Por Rafael Alfonso
Hace 2500 años dio inicio un cambio de rumbo para la relación de la humanidad con el conocimiento. Tales de Mileto, el matemático considerado el primer filósofo naturalista de la historia, preocupado por establecer cuál era arché, el arjé o principio de todas las cosas —como quien dice, la sustancia activa—, declaró en un arranque de genialidad: "Todo es agua". Corría el siglo VI antes de Cristo.
Muchos años después, quizá ya entrado el siglo V A.C., su paisano, Anaxímenes, también de Mileto, declaró: "Todo es aire" —lo que puede leerse de esta forma: “el principio de todas las cosas es el aire”—, es decir, que antes de que hubiera agua, hubo aire y que aquello que conforma el agua está contenido en el aire también. Casi un siglo después Heráclito de Efeso se suma a la discusión para declarar: todo es fuego, lo cual quiere decir, ya saben, que el principio de todas las cosas es el fuego.
A la distancia, esto que puede parecer no más que una discusión de cantina es el inicio de la argumentación y el debate filosófico, su trascendencia consiste, por si aún no se han percatado de ello, en que tales de Mileto y sus colegas filósofos aventuraron para esclarecer la cuestión una explicación racional que no apela a la divinidad ni al numen, sino que se basaba exclusivamente en la observación de la naturaleza. Podríamos suponer que tal cosa no tiene nada de extraordinario, pero recordemos que en aquellos días la mayoría de las sociedades eran teocráticas (religiosas) con mayor o menor laxitud en cuanto a la rigurosa aplicación de las normas dictadas por sacerdotes y líderes religiosos, y que, aún en los lugares donde no dominara una religión formal, había una gran presencia de creencias y supersticiones desorganizadas.
Es preciso tomar en cuenta que los filósofos naturalistas, al igual que los filósofos de todos los tiempos, echan mano del conocimiento del cual disponen. No ignoran, en ningún sentido, lo que otros han investigado, sino que lo toman en cuenta para rebatirlo y proponer sus propias conclusiones.
Hoy pudiera parecer fácil cuestionar lo discutido por Tales de Mileto y compañía sin tomar en cuenta que carecían de instrumentos que hoy podríamos considerar básicos para sus investigaciones, pero ¿es que no se nos ha dicho desde la primaria que el ser humano es 70% agua? ¿No acaso el modelo atómico de Rutherford nos muestra que en un átomo hay mucho más espacio vacío (aire) que otra cosa? y ¿no las últimas investigaciones de la física concluyen que la solidez de los objetos es una ilusión, que no son sino átomos agrupados magnéticamente por las cargas de sus electrones girando a velocidades vertiginosas? Bajo esta perspectiva ¿no es pues el átomo pura energía (fuego)?
Antes bien, debiéramos cuestionarnos por qué 2500 años después de este arranque de racionalidad humana no se nos cae la cara de vergüenza al ver que, en el mundo occidental,un presidente se hace rodear de ministros religiosos para ser ungido como guía de la humanidad.
