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Guelaguetza: entre la tradición y el abuso comercial

Retrato de Mario Robles, quien opina sobre la tensión entre la tradición y el abuso comercial que enfrenta el festival de la Guelaguetza.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Cada julio Oaxaca abre sus puertas al mundo. Las calles se llenan de música, colores, trajes tradicionales, aromas, visitantes y una energía que durante semanas convierte a la entidad en uno de los destinos culturales más importantes de México.

La Guelaguetza no es solamente un espectáculo. Es una expresión histórica de identidad, una muestra de la diversidad de los pueblos y una oportunidad para que miles de familias oaxaqueñas encuentren ingresos a través del turismo, la gastronomía, las artesanías, el hospedaje y los servicios.

Pero en medio de esta celebración existe una práctica que cada año genera más inconformidad: el abuso de algunos establecimientos que, bajo la lógica de “temporada alta”, elevan sus precios hasta niveles que poco tienen que ver con la hospitalidad que Oaxaca busca proyectar.

El problema no está en que los negocios obtengan ganancias. Sería absurdo negar que la Guelaguetza representa una oportunidad económica importante para comerciantes, prestadores de servicios y empresarios locales.

El turismo mueve la economía. Genera empleos. Permite que familias enteras sobrevivan de actividades relacionadas con la cultura y las tradiciones.

La preocupación aparece cuando la oportunidad se convierte en abuso.

Cuando un estacionamiento multiplica sus tarifas sin justificación. Cuando un restaurante modifica precios únicamente porque llegaron visitantes. Cuando un servicio básico se encarece aprovechando que miles de personas buscan disfrutar una experiencia cultural que difícilmente repetirán.

Ahí es donde Oaxaca corre un riesgo.

Porque el visitante que llega por primera vez no distingue entre un negocio y la identidad del estado. Para muchos turistas, una mala experiencia no queda registrada como “un establecimiento abusivo”; queda como una percepción general: “en Oaxaca cobran de más”.

Y esa percepción puede ser más dañina que cualquier campaña de promoción.

Los destinos turísticos se construyen durante años, pero pueden perder reputación rápidamente. En tiempos donde las opiniones viajan en segundos a través de redes sociales, una experiencia negativa puede convertirse en una advertencia para miles de posibles visitantes.

La Guelaguetza debería ser una ventana para mostrar la generosidad histórica de Oaxaca, no un escaparate para prácticas que contradicen precisamente uno de los valores más representativos de la cultura local: compartir.

La palabra “guelaguetza” tiene un significado profundo. Habla de cooperación, reciprocidad, ayuda mutua. Es una idea donde la comunidad entiende que lo que uno recibe también implica una responsabilidad hacia los demás.

Por eso resulta contradictorio que, alrededor de una celebración basada en la solidaridad, algunos sectores intenten aplicar una lógica de aprovechamiento excesivo.

La pregunta no es cuánto puede ganar un negocio durante la temporada alta.

La pregunta es qué imagen quiere dejar Oaxaca después de que termine la fiesta.

Porque el turismo no debe verse como una oportunidad de una sola ocasión, sino como una relación de largo plazo. El visitante que se siente respetado regresa, recomienda y se convierte en el mejor promotor del destino.

Pero aquel que se siente engañado difícilmente volverá.

Las autoridades tienen una responsabilidad en este escenario. La promoción turística debe estar acompañada de vigilancia, información clara para consumidores y mecanismos que eviten abusos. No se trata de controlar precios en un mercado libre, sino de impedir prácticas que dañen la confianza.

También corresponde a los propios sectores económicos entender que la cultura no puede utilizarse únicamente como un argumento comercial.

La Guelaguetza no pertenece a hoteles, restaurantes, estacionamientos ni comerciantes. Pertenece a los pueblos que la han mantenido viva durante generaciones.

Quienes obtienen beneficios económicos alrededor de ella tienen una oportunidad legítima de crecer, pero también tienen una responsabilidad: cuidar la experiencia de quienes llegan a Oaxaca buscando conocer su historia, su gente y sus tradiciones.

Porque una fiesta puede llenar hoteles durante unas semanas, pero una mala reputación puede vaciar destinos durante años.

La verdadera Guelaguetza no está en cobrar más porque hay visitantes.

Está en demostrar por qué Oaxaca merece que regresen.

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