Erika P. Bucio y Yanireth Israde/Agencia Reforma
CIUDAD DE MÉXICO.- El viernes pasado, la poeta Dolores Castro (1923-2022) estuvo por la mañana en el CCH Naucalpan, rodeada de jóvenes. Les leyó un poema y los invitó a seguir andando con cariño por la vida. Era fiel a la idea de no claudicar; decía que cuanto más vivía, más le gustaba la vida.
"Una va envejeciendo y va dejando pieles como víbora, pero por dentro no envejece", aseguraba. Y conservaba la lucidez y su privilegiada memoria.
Antier, a pocos días de cumplir 99 años, el 12 de abril, falleció. Su deceso se produjo a las 8:30 horas en el hospital donde fue internada por un malestar relacionado con las vías biliares, según informó su hija Dolores Peñalosa.
Con Rosario Castellanos, amiga desde la juventud y compañera de generación, discutía sobre la vocación en el Greyhound que las trajo de regreso de Nueva York tras una estancia en el extranjero; habían estudiado en la Complutense de Madrid y se habían reunido con Gabriela Mistral en Europa.
Castellanos creía en que había que sacrificarlo todo por la vocación, pero Castro contestaba que la vida era muy importante. Eligió por camino, precisamente, "vivir y contar".
Publicó su primer poema, "El corazón transfigurado" (1949), en una plaqueta editada por la Revista América, donde expresó: "Porque el amor es el cantar del viento, que en un desorbitado remolino, muestra su corazón de polvo y fuego". Cuando lo escribió, tenía una gran necesidad de expresión, volcada "en una especie de borbotones emotivos".
"Había experimentado amor y desamor, como toda joven, pero además una enfermedad más o menos grave: fiebre tifoidea durante casi más de un mes. Cuando convalecí, experimenté un gran deseo de vivir con mayor intensidad", escribió Castro. Estudiosa de su obra, Alessandra Luiselli encuentra que esos versos definen mejor que las palabras de ningún estudioso de su obra aquello que caracteriza su poesía: "El dolor que inevitablemente se experimenta al amar".
"Quise en este poema expresar los orígenes, el dolor y su transfiguración y se me atropellaban las imágenes queriendo brotar todas al mismo tiempo. Quizás en ese poema está cuanto he querido decir en toda mi obra posterior", escribió Castro en el preámbulo a la edición bilingüe del poemario, pero ya con la distancia de ser una mujer de 89 años.
Luiselli, en entrevista, concede que su "amorosamente adolorida voz poética" se establece con firmeza desde su "muy sorjuanino primer poema", y cita un pequeño fragmento: "Más allá de la duda, quedó mi corazón en voz de queda...".
Castro, sin embargo, se alejaría del endecasílabo para adoptar el verso libre. A Benjamín Barajas, quien reunió su poesía en Viento quebrado (FCE), Castro le confesó que la poeta Enriqueta Ochoa le dijo que por qué no seguía escribiendo así, que ahí estaba su voz.
"Lo que pasa es que ahí hay una métrica y ella rehuía al verso medido; están los temas pero no el estilo", apunta Barajas a Reforma.
El estilo, añade, se constituye a partir de Siete poemas (1952), donde plasmó: "Volverá el polvo al polvo, caerán desmenuzados los cabellos, como último baluarte de mi cuerpo".
Una poesía que a base de ser sencilla se vuelve universal y deslumbrante, sentencia Barajas.
La muerte fue una presencia constante en su obra, pero es una "muerte burlada, trascendida", como se ocupa de la mujer como constructora del mundo y aborda la fugacidad de la vida, el amor, la naturaleza, Dios...
Barajas propone su poema El huizache como contenedor de su poética total: "Nada sabe decir, pero le llega un golpe de frescura, y en un gozo aromado / hasta las ramas sube su flor, dorada como el sol que le quema".
"¿Quién le escribe a un huizache, ese arbolito espinoso, si todo el mundo le escribía a la rosa?", plantea el estudioso. "Lo simple lo transforma en grande".
Fue una poeta que nunca dejó de ser de vanguardia ni se dio a la queja, siempre moviéndose en el asombro por la vida, destaca Barajas, con una obra profundamente vital, persiguiendo la clarisas en la expresión. Baste leer los versos de Qué es lo vivido (1980).
Perteneció al Grupo de los Ocho
Castro y Castellanos fueron las únicas mujeres de la generación denominada "Los Ocho de Ábside", o simplemente el grupo de los Ocho Poetas, también integrado por Peñalosa, el marido de la primera, y Efrén Hernández, Alejandro Avilés, Roberto Cabral del Hoyo, Honorato Ignacio Magaloni, Octavio Novaro.
"Castro, al igual que Castellanos, pudo abrirse paso en un ambiente literario predominantemente masculino gracias a la inclusión de ambas en el grupo, dirigido por los cultos hermanos Méndez Plancarte", plantea Luiselli.
La ensayista atribuye sobre todo a Alfonso Méndez Plancarte el haber sabido reconocer, "con aguda visión -léase sorjuaninamente feminista, si se quiere-, el extraordinario talento poético de ambas escritoras".
Escribió una sola novela, "La ciudad y el viento "(1962), originada en una vivencia de su juventud, una boda, que se publicó cuando nació el tercero de sus siete hijos. Su personaje principal es Zacatecas,
