Por Rafael Alfonso
Tenía un nombre muy largo que aquí consignaré, sólo para darle caché a la columna, Ghija ud-din Abul Fath Umar Ibn Ibrahim Ul-Khayyami, pero es mejor conocido en el mundo occidental como Omar Khayyam (1048-1131). Su nombre es sinónimo de erudición persa, pues fue matemático, astrónomo, astrólogo y filósofo, aunque si algo conocemos en Occidente son sus Rubaiyat, aproximadamente 750 cuartetas líricas en las que habla de los placeres de la vida, uno de ellos muy particular, por el contexto: el vino.
Omar Khayyam pasó una parte importante de su vida en Nishapur, dedicándose, como se puede deducir, a la investigación científica. La destreza matemática de Omar Khayyam era excepcional para su época, siendo muy reconocido su trabajo en álgebra, particularmente su tratado sobre ecuaciones cúbicas.
En este trabajo, clasificó este tipo de ecuaciones y proporcionó soluciones geométricas innovadoras para ellas, sentando las bases para futuros desarrollos matemáticos, no me pregunten cuales, pues con trabajos saco una raíz cuadrada.
En el campo de la Astronomía su contribución más importante fue la reforma del calendario solar persa (zoroástrico) que se conoció como el Calendario Jalali y que se introdujo oficialmente el 15 de marzo de 1079.
Este calendario reemplazó el tradicional año lunar árabe-islámico con un año solar persa, más preciso, incluso, que el calendario Gregoriano que llegaría unos siglos después. Khayyam y su equipo determinaron que la duración de un año era de 365.24219858156 días y vinculaba el comienzo del año con el equinoccio de primavera, una sofisticada alineación astronómica que garantizaba su precisión.
Esta reforma calendárica fue posible gracias a que Nizam al-Mulk visir de los sultanes selyúcidas, y amigo de juventud de Khayyam, le gestionó, digamos, una beca vitalicia y le invitó, a nombre del Sultán Malik Shah, a establecerse por 18 años en el observatorio de Isfahan.
Ahora bien, aunque sus logros científicos fueron celebrados durante su vida, el reconocimiento global de Omar Khayyam se deriva, en gran medida, de su poesía, específicamente de los “Rubaiyat” (cuartetos). Estos breves versos de cuatro líneas profundizan en complejos temas filosóficos y místicos. El “Rubaiyat” ganó una inmensa popularidad en el mundo occidental, principalmente a través de la traducción libre del poeta inglés del siglo 19 Edward FitzGerald.
En ellos, el poeta, materialista y escéptico, destaca la naturaleza efímera de la existencia humana y los placeres mundanos, instando a los lectores a abrazar el momento presente y encontrar satisfacción en medio de la incertidumbre, para muestra, un botón:
Nada me interesa ya: levántate y dame vino.
Esta noche, tu boca es la más bella flor del universo.
¡Vino! ¡Vino rosado como tus mejillas!
Y que mis remordimientos sean tan leves como tus rizos.
Khayyam se permitió desafiar los dogmas y doctrinas tradicionales, haciendo del vino (mal visto como toda bebida alcohólica por los musulmanes) un protagonista indiscutible en muchos de sus versos.
