastas llenas de pan y provisiones para el consumo de su casa. En ese entonces, no había bolsas de plástico ni mototaxis que facilitaran el transporte, por lo que el esfuerzo, tanto físico como mental, estaba mucho más presente en la vida diaria. A pesar de ese esfuerzo cotidiano el tejido social se sostenía en un acto que hoy parece extraordinario: el saludo cordial, conocidos o desconocidos, todos nos dábamos los buenos días, las buenas tardes o noches.
Saludar no era un detalle de cortesía opcional, era una regla no escrita, pero, inquebrantable, lo hacían desde los niños hasta los mayores, quien omitía este gesto por descuido no pasaba desapercibido y el juicio del pueblo era implacable y rápido. Se escuchaba decir: "Ese es un burro. Ni habla".
Sin embargo, había una cara aún más severa en esta dinámica: retirar el saludo a alguien era el peso máximo de la comunidad como castigo. Si alguien cometía una falta grave contra la armonía del lugar, los vecinos simplemente dejaban de dirigirle la palabra. Ese silencio era el exilio social absoluto, si el pueblo te retiraba el saludo, dejabas de existir para ellos, por temor a esta censura, y por la fuerza de la costumbre, el saludo nos mantenía a todos conectados y ordenados.
En aquel tiempo, el respeto tenía una jerarquía muy clara, los más jóvenes teníamos la instrucción estricta de dirigirnos a los adultos de "usted", a los abuelos y a los padres se les besaba la mano como muestra de reverencia y honor. El decoro era absoluto: nada de decir groserías, fumar o tomar delante de ellos, estas no eran opciones o estilos de crianza que uno pudiera negociar, eran obligaciones que teníamos por el simple hecho de existir, además, el "por favor" y el "gracias" eran una parte innegociable del vocabulario cotidiano.
Había una discreción muy particular al expresarse, el tono de voz debía mantenerse en un punto medio: ni muy suave, ni muy alto. Levantarle la voz a un adulto era considerado una falta de respeto gravísima, un atrevimiento que ameritaba unos binzazos inmediatos. Incluso la estética visual del pueblo era distinta, la vestimenta guardaba normas muy marcadas tanto para mujeres y hombres, como para niñas y niños.
Al mirar hacia atrás, recuerdo esa temporada como algo profundamente agradable, no sé si sea únicamente mi percepción, pero la armonía, la seguridad y el orden en la comunidad se dejaba sentir de una manera muy diferente a lo que es hoy.
En esta nota no pretendo hablar de lo correcto o incorrecto, ni dictar si el pasado fue mejor que el presente, el único propósito es recordar cómo transcurría la vida en los tiempos en que yo era una jovencita, honrar esa memoria y compartirla.
