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La muerte en Oaxaca

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Leonardo Pino

Muertos en familia

El Día de Muertos en Oaxaca se conmemora y celebra, reviviendo costumbres y tradiciones, frutos del mestizaje de culturas prehispánicas con la cultura de los invasores, del cual, sin embargo, predominan las creencias de los pueblos originarios.

Los antiguos zapotecos que habitaban Monte Albán, daban sepultura a sus muertos debajo del piso de las casas para mantener contacto permanente con ellos. 

Los niños y adolescentes fallecidos eran enterrados en sencillas fosas ubicadas bajo los aposentos o en el patio de la vivienda, mientras que los cadáveres de los adultos mayores de la clase media o alta eran depositados en tumbas elaboradas con mampostería e instaladas debajo de la casa-habitación.

Estas prácticas estaban relacionadas con la creencia de nuestros antepasados acerca de que la muerte era otra etapa de la vida. En el libro “Muerte y vida de los zapotecos de Monte Albán”, los arqueólogos Cira Martínez López, Marcus Winter y Robert Markens, afirman: 

“Según estudios, los parientes al morir se convertían en entes sobrenaturales que podían interceder por los vivos ante los dioses para proveerlos de lluvias y asegurar las cosechas, entre otras cosas”.

 

Ofrenda contemporánea

De acuerdo a la cosmovisión indígena, a principios de noviembre, las almas de los fieles difuntos regresan a este mundo para convivir con sus familias. En la mayoría de los pueblos de Oaxaca, la conmemoración del Día de Muertos se realiza durante los días 1 y 2 de noviembre, cada uno con distinto ofrecimiento.

La principal ofrenda que se brinda a los difuntos es, generalmente, la comida y bebida que preferían en vida, junto a objetos personales, flores, música y adornos, todo situado en un altar que se erige en la parte principal de la vivienda.

La riqueza cultural del estado sobresale durante esta festividad; entre todas las celebraciones, destacan las Comparsas de Día de Muertos; los Tapetes Monumentales ubicados en el Andador Turístico con figuras enfocadas en la muerte y elaboradas con cal; los murales alusivos y la representación de viejas leyendas en el Panteón General y en la Plaza de la Danza. 

No obstante que gran parte de estudios señalan que el Día de Muertos tiene su origen en civilizaciones prehispánicas, una notable investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la maestra Elsa Malvido, sostiene en “La festividad de Todos Santos, Fieles Difuntos y su altar de muertos en México, Patrimonio “Intangible” de la Humanidad”, que “(…) dichas ceremonias son netamente españolas, coloniales, cristianas y en algunos casos romanas paganas, enseñadas por frailes, curas y otros europeos a los indios y mestizos”. 

A pesar de las controversias existentes al respecto, lo cierto es que no existe una sola forma de conmemorar el Día de Muertos, ya que las celebraciones varían en cada región del estado y del territorio nacional. Por ejemplo, en las ciudades existe un marcado sincretismo entre las tradiciones mesoamericanas y europeas y en los estados donde hay una fuerte presencia de pueblos originarios, se conservan ritos, ceremonias y costumbres propios.

Todas las culturas desarrollan una visión sobre la muerte que les determina su propia vida y pensamiento. Las nociones de divinidades y de la cosmogonía siempre estarán acompañadas por encontrarle un sentido a la muerte. En esta diversidad de visiones, la manera en que nuestras culturas celebran el reencuentro con sus muertos, se conforma como una herencia cultural que nos otorga identidad.

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