Mi abuela solía decir que cualquier mal físico o sentimental tiene su origen en la pérdida del amor a la vida; si amas la vida, amas cuanto haces, amas cuanto te rodea y recobras el principal ingrediente para una vida mágica.
En una época en que la ciencia poco a poco se va uniendo a la fe, donde se empieza a unir lo visible con lo invisible, ella edificó su vida llena de simbolismos y rituales cotidianos, mucho más benéficos que cualquier avance tecnológico o que cualquier título o nombramiento.
Su grandeza estaba en ella… su ambición era lo que podía dar; su sabiduría estaba en sus consejos, su práctica en la cocina, en sus labores, su amor en todos y en todo, su magia manifiesta en sus actos, su fe era su cotidianidad y su Dios la más grande manifestación de Amor.
Solía levantarse cuando se asomaba el sol, llenaba la casa con aroma de café y chocolate, llenaba los cestos de flores, los canastos de pan; el silencio lo llenaba con el canto de sus pájaros y las palabrerías de su loro; ella lo llenaba todo y hacía del silencio, música; de la obscuridad, luz y de las penas, alegrías.
TERCERA LECCIÓN
La comida es la mejor experiencia de imaginación, magia y sensualidad.
La cocina de mi abuela era mágica; al entrar ahí, despertaba en mí sensaciones y emociones desconocidas, diferentes; siempre estaba en movimiento, llena de color, de sabor, de olor; recuerdo verla envuelta entre hierbas aromáticas, ingredientes, trastos, energía, emanaba de ella una luz muy especial que envolvía toda la atmósfera.
Mi abuela olía siempre a lavanda y azahar, pero cuando estaba en la cocina olía a hierbabuena, a albahaca y así… empezaba el ritual cotidiano, a clasificar ingredientes, a imaginar sabores, a reinventar recetas y a recordar antiguas; usaba los condimentos y las especies como remedios tradicionales para el cuerpo y para el alma, porque además de transmitir la carga cultural, daba de probar vida.
El preparar la comida, beneficia los sentidos, alerta el espíritu y tranquiliza el alma, me decía; poseedora de conocimientos ancestrales, que le dio la fusión española e indígena, creó un vasto mestizaje culinario en su vida que ella aprovechó muy bien; elaboraba recetas con una antigüedad de más de 100 años, que al saborear nos hacía regresar a nuestro origen, a nuestra esencia, a nuestra cultura; ésta también era una forma de religión, de hablar con Dios, con la naturaleza y con tu yo.
El ritual culinario, decía mi abuela, está ligado a la vida del hombre y a su aprendizaje, también a su evolución; desde que Eva dio a Adán la manzana, ésta tomo una simbología especial y que se reforzó cuando Jesús abrió su vida pública convirtiendo el agua en vino y cuando dio de comer a cinco mil personas con solo cinco hogazas de pan y dos pescados; la comida es una forma de equilibrar lo elemental a lo espiritual, dando como el Padre Nuestro EL PAN DE CADA DÍA.
"La cocina de mi abuela era mágica; al entrar ahí, despertaba en mí sensaciones y emociones desconocidas, diferentes; siempre estaba en movimiento, llena de color, de sabor, de olor; recuerdo verla envuelta entre hierbas aromáticas, ingredientes, trastos, energía, emanaba de ella una luz muy especial que envolvía toda la atmósfera".


