SAN SIMÓN ZAHUATLÁN, Oaxaca.- La llegada de un nuevo día es para Angelina -la segunda persona más pobre de México- una angustia permanente. Vive hambruna, y en su intento por burlar las horas que le estrujan el estómago, aventaja a la aurora. Se acuchilla en el petate. Alumbrada por hilos de luna deslizados en su vivienda teje el sombrero de palma que cambia por un puño de maíz.
Angelina Méndez figura en el libro "Los 12 mexicanos más pobres. El lado B de la lista de millonarios" auspiciado por Oxfam México y elaborado por un grupo de periodistas y expertos.
Habita en el barrio El Tecolote en San Simón Zahuatlán, municipio mixteco de Oaxaca, que a su vez es también punto de mayor rezago en el país.
Vista desde lejos, la carretera forma una w recostada hacia la izquierda. El recorrido en vehículo es de 40 minutos, y de hora y media a pie entre el agreste camino. Los encinos cuchara y los mezquites crecen sobre campos rojizos y ocres. El aliento del sol y la polvadera que se desprende de páramo pasa como un trago seco por la garganta.
Las primeras viviendas se asoman, de éstas salen niños y niñas envueltos en hilachos. Al menos 20 por ciento de los infantes de cinco a doce años no asiste a la escuela porque la prioridad no es aprender a leer, sino aprender a buscar los medios para alimentarse.
Retorcida pobreza
Barranca abajo se esconde la casa de Angelina. La rodean unos árboles retorcidos y grisaceos plantados entre el terreno pedregoso. La mujer aparece desaliñada, envuelta en el sopor que causa el hambre, ligeramente oscilante sostenida al piso por los diminutos pies.
La vivienda está empotrada sobre cuatro troncos de encino que forman un espacio de cuatro por cuatro metros. De viga a viga cruzan horizontales cinco hileras dobles de carrizos y entre los espacios que forman éstas, placas de rocas que sirven de pared. Es su patrimonio.
Sus pocas pertenencias cuelgan del techo de lámina en bolsitas desgastadas de plástico: pepitas, juguetes, cuatro mudas de ropa, envases vacíos, una olla de peltre tiznada.
Alrededor revolotea el zumbido torpe de las moscas buscando refugio del sol. Las cenizas frías del fogón confirman que a esa hora, con la aguja del reloj al medio día, Angelina mantiene el ayuno. La falta de alimento la redujo a una enjuta figura.
-¿Qué edad tiene Angelina?- De inmediato busca su acta de nacimiento con la desesperación de quien quiere probar su existencia. Nació el 7 de febrero de 1968.
- No sé cuántos años tengo. Conozco mi acta, la veo pero no conozco las letras. No fui a la escuela. No sé que dice- explica a través del tesorero municipal Marino López Camarillo quien nos apoya en la traducción.
Sólo habla mixteco. Las letras y los número son para ella signos indescifrables y sin sentido.
Es madre soltera de una joven de 17 años y de un niño de siete. La mayor hace un año que dejó el hogar para formar una nueva familia. El menor de edad vive en casa con la misma suerte que la madre: sin alimentos, sin acceso a salud, viviendo en el olvido y con un peso al día.
Tejedora de sombreros
De su padre, Angelina aprendió el oficio de tejer sombreros de palma. Anexo a la siembra de autoconsumo son sus únicas fuentes de acceso a alimentos, pero el hambre, al igual que el sol, estruja más entre abril y mayo. En estas fechas el suelo es un espacio marchito a falta de lluvias, mientras que en las manos de la tejedora, el oficio se hace imposible porque el ambiente entiesa la palma.
Cuando el clima es propicio para el tejido, logra hacer uno o dos sombreros al día. Al siguiente lo mismo y así hasta que junta una docena para comercializarlos. Cada sombrero es vendido en cinco pesos, pero sólo se queda con 12 pesos para comprar alimento, lo demás es para nueva palma.
En esta ocasión ya no tiene material. Tuvo que destinar todo a mitigar el hambre.
En casa, el maíz comienza a escasear. En el costal quedan menos de 20 kilos para poder sobrevivir hasta la siguiente cosecha. Ella toma un puñito de grano. Lo coloca en el metate y comienza a moler. La ración es exacta para dos tortillas correspondiente al desayuno y almuerzo de ella y su hijo Francisco.
"Amanecer otro día me preocupa porque no sé de dónde voy a sacar dinero para comprar maíz, si se llegara a enfermar mi hijo ¿Qué voy a hacer?, si yo llegara a enfermar ¿Qué voy a hacer? Me preocupa llegar a morir de hambre", expresa.
El temor está fundado. El año pasado su padre falleció tendido en el piso de la casita de piedra. "Quedó débil, le dolía mucho su panza, su cabeza. Aquí murió". No pudo llevarlo al médico por la lejanía y porque "no sé como comunicarme en español".
De como "bular" al hambre
El viento sopla con fuerza sobre el campo enrojecido. La resequedad de la tierra se levanta entre los pequeños carricitos que nacen del suelo. Hace más de medio año que no llueve. El río que los abastece de agua es, a estas fechas de mayo, una hebra que zanja la población. No hay manera de empezar a trabajar la tierra.
Entre el silencio que prevalecen en el yermo, el zumbido de los "chicarrines" clamando por agua incrementa la desesperación. Si en breve no inician las lluvias, su suerte estaría echada al aire.
A lo largo de sus 47 años de edad, Angelina aprendió a burlar el hambre. Sobre el fogón calienta agua la cual bebe tibia para apaciguar el estrujo del estómago. Esta vez no sabe si será suficiente para sobrevivir.
"Como no hay dinero sólo como tortilla de maíz con sal. No hay recursos para más. A veces algún vecino se acerca y me regala frijoles, entonces como frijoles. A veces nos quedamos sin comer, pasa uno o dos días, no comemos, no cenamos".
Un puño de maíz
Cuando eso ocurre apresura el tejido de sombreros, no descansa hasta lograr cuatro, "luego los llevo a cambiar por un puño de maíz".
"Así me la paso en la mañana, en la tarde, en la noche, con puro sombrero nada más porque es lo único que sé hacer. Mi hijo también se sienta conmigo a hacer sombreros porque no va a la escuela, no hay dinero para hacerlo". Madre e hijo comparte, destino y dolor.
La situación de hambruna y pobreza extrema es una característica en general en Zahuatlán. La autoridad municipal afirma que el 60 por ciento de la población habita en esas condiciones. "Nosotros nos sentimos a disgusto con el gobierno porque nos abandonò", señala el tesorero.
