Leonardo Pino
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De acuerdo al ensayista y filósofo estadounidense, George Steiner, “…cada lengua – y no hay lenguas menores o “insignificantes” – funda un conjunto de mundos posibles y geografías de la memoria”.
Las lenguas son los instrumentos más poderosos para la preservación y el desarrollo del patrimonio cultural, tanto tangible como intangible. Por ello, es imprescindible la difusión y enseñanza de las lenguas maternas para enriquecer la diversidad lingüística-cultural del mundo e inspirar el diálogo, la solidaridad, el entendimiento y la paz universal.
Al hablar de lengua materna se habla de todas las lenguas del mundo, ya que este término identifica a la lengua que adquirimos en el hogar, a través de la enseñanza del círculo familiar inmediato.
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México tiene 69 lenguas nacionales
Las lenguas habladas por los pueblos indígenas constituyen una riqueza invaluable, pues cada una de ellas representa una experiencia de vida única, contiene la memoria histórica del pueblo que la habla y es parte fundamental de su cultura y su identidad. Estas lenguas son, también, la expresión de culturas milenarias que sustentan la pluriculturalidad del país, y por ello forman parte esencial de la identidad de todos los mexicanos.
México es uno de los 10 países del mundo con mayor diversidad lingüística. La diversidad lingüística de nuestro país se expresa, principalmente, en el español y las lenguas habladas por los 68 pueblos indígenas en el territorio nacional.
De acuerdo al catálogo de Lenguas Indígenas Nacionales, en Oaxaca se hablan 15 lenguas maternas: mixe, chocholteco, mixteco, triqui, chatino, amuzgo, cuicateco, ixcateco, chontal, mazateco, zapoteco, náhuatl, zoque, huave, y chinanteco, las cuales suman 176 variantes. De las quince lenguas referidas, cinco de ellas se encuentran en riesgo latente de desaparecer: ixcateco, amuzgo, chocholteco, chontal y huave, de acuerdo a información dada a conocer por la Secretaría de Pueblos Indígenas y Afrodescendientes del Estado de Oaxaca.
La muerte de los justos
Leonardo Pino
El 18 de febrero de 1913, el presidente de la nación, Francisco Ignacio Madero, y el vicepresidente, José María Pino Suárez, fueron traicionados por una facción del ejército y hechos prisioneros en Palacio Nacional. La asonada y su posterior desenlace, tuvo como figura principal al embajador estadounidense, Henry Lane Wilson, que intrigó en contra del gobierno constitucional, que había ganado las elecciones con un 99,26 % de la votación.
Los traidores Victoriano Huerta y Félix Díaz se reunieron en la sede de la sede diplomática de Estados Unidos para planificar el cuartelazo, por lo que la reunión se llamó el “Pacto de la Embajada”.
Al presentarse las renuncias obligadas de Madero y Pino Suárez ante el Congreso, la mayoría de diputados vivó a Huerta. También reconocieron al régimen espurio el ejército y los gobernadores de los estados, excepto Venustiano Carranza, mandatario de Coahuila, e Ignacio Leandro Pesqueira, gobernador de Sonora.
Desde que fueron tomados prisioneros, Madero y Pino Suárez permanecieron en Palacio Nacional, junto al general Felipe Ángeles, en la sala que hoy se llama “Intendencia de la Traición”. Fueron inútiles las gestiones de familiares y amigos, ni la de los embajadores de Cuba, Chile y Japón, ante el Embajador Wilson que, con todo cinismo, respondió que él, como diplomático, no podía interferir en los asuntos internos de México.
El 22 de febrero, a las diez de la noche, cuatro días después de su captura, un grupo de militares, mandados por el mayor Francisco Cárdenas y el cabo Rafael Pimienta, trasladaron a Madero y a Pino Suárez, a la Penitenciaría de Lecumberri. En el trayecto, se simuló un ataque; al grito de ¡Bájese usted de una buena vez, carajo!, en medio de empujones e insultos, Cárdenas asesinó al Apóstol de la Democracia, con dos disparos.
Momentos después, fue obligado a bajar del automóvil Packard don José María Pino Suárez, que fue rematado sin compasión alguna de 13 balazos, cuando intentaba escapar y pedir auxilio.
Con el asesinato de los dos próceres, comenzó en el país la etapa más sangrienta de la Revolución Mexicana, que culminó cuatro años después con la promulgación de la nueva y actual Carta Magna.
El Plan de Iguala o de las Tres Garantías
Leonardo Pino
El 24 de febrero de 1821, en Iguala, en el hoy Estado de Guerrero, a través de un manifiesto, el patriota Vicente Guerrero y el militar realista Agustín de Iturbide, proclamaron el "Plan de Iguala".
Este Plan es considerado el documento clave para la consumación del movimiento independentista, pues promovió la reconciliación de las fuerzas patriota y realista, sumidas en una cruenta y dilatada guerra civil.
“El Plan de Iguala tuvo la virtud de saber dar salida a las aspiraciones de los distintos sectores sociales que formaban la Nueva España, y ofrecer una salida política, negociada, que proponía una especie de reconciliación nacional sobre la base de la Independencia”, afirma el historiador Felipe Ávila Espinosa.
El plan bicentenario se funda “en la enseñanza de la historia y en el curso natural de las cosas humanas” y declara la independencia de México, bajo el lema es “Independencia, Unión y Religión”, simbolizado por la Bandera Nacional Mexicana, creada en esa misma fecha, cuyos colores representan la religión, independencia y unión.
El Plan establece que son ciudadanos todos los habitantes de la Nueva España, sin distinción alguna entre europeos, africanos ni indios, cuyas personas y bienes serán respetados y protegidos por el gobierno; que la tarea del ejército de las Tres Garantías será proteger la independencia y la unión entre americanos y europeos.
Guadalupe Jiménez Codinach, en su libro México en 1821, afirma que el Plan de Iguala “era una síntesis de las aspiraciones autonomistas e independentistas que venían desde 1808: formación de un congreso (1808), abolición de la esclavitud y defensa de la religión (1810), igualdad sin distinción de castas (Morelos), fe en el régimen constitucional y unión de españoles y americanos (Mina), unión y paz frente al derramamiento de sangre (toda la población), respeto a los privilegios y fueros del clero (Iglesia) y reconocimiento de grados y recompensas a realistas e insurgentes (Ejercito).”
Este Plan permitió la conclusión de la guerra y, más tarde, con la firma de los Tratados de Córdoba, el logro de la Independencia de México.
El 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entró a la ciudad de México, ondeando la bandera nacional, junto a la española, a cuyo alrededor se leía Religión, Independencia y Unión.
Al frente de las tropas iba un fatuo Iturbide, montado en caballo blanco y ostentando sus mejores galas militares; en el fondo, en la humilde retaguardia, junto a sus más fieles compañeros de insurgencia, caminaba el general don Vicente Guerrero, último jefe patriota que combatió contra la invasión española a México.
