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Denarios: El canto de los gallos

Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Filiberto Santiago Rodríguez

El hombre se dio media vuelta en su cama, robándole un pedazo de sábana a su mujer para protegerse del frío de la madrugada. El silencio era cortado por los ronquidos de sus gargantas. Parecían rugidos de dos animales en celo a punto de trenzarse en la danza del amor en medio de sus sueños. A lo lejos se escuchó el cantar de un gallo solitario. Más tarde se oyó a otro y después a muchos más, hasta que se formó un coro de barítonos, tenores y sopranos. El canto despertó a Hilario a las cuatro de la mañana.

Su esposa Romelia se levantó todavía con el sueño pegado al cuerpo. Le preparó el desayuno y algo de alimento para el mediodía, mientras que su marido se ajustaba el machete a la cintura. Puso sobre su espalda algunas herramientas de labranza y se dirigió a sus tres parcelas donde había sembrado maíz, frijol y garbanzo. Comenzaba a despuntar el día, cuando Hilario salió de su casa.  Sus pasos acariciaban la vereda colorada bordeada de milpas verdes cargadas de elotes, mientras el horizonte se iba pintando de un naranja pálido anunciando la aparición del sol. El sendero lo llevó hasta el arroyo. Sus terrenos, húmedos por las lluvias, estaban más allá de esa especie de canal que en tiempos de estiaje era de piedras y arena.

No se sorprendió al verlo lleno de esa agua revolcada de tierra que corría de prisa hacia el mar, porque cada año, por varias semanas, aquella barranca se transformaba en un río de agua que siempre él, Hilario Caballero, cruzaba sin problema. Se desnudó quedando en ropa interior. Afianzó bien sus herramientas y como los primeros cristianos, avanzó para recibir su bautizo. El agua rozaba sus hombros por instantes. En algún momento se enredó con las ramas secas que eran arrastradas por el caudal incontenible. La corriente lo estrelló contra las rocas. Las herramientas y la ropa abandonaron a su dueño. Hilario se hundía y flotaba. Flotaba y se hundía una y otra vez. El torrente espeso se lo llevó, tragándoselo finalmente. En los últimos segundos evocó el canto de los gallos, la vereda colorada encendida por el horizonte pintado de naranja y por último recordó que Romelia se quedaba sola, ya que en 30 años no pudo plantar una semilla en el útero de su mujer.

Tras una intensa búsqueda de cinco días, recuperaron el cuerpo del ahogado.  Por la tarde, las mujeres con su caminar de escarabajo negro, se dirigieron a la casa donde se velaba al muerto. Romelia recibía las ofrendas acompañadas de abrazos de solidaridad junto con algún sollozo discreto. Velas, veladoras, flores y dinero se fueron acumulando junto al cuerpo del difunto. En la noche empezó el murmullo de los rezos, esos rezos que parecen estar hechos para adormecer a los cuerpos de los vivos. El peso de las oraciones, aplastaban al cadáver que descansaba en su caja como si desearan evitar su resurrección. Quizás Hilario Caballero escuche en el inframundo el canto de los gallos que lo despertaban a las cuatro de la mañana y esté tentado a abrir sus ojos en cualquier momento.

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