SANTA MARÍA NATIVITAS, Oax.- La migración a los Estados Unidos ha pasado a ser una paradoja, porque quienes han salido para ofrecer un futuro más halagador a sus hijos, terminan dejándolos en el olvido y en el abandono.
Si bien la mayoría de quienes se han ido en esta comunidad chocholteca de la región Mixteca, son los jefes de familia –quedando las esposas a cargo de la crianza y educación de los hijos–, también se han marchado ambos:, el padre y la madre, para supuestamente obtener más ingresos y así apurar el regreso al hogar.
Menos de 30 alumnos inscritos en la escuela primaria. FOTO: Emilio Morales Pacheco
Son casos de paternidad o maternidad a distancia, porque los hijos normalmente se quedan bajo el cuidado de los abuelos quienes, por su edad, ya no cuentan con la entereza, paciencia y salud para brindar a los hijos de migrantes la atención requerida.
Esta es la razón de que los abuelos prefieren la partida de la casa de los niños-jóvenes a buscar trabajo donde puedan, a pesar de su corta edad, o en el menor de los casos, enviarlos al albergue escolar indígena Nudo Mixteco. En el albergue los menores tienen asegurada la educación y la alimentación, para que ya no sean una carga, sobre todo, económica. En la comunidad de Nativitas no hay alguna oportunidad de salir adelante, ante el ocaso del campo por la escasez de lluvia y la aridez propia de la tierra, así como por la deforestación y el excesivo pastoreo de ganado caprino.
El agente municipal, Álvaro López, también debió migrar. FOTO: Emilio Morales Pacheco
Sin embargo, la ausencia de los padres ha empezado a dejar graves secuelas psicológicas en los hijos de los migrantes porque generan sentimientos de abandono, vulnerabilidad y pérdida de autoestima.
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por sus siglas en inglés), alrededor del 60 por ciento de los niños de México que sido dejado por sus padres para migrar sufre problemas psicológicos y su posibilidad de completar su educación formal, se reduce grandemente.
Los huérfanos de la migración
“Aquí tenemos a cuatro niños inscritos, de seis a 12 años para cursar la primaria; se quedaron solitos, abandonados. Eso, es lo malo de la migración”, describe el profesor Gaudencio Pérez López, director del albergue Nudo Mixteco.
La hora del receso para una alumna de la telesecundaria. FOTO: Emilio Morales Pacheco
Los niños se quedaron con los abuelos, tras la marcha de sus papás a los Estados Unidos pero, por razones económicas y por la edad, los abuelos prefirieron renunciar a su cuidado y atención.
“Es una situación lastimosa, enviarons a los nietos al albergue porque no les alcanza el dinero, pues pocos padres son los que envían remesas porque allá está dificil o porque realmente ya los olvidaron”, relata.
Si alguno de ellos quiere seguir estudiando en la telesecundaria, aún tendrá cabida en el albergue, pero al terminar deberán salir inexorablemente.
“Todavía el albergue los puede apoyar para que sigan recibiendo alimentación y hospedaje, pero hasta ahí podemos; esa es nuestra última responsabilidad”, ataja.
Aunque eso dependerá de que los abuelos los respalden o que los padres de acuerden de ellos porque de lo contrario, también deberán migrar.
“Si los abuelos pueden, lo harán, aunque no creo, porque por eso están en el albergue. Y si los padres se acuerdan y les va bien en Estados Unidos, entonces podrán ir al bachillerato, pero no siempre es así, pues a muchos no les va bien allá”, asienta.
Freno a la migración o pueblo fantasma
Ni el endurecimiento de la política migratoria desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ni los riesgos de cruzar la frontera ni el alto precio que ahora cobran los “coyotes”, detiene la migración en esta comunidad de aproximadamente 350 habitantes.
Apenas en esta semana, la familia encabezada por los señores Isidro Cruz e Isabel López migró hacia los Estados Unidos con todos sus integrantes, entre estos, tres niños en edad escolar.
También en esta semana, el señor Armando López Cruz dejó a su familia y se encaminó hacia el norte.
"Abro la tienda de nueve a once de la mañana nada más, después de esa hora, ya nadie viene a comprar; hay pocas personas en la comunidad. Muchos vecinos, se fueron a los Estados Unidos a conseguir trabajo para sacar adelante a la familia; aquí casi no hay nada. Cuando llueve, saca uno algo en el campo; por eso, se van". Beatriz Jiménez Miguel, encargada de una tienda.
“Es que hay poco por hacer aquí; el campo ya casi no da por la falta de lluvia y por la aridez de la tierra; ya no se presta para sembrar. No hay trabajo, no hay forma de mantener a la familia”, dice el agente municipal, Álvaro López López, quien también fue migrante durante 25 años en el Valle de México.
Por eso, la comunidad rebasa apenas los 350 habitantes cuando hace unos 15 años eran casi el doble, aunque la mayoría de quienes se quedaron, son ancianos.
“El pueblo se está quedando solo; necesitamos que se detenga la migración. Pero, lamentablemente, no hay cómo hacerle; por eso, queremos que el gobierno nos ayude para crear fuentes de empleo y así haya una forma de ingreso”, señala.
Mientras eso sucede, quien no migra, se seguirá dedicando a la siembra de maíz, frijol y trigo o trabajando de peón o de albañil en la propia comunidad, en la cabecera municipal o en alguna cercana.
“Para tratar de revertir la escasez de agua, hemos reforestado unas 500 hectáreas con el fin de atraer las lluvias y ahí vamos, pero falta mucho por hacer. Entonces, nos tenemos que dedicar a todo, pero el trabajo no alcanza para todos y hay que migrar”, apunta.
