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Andador de Letras: La mujer poseída

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Foto(s): Cortesía
Redacción

 

En la década de los 80 se incrementó el paso de los “cachucos", como le llamaban a los migrantes que salían de Guatemala, Honduras, El Salvador y de otros países centroamericanos para recorrer Chiapas, Veracruz y Oaxaca, viajando arriba de los vagones de carga en busca del sueño americano, sin importarles las horas de sol, calor, frío, la oscura noche o los vientos que pudieran encontrar en el trayecto.

Había casos de personas que caían entre dos vagones, o peor aún, a los lados. Algunos vivían para contarlo, aunque fuera sin un brazo o una pierna y otros, por desgracia, dejaban de existir.

Las Araucarias es un pueblo del estado de Chiapas. Sólo contaba con un mercado, una iglesia, un jardín de niños, una primaria y su respectiva estación de tren. En aquél pueblo, por su estructura, la mayoría de las personas se conocían entre sí, como la tortillera, la panadera, la señora que hace la comida y la más conocida era la curandera. Con ella llevaban a los niños y también a las mamás de los niños, perdón, a las personas adultas.

 

En Las Araucarias vivía Delfina con su esposo, Matías, y sus dos niñas que iban en segundo y tercer grado de primaria. Delfina era una esposa joven, alegre, responsable y cuidadosa de sus hijas y de su esposo. Él tenía un taller mecánico, por lo que podía disponer de su tiempo y acompañar a su esposa a dejar a las niñas a la escuela.

La hora de la comida la disfrutaban con una sobremesa que las niñas alegraban con sus risas. Los cuatro formaban una familia apreciada en el pueblo. Delfina acostumbraba levantarse temprano y preparar el desayuno, pero un día los sorprendió al no querer pararse de su cama.

—Haz lo que quieras —le dijo a su esposo— porque yo no voy a hacer nada.

 

Lo dijo con una voz extraña, que no era la suya. Él se asustó. Preocupado, preparó a las niñas para llevarlas a la escuela, y después, ya no fue a su trabajo, sino que se apresuró para ver a la curandera. La señora lo recibió, él le contó lo que había pasado y los dos fueron a la casa con Delfina.

Al abrir la puerta, la vieron sentada a la orilla de la cama con una sonrisa irreconocible. Ella casi siempre tenía una mirada dulce, pero en esta ocasión, su mirada era para asustarse. La señora salió y tras ella, el hombre, quien quería saber qué pensaba la curandera de su esposa. Ella le dijo:

Matías, tu esposa está poseída.

 

Él, asustado y sorprendido, preguntó:

—¿Qué es eso?

La curandera le explicó que en el cuerpo de su esposa había entrado el espíritu de un difunto que vaga con malas intenciones, o que tiene una pena o preocupación muy honda.

Matías, con una cara que dejaba ver su miedo, dijo:

—¿Ahora qué voy a hacer? ¿Usted nos puede ayudar?

—Sí —dijo la mujer—, pero no sola. Iré por una persona de otro pueblo que también es curandera. Mañana trataremos de retirarle el espíritu para saber qué quiere. Protege a tus niñas. Que vayan a la escuela como de costumbre.

Al día siguiente llegaron las dos mujeres, prepararon el lugar para hacer el ritual. Llevaban consigo lociones, hierbas y copal. Delfina estaba extraordinariamente tranquila y cooperó en todo con la curación. La señora que llegó del otro pueblo entró en trance, como dicen. Entre oraciones, recibió el espíritu de un santo y así procedieron a hacerle la limpia a la mujer. Mojaron las hierbas con la loción y se las pasaron por todo su cuerpo. Delfina sólo reía.

Continuará el sábado…

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