Con la inocencia bendita de todo niño, y de pies cansados que lo obligan a un receso forzoso, Pedrito se sienta en un escalón de cantera perteneciente a la plataforma de la explanada de Santo Domingo de Guzmán, inmueble colonial catalogado por expertos como La joya de América.
Con interés especial centra su mirada en un niño que en su brazo izquierdo lleva un coche diminuto color verde, y con su mano derecha se apoya en el brazo de su madre. Pronto los pierde de vista y con su mirada inquieta parece buscar a más niños con juguetes.
Es Pedrito y fue excluido por los Santos Reyes, por tercer año consecutivo. "Los Reyes tampoco le trajeron un juguete a mi hermanito Andrés", confirma sin reservas.
"Él está en mi casa con mi mamá", agrega mientras un cliente se le acerca y le compra una caja con chicles sin azúcar.
Pedrito vive en una colonia popular y lo que gana lo entrega íntegro a su madre Hermelinda. Como cualquier otro día, ayer la pasó trabajando.
Parco en sus palabras, explica que la gente siempre le compra dulces. "Los señores me compran cigarros y las muchachas, paletas".
Pedrito, quien inicia su jornada de trabajo a las 16:00 horas y termina a media noche, confía que algunas veces gana 50 pesos, pero algunos días lleva más de cien a su casa.
Mi mamá nos compra comida y bebemos café. Yo voy a la escuela Antonio de León. Suspende la conversación porque su vista atrapa a otro menor que presume a los ojos de su madre, "autonomía" en el manejo de su bicicleta nueva.
Le sorprende el dominio del menor sobre el juguete que le regalaron los "Santos Reyes".
Pedrito se incorpora repentino, levanta su cajón de dulces y cigarros sueltos, y sigue su camino. Se va, se pierde, sin decir nada; es un niño, un inocente, un ángel injustamente trabajando en el día dedicado a los niños por imposición de la mercadotecnia.
