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La novia del estudiante

enfermeros-jovenes
Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Javier Sarmiento Jarquín

Para continuar mis estudios, después de terminar la preparatoria en la Universidad Benito Juárez de Oaxaca -que todavía no era autónoma-, me inscribí en la Escuela de Medicina (hoy Facultad de Medicina y Cirugía de la misma universidad) que estaba situada en la calle de María Bustamante esquina con Burgoa en la ciudad de Oaxaca.

La Escuela de Medicina colindaba con la de Enfermería y Obstetricia, comunicadas a través de un pasillo, mismo por el cual, un día de tantos, vi venir a la mujer más hermosa con uniforme de enfermera. Su cofia era tan blanca que parecía una diadema de gardenias. Al instante quedé prendado de su juvenil belleza.

Por la tarde, los estudiantes asistíamos a la escuela con ropa casual, ya que por las mañanas teníamos que portar el uniforme blanco que nos caracterizaba como estudiantes de Medicina. Aquel día, después de clases, atravesé el pasillo y fui a la Escuela de Enfermería, con el ánimo de ver a la futura enfermera. La encontré sentada en una banca al pie de uno de los árboles del jardín, presuroso me acerqué y con voz temblorosa le pregunté su nombre: “Concepción”, me contestó. “Yo me llamo Francisco”, me presenté. Le pregunté si podía esperarla a la hora de la salida, para mi fortuna aceptó.

Cuando salimos caminamos por toda la calle de La Noria, platicando sobre nuestro interés por la profesión que habíamos elegido. Casi éramos vecinos. Ella vivía en el barrio de la Trinidad de las Huertas, uno de los barrios más antiguos de la ciudad; yo, en el barrio de la Noria, llamado así porque en este se encontraba el casco de lo que fue la hacienda que perteneció a don Porfirio Díaz Mori. Nos despedimos, no sin antes preguntarle si podía esperarla al día siguiente.

Una vez en clases, como no la vi en toda la mañana, me dio un vuelco el corazón. En la tarde, sin más preámbulo, la busqué por los jardines de su escuela. ¡Qué alivio! Ella estaba parada con un grupo de sus compañeras. Ansioso, le pregunté por qué no había asistido; me comentó que tuvo que salir a sus prácticas.

Pasados varios días de caminar por las tardes en nuestra calle, platicando pasajes de nuestra infancia y de nuestra incipiente adolescencia, no pude resistir más y le pedí que fuera mi novia. Le dije que estaba profundamente enamorado de ella, jurándole que sería el amor de mi vida. Con el corazón desbocado, los segundos se hicieron eternos, me tomó de la mano y me dijo que sí aceptaba ser mi novia. Sellamos nuestro amor con un cálido beso. Saboreando las mieles de su boca y su cálido aliento, iniciamos un hermoso noviazgo.

Por la noche, con mis amigos de siempre, Ismael, Oscar, Enrique y Miguel Ángel, le llevamos serenata cantando los más románticos boleros como Alma, corazón y vida, Tres regalos, La gloria eres tú y Usted.

Así pasaron los años y, como dice un dicho: “La novia del estudiante no es la esposa del profesionista”. Después de casi tres años de noviazgo, terminamos nuestra relación, cada uno tomó rumbos diferentes, pero siempre con el recuerdo de ese amor juvenil que nos marcó para siempre.

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